El presidente de EEUU presiona nuevamente a sus aliados con los aranceles comerciales, para lo cual, ahora suma a estas "negociaciones" comerciales la propuesta de avanzar hacia todo tipo de acuerdos militares, que siempre fueron tratados en ámbitos separados. Esto tiene que ver con un intento, por parte del presidente yanqui, de bajar el gasto bélico de su país, pero sin disminuir el despliegue de tropas.
En publicaciones en la plataforma Truth Social, Trump afirmó que el reparto de los costos de defensa formará parte de una negociación "todo en uno" con Seúl, y planteó la cuestión de la carga defensiva durante una visita de funcionarios japoneses a Washington esta semana[1].
Ese no es el único gesto de Trump hacia la industria militar, ya que el miércoles 16 del corriente mes firmó una orden -equivalente a un decreto presidencial de la Argentina- para flexibilizar las ventas de armas al extranjero. No sólo en cuanto a los trámites e impuestos necesarios para que estas se concreten, sino al servicio de permitir la entrega de cierto tipo de armamento, que, hasta el momento, sólo podía utilizar el ejército yanqui.
Esta orden busca alinear las ventas de armamento con los objetivos estratégicos de política exterior de EE.UU., garantizando al mismo tiempo que estas no afecten la preparación de sus propias fuerzas armadas, de acuerdo con el comunicado. Entre los principales cambios se incluyen la simplificación de trámites, la mejora de la colaboración entre el gobierno y la industria privada, y la integración de características de exportación en las primeras etapas del diseño de armamento[2].
Esta política tiene una doble importancia: por un lado, porque beneficia a una fracción poderosísima de los capitalistas yanquis -el viejo complejo militar industrial- que funcionó como locomotora de la economía estadounidense durante décadas. Por el otro, porque es otro paso en el proceso de preparación de Estados Unidos para una guerra de características clásicas.
En ese sentido, Trump se encuentra ante un escollo, probablemente más complejo que la puja comercial y el desarrollo armamentístico. Tiene que ver con la posibilidad, o no, de contar con las tropas necesarias para encarar este desafío. Este es el problema fundamental del imperialismo yanqui, porque el pueblo, de conjunto, no quiere embarcarse en ese tipo de aventuras, que, a lo largo de la historia, significó la muerte de millones de soldados.
Este sentimiento contrario a la guerra, que es masivo, tiene que ver con que Estados Unidos dejó de ser el ejército victorioso de antaño, cosechando varias derrotas significativas, como Irak y Afganistán, donde tuvo que retroceder de manera vergonzosa. Por esa razón, no es casual, que, para presentar batalla en distintos escenarios bélicos, los imperialistas yanquis deban recurrir, cada vez más, a la contratación de mercenarios, provistos por empresas como Blackwater.
Estados Unidos no puede, probablemente desde la guerra de Corea, movilizar y cohesionar a las masas para la guerra, a pesar de que, luego de esta continuó invadiendo países semicoloniales. Desde entonces atraviesa un pronunciado declive en cuanto a la capacidad del régimen para movilizar al pueblo, agitando el fervor patriótico, que, en las dos grandes guerras, sí que existió.
La invasión de Irak en 2003 marcó un cambio significativo en el uso de contratistas privados. Con la situación de seguridad deteriorándose rápidamente y las fuerzas militares de Estados Unidos enfrentando limitaciones de recursos, se reclutaron contratistas privados para llenar el vacío de seguridad. El número de contratistas armados aumentó de aproximadamente 10,000 en 2003 a más de 30,000 para 2007, con contratos significativos otorgados tanto por los Departamentos de Defensa y Estado, así como por USAID. [3]
Otro aspecto relacionado al uso de tropas mercenarias, es el costo que implica, mucho mayor que un ejército regular. A pesar de esta condición, que coloca a EE.UU. en una clara desventaja frente al (aparentemente) poderoso ejército chino, es que, debido a su declibe, necesita avanzar hacia una nueva guerra para salir del estancamiento, ya que sería la única manear de recuperar mercados y destruir la infraestructura productiva de su principal competidor.
Los trabajadores y los pueblos oprimidos debemos luchar para impedir que explote esta guerra, y, en el caso de que finalmente ocurra, tenemos que agitar una política "derrotista", en contra de todos los bandos imperialistas. Habrá que jugarse a transformar la guerra en una lucha revolucionaria, en la cual sus soldados, mayoritariamente trabajadores, en vez de matarse entre sí, se den vuelta para enfrentar a sus verdugos, los capitalistas.

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