El 4 de noviembre de 2005 se produjo una batalla callejera en
Mar del Plata, entre algunas fuerzas de la izquierda que fuimos a repudiar la
presencia del ex presidente Bush. Allí, miles nos plantamos frente a la policía
de Néstor Kirchner, que custodiaba al representante del imperialismo asesino. Días
después del acontecimiento, publicamos una nota –“Ni cobardía social demócrata
ni petardismo infantil”- en la que criticamos a la izquierda que se retiró del
lugar antes los enfrentamientos:
Mientras la socialdemocracia más oficial cerraba sus
banderas y se iba a sus micros para abandonar Mar del Plata lo más rápido
posible al término de la “Contracumbre” organizada por Kirchner, la social
democracia en diminutivo, corporizada por el Partido Obrero y otras
organizaciones arriaba sus banderas y corría despavorida apenas la policía
lanzaba los primeros gases frente a las vallas que impedían el acceso,
protegiendo al presidente Bush.
Lo más gracioso del caso es que todos esos partidos dicen en
los días de fiesta que están por la “revolución.” Uno no tiene más que
preguntarse cómo se preparan para ella si son incapaces de luchar a pie firme
por el derecho a organizar una protesta contra Bush sin ser rodeados e
impedidos por un “corralito” policial. Y es que la lógica de la pequeña
burguesía que dirige estos partidos es que demandar y pelear por el derecho
democrático a protestar – y por lo tanto a derribar las vallas policiales que se
erigen al mejor estilo totalitario para impedirlo – es una tarea “de la
revolución” y por lo tanto, reservada para épocas mejores.
Marchar sobre las vallas policiales y exigir que se levanten
para permitir una protesta popular contra el mayor criminal de guerra hoy día
en el poder no es tarea exclusiva de los revolucionarios, sino que debería
serlo también de aquellos que defienden la democracia, los derechos humanos y
las libertades públicas. Allí deberían haber estado no solo la izquierda, sino
también los radicales y los curas del tercer mundo.
Y los estudiantes y la gente sin partido. Los piqueteros y
la Asociación de Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas. HIJOS y los sindicatos,
la CTA y los reformistas. El que no hayan estado habla a las claras de cuan a
la derecha están estas organizaciones cuando se trata de luchar por el derecho
a la libre expresión: no la que no cuesta nada, sino aquella, que, si cuesta,
es decir, la que vale. Sigamos con nuestra historia.
Cuando la socialdemocracia pigmea corría sin atreverse a
defender – no ya el derecho a hacer la revolución sino el derecho de libre
expresión de las ideas – un grupo mejor caracterizado como de clase media con
cuarenta grados de temperatura, no encontró mejor solución al problema que
correr también, pero, a su paso, tomársela con algunos negocios de tenderos
locales. Para ejemplo, baste mencionar una peluquería, una inmobiliaria, un
kiosco.
Este grupejo se identificó una parte como anarquista y otra
como de “izquierda.” Pero no eran lo uno ni lo otro. Los anarquistas de antaño, incluidos los
“tirabombas”, eran gente seria, con métodos proletarios, que sabían diferenciar
entre el City y la verdulería de Don Pedro. La izquierda, se sabe, está por la
expropiación del gran capital financiero y por el fin de la dominación de la
burguesía, no guarda ningún rencor – más aún lo considera un aliado potencial –
al peluquero del barrio.
No derramamos aquí lágrimas de cocodrilo por el Banco
Galicia – responsable entre otros del “corralito” – ni por las vidrieras de la
empresa imperialista CTI. Solo decimos que darle herramientas a la propaganda
reaccionaria rompiendo vidrios a Don Juan y Doña Rosa es como patear un gol en
contra cuando el marcador está empatado.
A la socialdemocracia en diminutivo habría que pedirle que,
en el futuro, marche en la parte de atrás de las columnas en las
manifestaciones de protesta para impedir que sean un estorbo. A los petardistas
habrá que invitarlos a que hagan un curso para aprender a diferenciar entre una
multinacional y un puesto de diarios y revistas. Y mientras tanto, que miren
las protestas por televisión.
Aquellos que vieron nuestras banderas al frente de los
manifestantes, de cara a la policía, aguantando sin correr ni retirarse por los
gases y avanzando todo lo posible para sobrepasar las vallas, para luchar
efectivamente por los derechos democráticos, podrán reconocer la formación de
un partido de combate, que defiende sus ideas y los derechos de todos a
expresarse democráticamente sin descargar frustraciones de clase media ni
corriendo, ni arruinándole la vida a un pequeño comerciante. Un partido, en
fin, que tiene claro sus objetivos y, más importante aún, quienes son sus
enemigos de clase.

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