Por Damián Quevedo
Luego del papelón de Joe Biden en el debate de candidatos
presidenciales y la explosión de reclamos de propios y ajenos, para que renuncie
a la lucha por la reelección, el atentado fallido contra Donald Trump cambió el
eje de las noticias yanquis y elevó la popularidad del ex presidente.
Al salir de
la Iglesia, a Biden le preguntaron si le habían informado del intento de
asesinato de Trump. “No”,
dijo escuetamente.
Pronto, esa sería su prioridad y no las llamadas a congresistas para
reafirmarse en su candidatura. Como una consecuencia indirecta, el atentado ha
aliviado la presión sobre la candidatura de Biden a la reelección, como mínimo
temporalmente.
El atentado a Trump, igual que el que sufrió Jair Bolsonaro en medio de la campaña presidencial, fue aprovechado por los republicanos para tratar de posicionar a su candidato como una especie de “súper héroe”, capaz de esquivar las balas. Aunque esta maniobra, por distintas razones, terminó beneficiando a los dos candidatos, no resultará suficiente para revitalizar al régimen político, que se cae a pedazos junto con la pérdida de hegemonía yanqui a nivel internacional.
Tan en crisis está el régimen estadounidense, que millones de electores estarán obligados a optar entre un candidato senil y otro, que no deja de ser un outsider de la política formal. ¡Ni demócratas ni republicanos cuentan con otras posibilidades, ya que el resto de su dirigencia está aún peor que estos dos personajes decadentes! Mientras tanto, los competidores mundiales de los Estados Unidos, especialmente chinos, se frotan las manos.
Las elecciones tendrán lugar entre candidatos que expresan, de una u otra manera, las dos grandes posiciones de la burguesía yanqui frente a la guerra comercial que afrontan con la gran potencia asiática. Trump representa a la fracción menos guerrerista, que pretenden poner paños fríos al conflicto, mientras que Biden es el portavoz de los sectores más proclives a la transformación de las batallas comerciales en una guerra más directa.
Sin embargo, el problema central para el imperialismo
yanqui, es que está siendo atravesado por la crisis de dirección más grande y
peligrosa de su historia. Esta realidad profundiza su decadencia, que no es
solo económica, sino también y principalmente, institucional. El movimiento de
masas, a nivel internacional, debe aprovechar estas circunstancias para
redoblar la lucha antiimperialista, al frente de la cual debe ubicarse la
izquierda revolucionaria.

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