La
nueva caída de las bolsas de todo el mundo, más allá de los aranceles de Trump,
son la expresión de una crisis mucho más profunda, razón por la cual cayeron
también los precios de los commodities. El freno de la economía mundial empieza
a ser reconocido por los principales analistas, que, mayoritariamente,
consideran que recién comenzó un nuevo período mucho más profundo que todos los
anteriores.
El temor a una recesión económica
global se abre paso de forma arrolladora en el inicio de la semana, hundiendo las
Bolsas por tercera jornada consecutiva y desplomando también el precio del petróleo. El barril
Brent, de referencia en Europa, y la variante estadounidense West Texas
retroceden hoy a los niveles más bajos de los últimos cuatro años. Han iniciado
la jornada con descensos cercanos al 4% que se moderan ligeramente tras la
apertura de Wall Street. El precio del Brent cae el 1,5%, hasta los 64,7
dólares, y el West Texas cede el 1,2%, hasta los 61,2 dólares[1].
Esta nueva debacle del sistema capitalista es señalada, al igual que la de 2008, como una crisis financiera. Pero, si bien es cierto que existe un temblor financiero este no es sino la consecuencia de los problemas que existen en la llamada economía real, aquella que tiene que ver con la producción de mercancías. Por lo tanto, la recesión que se avecina y el derrumbe bursátil son expresiones de esta dinámica.
Hay un vínculo, una continuidad entre la crisis de las hipotecas subprime -2008- y la actual, porque ambas son consecuencia de la sobreproducción capitalista. Las dos tuvieron o tienen lugar porque la burguesía, o un sector de la misma, no resolvió, dentro de sus posibilidades, el problema de los problemas, que es esta sobreabundancia de productos que el mercado no está en condiciones de absorber.
Todas las contradicciones de la producción burguesa estallan colectivamente en las crisis generales del mercado mundial, y en las crisis especiales (especiales, por su contenido y extensión), sólo de un modo disperso, aislado, unilateral. La Sobreproducción tiene como condición, especialmente, la ley general de producción del capital, que consiste en producir a tono con las fuerzas productivas (es decir, la posibilidad de explotar el mayor volumen posible de trabajo, con un volumen dado de capital) sin preocuparse de los límites establecidos por el mercado o por las necesidades solventes, y llevar a cabo esto mediante la ampliación constante de la reproducción y la acumulación, es decir, mediante la constante retro conversión del ingreso en capital, mientras que, de otra parte, la masa de los productores sigue ateniéndose necesariamente a la medida media de las necesidades y a la base de la producción capitalista[2].
La guerra comercial está siendo motivada por la imposibilidad de vender esta fenomenal masa de mercancías existentes. Las potencias imperialistas intentan resolver este dilema a través de la fuerza, primero con aranceles y políticas proteccionistas y después con la guerra directa, como hicieron en el siglo pasado con las dos grandes contiendas. Los capitalistas se valen de las mismas, primero, para destruir esas mercancías y fuerzas productivas sobrantes, y, luego, para acabar con sus competidores más agresivos.
Los imperialistas estadounidenses, chinos, europeos, rusos y japoneses, se preparan para esta nueva guerra, que será catastrófica para la humanidad, porque, como siempre, serán los trabajadores quienes morirán, por millones, en los distintos campos de batalla.
Esta realidad, que puede ser terrible para los y las de abajo, también es una gran oportunidad para acabar con la causa de todos los males, el capitalismo, aprovechando que los dueños del mundo se pelean entre sí, y, por lo tanto, se debilita el sistema de dominación burgués, de conjunto. Para que así suceda, la clase obrera deberá contar con una conducción política y sindical dispuesta a encarar este desafío.
La tarea de los revolucionarios y las revolucionarias consecuentes es colaborar con la construcción del estado mayor que oriente las próximas luchas obreras y populares hacia el camino del cambio social de fondo. Ese cambio que hace falta para cambiar todo de verdad, se podrá lograr a partir de la construcción de una sociedad sin explotados ni explotadores, el socialismo, el verdadero, aquel en el que la mayoría gobierna de verdad, con la democracia directa.

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