Por Damián Quevedo
El discurso inaugural de las sesiones del Congreso expresó la debilidad del presidente, quien, tras una andanada de ataques y críticas a la “casta”, terminó llamándola a firmar un acuerdo nacional, más preocupado por la gobernabilidad que por la pureza de sus ideas.
El llamado a un gran pacto político que hizo al final
del discurso ante la Asamblea significa otro giro de libreto que deja
descolocados a sus interlocutores. Fue un llamado agrio, a cara de perro. La
aceptación de un límite, enmascarada por el bombardeo previo a todos “los
políticos”. A su manera pisó un freno[1].
Es un gesto de
realismo político luego del enfrentamiento con prácticamente todos los
gobernadores del país, el presidente libertario sabe que la serie de reformas
que pretende imponer con su gran paquete de ajuste, son imposibles de aplicar
sin pactar con la oposición patronal.
Sin embargo, por más necesario que sean para los capitalistas estas medidas y por más voluntad política que tenga un sector de la dirigencia patronal, en cuanto a proteger la gobernabilidad, la realidad y todos sus vericuetos hacen muy difícil la concreción y puesta en marcha de ese pacto.
Luego de la derrota de la ley ómnibus, en el punto más álgido de la debilidad presidencial, Mauricio Macri buscó materializar una alianza de estas características, para lo cual trató, en los hechos, de hacerse cargo de la conducción del gobierno.
La respuesta de Milei frente a este retroceso fue levantar la guardia y salir a pelearse con los gobernadores. En ese sentido, el choque más virulento lo tuvo con uno de los “niños mimados” del macrismo, Ignacio Torres, de Chubut. El presidente también cargó las tintas contra la burocracia sindical, no por convicción, sino porque uno de los ejes centrales del plan es la reforma laboral.
Milei no puede pactar de manera directa con los burócratas, la mayoría de los cuales no tendría ningún problema en dejar pasar esta política, como lo han hecho con Menem y otros gobiernos peronistas. Estos mariscales de la derrota tienen que levantar la guardia, no por convicción, sino porque tienen miedo de que las bases, que los odian, los pasen por encima y pierdan poder y capacidad de negociación.
Esa es una tendencia objetiva, visible fundamentalmente en la poca convocatoria que tuvieron los paros de la CGT y del SUTEBA. No porque los trabajadores no estén dispuestos a luchar o no sufran el ajuste, sino por la desconfianza que tienen hacia el conjunto de las direcciones burocráticas.
Esta desconfianza y la necesidad de defender el salario y las conquistas, puede dar lugar a una dinámica de desbordes que permita la construcción de una nueva dirección política y sindical que se ubique a la altura de las actuales circunstancias. La izquierda tiene que ayudar a que este proceso avance, impulsando la democracia directa, las asambleas de base, que son, en definitiva, la principal herramienta al servicio de construir y extender la resistencia.
[1] La Nación 02/03/2024
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