Por Comité Ejecutivo de Convergencia Socialista
El gobierno salió con todo a atacar a varios militantes de
izquierda que militan en los movimientos “piqueteros”, entre ellos algunos
compañeros del PO. Queda claro, que, más allá de los datos sobre corrupción y
manejo clientelar que presentan desde el gobierno, la intención de la gente de
Milei es pegarles a los sectores más combativos, aprovechando los flancos
débiles que existen en este tipo de organizaciones sociales.
Desde Convergencia Socialista le negamos a este o a
cualquier gobierno capitalista el derecho a juzgar y procesar a las
organizaciones del pueblo pobre, deben ser los trabajadores quienes se
encarguen de controlar y castigar a los elementos corruptos, si es que los hay.
Por esta razón, exigimos el cese de las persecuciones y procesamientos
judiciales. ¡Quienes tienen que ir presos inmediatamente, son los grandes
empresarios que saquean los recursos naturales y sociales y los funcionarios
que lo permiten y facilitan!
A partir de esa ubicación, que es de principios, también
creemos, que, dentro de las filas de la izquierda, se debe abrir un debate sobre
las políticas de los revolucionarios hacia los sectores más pauperizados y el
movimiento de desocupados. En ese sentido, somos muy críticos de la orientación
“piqueterista”, que han adoptado desde ciertas organizaciones, como el PO, el
MST y otros partidos que se reivindican socialistas.
Adjuntamos un par de artículos que escribimos al respecto en
2023, antes de la asunción del gobierno de Milei, notas que pueden servir para
abrir este importantísimo debate.
Un debate necesario... Nota publicada el 1 de agosto de 2023
Igual que otras organizaciones stalinistas y populistas,
algunos partidos trotskistas -como el PO y el MST- han profundizado su
adaptación al régimen, no solo por sus prácticas electoralistas, que son muy
parecidas a las del resto de las organizaciones del FITU, IS y PTS, sino debido
a su orientación “piqueterista”.
En notas anteriores, señalamos que la independencia de la
izquierda frente al Estado es contradictoria, más bien incompatible, con la
administración -por parte de organizaciones que pretenden destruirlo- de los
cuantiosos recursos que esta herramienta fundamental del Sistema Capitalista
destina para contener la explosividad social y proveer de mano de obra barata a
los municipios y gobernaciones.
El manejo, directo o indirecto, de estos recursos, coloca a
las organizaciones revolucionarias (más allá de sus intenciones) en un lugar
que le corresponde al Estado, que a su vez ejerce una fenomenal presión sobre
estas. Una presión que, en los hechos, las terminó convirtiendo en instrumentos
para la contención de una fracción pauperizada de la población.
Esta dependencia permanente y sistemática, crea
objetivamente la necesidad de organizar una capa burocrática, como en cualquier
estructura del Estado burgués, que, ubicada en la super estructura “piquetera”,
termina decidiendo a quién le corresponde tal o cual política de asistencia
social, mediante la decisión de “altas y bajas”, la distribución de mercadería o
la organización de cuadrillas para la realización de ciertos trabajos.
Como marxistas entendemos que la consciencia está
relacionada a la existencia, de ahí nuestra comprensión sobre el carácter
revolucionario de la clase trabajadora. El sector social productivo, al cual,
tanto el patrón como el Estado, le extraen una cuota de plusvalía a partir del
trabajo asalariado, algo que no sucede en la mayor parte de aquellos o aquellas
que reciben asistencia estatal.
Las organizaciones piqueteras, las de izquierda y las de
derecha, todas, absolutamente todas, dependen de esa asistencia, lo que
significa que es realmente imposible hablar de una verdadera independencia
política, ya que existe una fuerte ligazón económica.
Esta política, que aleja objetivamente a estos partidos de
la clase trabajadora ocupada -que debería ser centro de su preocupación e
intervención- es coherente con la definición del último Congreso del PO. Allí
se resolvió impulsar un "movimiento popular con banderas
socialistas", una formulación que deja explícitamente de lado a la clase
obrera, la única que puede llevar al resto de los oprimidos hacia la
revolución.
Los partidos que se reivindican trotskistas, deben tener
política hacia todos los oprimidos y oprimidas, pero a partir y desde la clase
obrera ocupada, que tiene que tomar como propia la tarea de ganar como aliados
a estos sectores, comenzando por solidarizarse con sus justos reclamos.
Lo que no pueden hacer los revolucionarios y las
revolucionarias es concentrar la mayor parte de su militancia en esta franja
oprimida, porque esa orientación, tal como lo estamos demostrando, impone un
grado de adaptación al sistema capitalista -a través de su herramienta
principal, el Estado- que condiciona la estrategia socialista.
El oportunismo "piqueterista" del PO y el MST nota
del 22 de mayo de 2023
En la última semana publicamos una nota y emitimos un
programa -que subimos a YouTube y otras redes- sobre la marcada tendencia que
existe en el Partido Obrero y el MST, en cuanto a concretar frentes con ciertos
sectores de la burguesía, al estilo de los frentes populares que construyó años
atrás el estalinismo.
Ambos grupos tienen una larga historia de hechos que
corrobora esta caracterización. Nahuel Moreno escribió un texto que describe la
estrategia frente populista del PO -Lora reniega del Trotskismo- en el que
denuncia al dirigente trotskista boliviano Félix Lora, quien, con el apoyo de
Altamira, capituló al gobierno del general Torres, a principios de los 70.
Desde que rompió con el viejo MAS, el MST, ha tenido una
orientación más que consecuente, la de concretar acuerdos con cuanto dirigente
burgués se le haya cruzado en el camino, como Luis Juez en Córdoba, Pino
Solanas a nivel nacional, o la ex gobernadora de Tierra del Fuego, Fabiana
Ríos, en términos de la Provincia de Buenos Aires.
Estos partidos le pegan al PTS por sus coqueteos con el
kirchnerismo, crítica que hemos hecho y continuaremos haciendo desde
Convergencia Socialista. Sin embargo, estas actitudes oportunistas están
todavía lejos de las trapisondas del PO y el MST, como el acto que acaban de
organizar con Grabois, Pérsico y otros funcionarios del gobierno.
En una nota anterior denunciamos lo grave de esta acción
junto a los verdugos del movimiento piquetero, en la cual -más allá de las
intenciones- fueron usados para jugar en la interna peronista contra Tolosa
Paz. Más allá de esta capitulación, de la que hemos escrito suficiente,
queremos detenernos en otra cuestión de fondo, la base social (piquetera) en la
que se apoyan, tanto el PO como el MST, y sus implicancias políticas.
Movimiento piquetero, un cambio sustancial en su
composición social
El movimiento de trabajadores desocupados cobró fuerza a
mediados de los 90, en la segunda mitad de esa década, cuando la desocupación
generada por las privatizaciones y la desindustrialización -que se arrastraba
de mucho antes- llevaron a un sector obrero a combatir estos flagelos con metodologías
muy radicalizadas, como los piquetes.
Así, desocupados de YPF y otras ramas de la industria,
recurrieron a duras medidas de acción directa, que en varios casos culminaron
en puebladas. Formalmente, ese movimiento continúa existiendo, pero con cambios
cualitativos en su composición, que constituyen el aspecto central de sus
límites y determinan el carácter de las organizaciones que lo conducen.
Ante el crecimiento y multiplicación de este tipo de
movimientos y luego de haber fracasado con la represión, el Estado se propuso desplegar
una política de asistencia social masiva, que terminó siendo administrada por
las conducciones piqueteras, varias de las cuales fueron cooptadas por el
peronismo. Las de izquierda, aunque no se alinearon al PJ, pagaron un precio
muy caro, su dependencia del aparato estatal, que las condiciona políticamente.
Los primeros piquetes y cortes de rutas fueron
protagonizados por sectores obreros que habían quedado desocupados muy poco
tiempo antes de los mismos, razón por la cual su reivindicación central era
volver a trabajar. Gracias a las primeras grandes luchas -en el marco de una
recuperación económica, provocada por la “locomotora china”- muchos de estos
compañeros y compañeras recuperaron su lugar en el aparato productivo y de
servicios.
El movimiento de desocupados continuó existiendo, pero
paulatinamente fue abandonando la lucha por trabajo genuino, para poner en el
centro de sus reclamos, la exigencia de asistencia social por parte del Estado,
que es, en definitiva, la política que días atrás unificó a los movimientos de
la izquierda con sus pares del oficialismo.
En estos 20 años, la cantidad de beneficios pagados saltó
de 1,6 millones a 12,12 millones, con un aumento del 657,5%, aunque cabe
aclarar que una persona puede estar cobrando más de un beneficio, debido a la
superposición de planes entre las distintas reparticiones. En el gobierno de
Alberto Fernández, la cantidad de planes creció 18,6%, pero el monto más que se
duplicó. [1]
Si contemplamos que la crisis que llegó de 2001 culminó a
mediados del 2002, con el ajuste que posibilitó la salida de la convertibilidad
y dio lugar al ciclo de expansión capitalista impulsado por la venta de soja a
China, vemos que el sector que continuó dando cuerpo a las organizaciones
sociales, ya no proviene esencialmente de la clase obrera industrial.
Los movimientos de ahora, están integrados, en su mayoría,
por una fracción de la población que no está en condiciones -por edad o por
otras razones- de ingresar a una fábrica o un empleo formal. Es decir que ya no
constituyen aquello que Marx llamaba sobrepoblación relativa, un ejército de
desocupados que presionan sobre los salarios, porque ofrecen "fuerza de
trabajo barata".
Son desocupados estructurales, cuya condición no está
determinada por los ciclos de expansión y crisis del capitalismo, a pesar de lo
que sostienen organizaciones como el PO, que hacen esto con el único propósito
de justificar su política sobre ese sector: Para el movimiento obrero ocupado,
el movimiento piquetero representa un límite objetivo al uso del ejército de
desocupados para presionar en favor de la baja del salario. [2]
Esta afirmación, desde el punto de vista formal parece
acertada, aunque la realidad es absolutamente distinta, como lo demuestra un
informe del ministerio de producción, que, apoyado en cifras oficiales, observa
un crecimiento salarial incompatible con la existencia de un ejército de
reserva del capital.
El informe, titulado “Dinámica salarial de los sectores
productivos, de la convertibilidad al Covid-19”, divide los 26 años de análisis
en 6 etapas. La etapa de mayor crecimiento del salario real se da en la llamada
“recuperación de la posconvertibilidad”, entre septiembre del 2002 y diciembre
del 2011. La actividad económica tuvo un crecimiento acumulado del 73,1% (6,1%
anualizado), con un salario real que tuvo una mejora del 68,8% (5,8%
anualizado). [3]
Los números dan cuenta de que el verdadero ejército de
reserva para la industria, se incorporó al proceso productivo durante el ciclo
de expansión post crisis de 2001. Por esto, con sus teorías y postulados, el
sector de la izquierda que centra su construcción en el movimiento piquetero,
solo busca justificar su alejamiento de la clase obrera y aprovechar las
circunstancias para crecer como “aparato” capaz de movilizar a miles.
Esto no quiere decir que los y las socialistas abandonemos a
este sector. Para nada, solo decimos e insistimos, que no puede ser el centro
de atención y militancia de los revolucionarios, que tiene que ser dentro de la
clase obrera ocupada. Debe ser así, a pesar de que el trabajo “gris” y
cotidiano sobre las fábricas y grandes empresas no signifique la posibilidad
inmediata de organizar columnas numerosísimas, ni, mucho menos, de obtener y
administrar los cuantiosos fondos que se destinan a la asistencia social.
El Partido Obrero y el sujeto social
El socialismo moderno, que nace con Marx y Engels, se
caracteriza por entender que el proletariado -nacido con la producción
capitalista- es la única clase social capaz de poner fin a este modo de
producción, ya que en sus condiciones de vida se encuentran las razones por las
que puede construir una nueva sociedad, sin explotados ni explotadores.
Lo esencial de esas condiciones es que produce socialmente,
dentro de la cual se encuentran las bases materiales necesarias para superar al
capitalismo. Ningún obrero puede fabricar nada individualmente, depende para
ello de otros compañeros y compañeras, ese hecho objetivo es el que convierte
al proletariado en sujeto revolucionario, como diría Marx “en sí”. Nuestra
tarea, ardua por supuesto, es que gane consciencia “para sí”.
Por lo difícil que es esta militancia, muchas organizaciones
y dirigentes socialistas han tratado, a lo largo de la historia, de cortar
camino, algunos eligiendo el camino de las acciones audaces descolgadas de la
clase trabajadora -guerrillerismo- otros, el parlamentarismo, como el MST y el
PO, que a esta desviación le ha agregado la del piqueterismo.
Suplir a la clase obrera, que puede frenar el proceso
productivo, generar un enorme daño al capital, o incluso destruirlo, por un
sector de la sociedad cuyas condiciones de existencia son resueltas de manera
individual es equivocado. Esto es así, porque a pesar de que el movimiento
piquetero marcha de forma colectiva, sus integrantes son, por lo general,
cuentapropistas que están alejados de la producción colectiva que caracteriza
al proletariado.
Altamira, el “sujeto social” piquetero y sus alumnos del
PO
La clase trabajadora y la izquierda deben tener tácticas
para organizar y ganar a esta porción de la sociedad para sus luchas y para la
revolución social, pero, lo que no pueden es ubicarla en un lugar que no le
corresponde, como hizo Jorge Altamira, uno de los primeros teóricos del nuevo
“sujeto social piquetero”, antes de ser echado del Partido Obrero.
Altamira, en varias y extensas publicaciones intentó
fundamentar su defensa de esta teoría, basándose no en el contenido social de
los piqueteros, sino en la forma que utilizaron para luchar en uno de los
momentos principales de su existencia. Todo el macaneo izquierdista acerca
de ‘cómo terminar con los piqueteros’, simplemente pone al desnudo una
superlativa ignorancia de los programas y de la historia obreras y de la lucha
de clases, pero por sobre todo una hostilidad, tanto más profunda cuanto que es
instintiva, hacia la expresión real que asume la tendencia revolucionaria en el
seno de los más explotados y de los más humillados. [4]
Estas afirmaciones contienen varias falsedades, construidas
para imponer un posicionamiento político ajeno al marxismo. Una de las falacias
es referirse a este sector como "el más explotado", cuando la
explotación capitalista sucede exclusivamente en el marco de la producción
capitalista, donde tiene lugar la extracción de plusvalía. Altamira asemeja
pauperización y explotación, a pesar de que son dos términos absolutamente
diferentes.
Un obrero puede ser altamente explotado, a pesar de ganar un
salario muy por arriba de la tasa media, ya que la explotación no está
determinada por lo que cobra, sino por la tasa de plusvalía que obtiene el
capital. El capitalismo no obtiene plusvalía de los desocupados, salvo en la
trasnochada cabeza de algunos teóricos que se dicen marxistas, como Jorge
Altamira y quienes, a pesar de haberlo echado de sus filas, continuaron
defendiendo sus disparates.
Como Altamira conoce la teoría de la explotación y la
extracción de la plusvalía, para definir al nuevo “sujeto social”, tuvo que
hacer una maniobra, reivindicarlo por sus viejos métodos. Para esto buscó
encontrar en las organizaciones sociales el germen de las milicias obreras, de
las que hablaba Trotsky en el Programa de transición.
En su intento de elevar el oportunismo al grado de teoría,
Altamira terminó alejándose de las elaboraciones de los viejos marxistas. Sus
seguidores y los dirigentes de otros grupos que los acompañan, adhieren en
general a estos postulados, razón por la cual no resulta extraño que se junten
con otros personajes, que, aunque son oficialistas, coinciden en cuanto al
método.
Las organizaciones que conforman el movimiento piquetero
actual, más allá de sus definiciones políticas, operan como una extensión del
Estado, porque garantizan no solo la organización de la asistencia social, sino
también la precarización laboral. Miles son ocupados por las intendencias y
otras dependencias, para cumplir el papel que antes cumplía el personal de
planta, bajo convenio.
Si existe una porción piquetera que está siendo explotada es
justamente esta. Sin embargo, la lucha por el pase a planta permanente de estos
compañeros y compañeras, prácticamente no existe, ni en los movimientos de
izquierda, ni en los que conducen Grabois, Pérsico, Alderete, Menéndez y
compañía.
Cuando criticamos a los grupos que se reivindican
socialistas por no luchar por trabajo genuino, no es porque no lo planteen, de
manera formal, sino porque han dejado de marchar a la cabeza de los grupos
piqueteros hacia las fábricas y las empresas para reclamarlo. Tampoco se
movilizan para reclamar que cese la precarización de quienes, cobrando planes,
están siendo ocupados por los diferentes organismos estatales.
Como socialistas no nos oponemos a obtener, mediante la
lucha, todo tipo de asistencia social por parte del Estado, ya que sirve para
capear el hambre y la miseria capitalista. Lo que rechazamos es quedarnos en
esas demandas, y, sobre todo, en esa lógica que no apunta más que a atar al
sector más empobrecido de la población a ser esclavos de quienes se alternan en
la administración del gobierno.
Una política revolucionaria implica, en primer lugar,
vincular a los desocupados con la clase obrera. Esto significa apoyar
constantemente sus luchas, y, en ese marco, pelear por la incorporación de
miles que no tienen trabajo a la producción efectiva, como lo hizo el
movimiento piquetero en su origen.
[1] La Nación 16/05/2022
[2] Prensa obrera 03/03/2020
[3] Ámbito financiero 15/05/2022
[4] Prensa obrera N858.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario