Por Musa Ardem
Hasta 1915, la población armenia era cercana a los dos millones de habitantes, un millón de los cuales murió en el transcurso del año 1918, mientras que cientos de miles se convirtieron en refugiados sin hogar y apátridas. En 1923, prácticamente toda la población armenia había desaparecido de las regiones turcas.
El Imperio Otomano fue gobernado por los turcos, que habían conquistado tierras que se extendían a lo largo de Asia occidental, África del Norte y el sudeste de Europa. El gobierno imperialista estaba asentado en Estambul –Bizancio o Constantinopla- encabezado por un sultán que tenía un poder absoluto y practicaba el Islam, de orientación sunita.
Los armenios eran una minoría cristiana que vivían como ciudadanos de segunda, sujetos a restricciones legales y la negación de sus derechos y libertades elementales, una situación parecida a la que ahora sufren los palestinos en Israel o los kurdos en Turquía, Siria, Irak e Irán. Como “no musulmanes” estaban obligados a pagar impuestos discriminatorios y se les negaba la participación en el gobierno.
Dispersos por todo el imperio, el estatus de los armenios se complicó aún más por el hecho de que su histórica estaba dividido entre otomanos y rusos. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en agosto de 1914, el Imperio Otomano formó parte de la Triple Alianza con Alemania y Austria-Hungría, y declaró la guerra a Rusia y sus aliados occidentales, Gran Bretaña y Francia.
Los ejércitos otomanos sufrieron inicialmente una serie de derrotas que compensaron con varias victorias militares fáciles en el Cáucaso en 1918, principalmente en la batalla de Galípoli -Dardanelos- antes de su retroceso definitivo, que les ocasionó la pérdida de buena parte de sus territorios, como los que hoy constituyen Siria, Líbano e Irak.
Ya sea retirándose o avanzando, el ejército otomano utilizó la ocasión de la guerra como excusa para librar una campaña colateral contra la población civil armenia. Estas medidas formaban parte del programa genocida, adoptado en secreto por las altas cúpulas del poder, e implementado al amparo de la guerra, cuyo propósito era erradicar a los armenios de Turquía y los países vecinos.
Durante la primavera y el verano de 1915, en todas las áreas fuera de las zonas de guerra, se ordenó la deportación de toda la población armenia. Los convoyes formados por decenas de miles, incluidos hombres, mujeres y niños, fueron conducidos cientos de millas hacia el desierto sirio. Estas deportaciones se convirtieron en verdaderas marchas de la muerte.
El gobierno no garantizó suficientes provisiones para la alimentación de la población deportada, razón por la cual la hambruna derribó a los ancianos, a los más débiles y a los enfermos. Los sobrevivientes que llegaron al norte de Siria fueron recolectados en varios campos de concentración para después ser enviados más al sur, donde murieron bajo el sol abrasador del desierto.
La mayoría de los implicados en crímenes de guerra evadieron la justicia y muchos se unieron al nuevo movimiento nacionalista turco de Mustafa Kemal, que reemplazó a las viejas autoridades del imperio. En ese marco, y en una serie de campañas militares contra la Armenia rusa en 1920 o los armenios refugiados que habían vuelto al sur de Turquía en 1921, las fuerzas nacionalistas completaron el proceso de erradicación de los armenios a través de nuevas expulsiones y masacres.
Cuando Turquía fue declarada república, en 1923, recibiendo el reconocimiento internacional, la cuestión armenia fue dejada de lado por las grandes potencias y, obviamente, por los jefes políticos turcos. Mientras tanto, se seguía llevando adelante otra política de limpieza étnica, –que continúa en la actualidad- contra el pueblo kurdo, que habita por millones en Turquía y los países aledaños.
En total, se estima que hasta un millón y medio de armenios perecieron a manos de las fuerzas militares y paramilitares turcas o por las atrocidades infligidas intencionalmente para eliminar la presencia demográfica armenia en Turquía. Los refugiados sobrevivientes se dispersaron por todo el mundo y finalmente se establecieron en unas dos docenas de países en todos los continentes del mundo.
Triunfante en su total aniquilación de los armenios y liberado de cualquier obligación para con las víctimas y los sobrevivientes, la República Turca adoptó una política de desestimación de los cargos de genocidio y negó que las deportaciones hayan formado parte de un plan deliberado de exterminio de los armenios y las armenias.
Las nuevas luchas que han explotado en estos últimos días contra el gobierno reaccionario de Erdogan, que encarceló al alcalde de Estambul, con el propósito de impedir que compita con éxito en las próximas elecciones presidenciales, deben incorporar las reivindicaciones históricas del pueblo armenio.

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