Por Damián Quevedo
Con un claro sentido de la oportunidad, ya que volvió a aparecer en público en un momento crítico del gobierno nacional, la ex presidenta Cristina Fernández se despachó a gusto en Quilmes, frente a los jerarcas de La Cámpora y gran parte del peronismo.
Allí, la jefa de la banda kirchnerista cargó contra el actual gobierno y llamó a morigerar las peleas internas del PJ, que está dividido en numerosas fracciones que se están matando entre sí. Una de las expresiones de esta batalla interna fue la ausencia en el acto del gobernador, Kicillof, que se excusó alegando que tenía que cumplir con otros compromisos.
Sin
embargo, lo más relevante del acto y del discurso no tuvo que ver con los
planteos de Cristina sobre la interna del PJ o sus críticas a Milei, sino la reivindicación
que del programa menemista que deslizó: Este
gobierno no tiene plan de estabilización”. En ese punto, ponderó el plan Austral del alfonsinismo y la Convertibilidad del menemismo. “Por eso
los economistas insisten tanto, porque tienen razón”[1]
El elogio, al pasar, de los planes de Alfonsín y sobre todo de la convertibilidad de Menem y Cavallo, que ella y su marido apoyaron, es toda una declaración de “principios”. Cuando Cristina propone la implementación de un plan de estabilización, está repitiendo el reclamo de las patronales, una política para aplastar a la clase trabajadora.
En ese sentido, Cristina, más que a su base, se dirigió hacia los grandes empresarios, a los que les gritó en la cara, que ella y su partido pueden ser más eficientes que Milei, para imponer una nueva reforma. Para eso, además, exigió la unidad del peronismo, que es el partido del “orden” capitalista.
La clase trabajadora debe romper definitivamente con este partido y todos sus dirigentes, entendiendo que no habrá salida a la crisis sin una revolución social que acabe con el capitalismo y dé lugar a un nuevo sistema, sin explotadores y explotados, el socialismo, con un gobierno obrero y popular.
[1] La Nación 27/04/2024

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