Por Musa Ardem
A este miércoles se lo debería considerar como un “antes y un después” en la situación política nacional, debido a las características de la movilización popular convocada en apoyo a los jubilados. Esta acción, no solo reunió a miles, sino que fue la presentación en sociedad de una vanguardia -aún incipiente- que está dispuesta a ir más allá de un simple repudio verbal contra el gobierno.
Esto último, tiene su importancia, ya que, del otro lado del mostrador se desplegó un operativo fenomenal de fuerzas represivas. La movilización de tropas fue muy superior a las que se pudieron ver en movilizaciones anteriores, incluso cuando se debatió la ley ómnibus en 2024.
El miércoles 13 fue una de las expresiones del proceso de radicalización que involucra a amplios sectores de la clase trabajadora y el pueblo. Esta dinámica tiene y tuvo expresiones en otros ámbitos, como cuando decenas de motoqueros de Matanza entraron con sus vehículos a la villa en la que se encontraban los ladrones de una de sus motos.
La reacción de vecinos y vecinas de Bahía Blanca, que increparon a la ministra de seguridad, Patricia Bullrich, se inscribe este proceso, que se extenderá y profundizará al calor del avance del plan de ajuste. El gobierno tomó consciencia de esta realidad, razón por la cual encaró la batalla del Congreso como un paso en la dirección en el camino de frenar el ascenso obrero y popular en curso.
Más allá de la tremenda demostración de fuerzas que realizaron Milei, Bullrich y los suyos, para la mayoría del pueblo, los uniformados no ganaron la pelea, todo lo contrario, la perdieron. Un viejo general prusiano dijo que la guerra no era otra cosa que la continuación de la política por otros medios, y, aquí, lo que primó fue la política.
El accionar represivo no sirvió para fortalecer y unificar al oficialismo, que, mientras sucedían los enfrentamientos callejeros, se trompeaban entre ellos y ellas dentro del recinto parlamentario. La crisis de los de arriba es tan grande, que, casi en sintonía con las detenciones, una jueza liberó de manera inmediata a todos y a todas con un fallo explosivo.
Para colmo de males -para Milei- una vez finalizadas las refriegas, y con un microcentro más parecido a Beirut en tiempo de guerra que a la capital de Argentina, miles, en vez de amedrentarse, volvieron a las calles para repudiar la represión. Otros tantos realizaron cacerolazos en distintos barrios de la ciudad, anunciando lo que se viene.
Alrededor de las 20 de este miércoles, en distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense comenzaron a sonar los cacerolazos y bocinazos como forma de protesta contra el gobierno de Javier Milei, luego de una jornada violenta por la brutal represión policial en la marcha de jubilados e hinchas. En varios barrios porteños como San Telmo, Montserrat, La Boca, Paternal, Villa Crespo y San Cristóbal, como así también en localidades como Vicente López y Avellaneda, la gente se manifestó con bocinazos y cacerolas[1].
Esta jornada dejó en claro que existe una numerosa vanguardia dispuesta a radicalizar la resistencia, asumiendo una cuestión esencial: ¡A un gobierno de esta calaña no se lo derrotará con buenos modales! La izquierda y las organizaciones combativas deben, ayudar a que esta vanguardia combativa se organice en un espacio amplio y democrático que sirva para impulsar y coordinar los próximos combates del movimiento de masas.
Las asambleas de
jubilados de los miércoles pueden ser un punto de referencia para avanzar en ese
proceso de reorganización, tan necesario para los tiempos que transcurren, ya
que nada se puede esperar de la dirigencia tradicional peronista, que, tanto
desde la CGT como el PJ, no hacen más que tirarle agua las brasas de la
rebelión.

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