Por Damián Quevedo
El gobierno no consigue salir de una constante caída en picada, que comenzó con las derrotas de la ley ómnibus y el protocolo Bulrich, continuó con la crisis con los gobernadores y se profundizó a partir del escandaloso aumento de los sueldos por parte de los funcionarios gubernamentales.
El presidente dijo en una entrevista televisiva que le pidió la renuncia a Omar Yasín, a quien responsabilizó por el aumento de casi el 50 por ciento en su salario y el de los miembros de su gabinete durante enero y febrero. Esa suba salió por un decreto que llevó la firma del propio Milei[1].
En ese contexto, un terremoto está debilitando las principales columnas del gobierno, como el ministerio de capital humano, en el que renunciaron nueve funcionarios en apenas tres meses. Este sector, que en los hechos ocupa la primera línea del ajuste, tiene la firmeza de un castillo de naipes.
La estrategia política de Milei perjudica aún más al gobierno, que, debido a sus gestos poco diplomáticos, no ha tejido ningún consenso más o menos estables con las fuerzas políticas “dialoguistas”, que miran al libertario y sus secuaces con muchísima desconfianza.
Milei ganó las elecciones porque agitó el “que se vayan todos”. Ahora, sin bases materiales para sostener este relato demagógico, tiene que radicalizar su discurso “anti casta”, para tratar de mantener el nivel de apoyo inicial. El problema es que las masas, que no comen consignas, ya empezaron a agotar su paciencia.
El uso de una cartera supuestamente valuada en 30 mil dólares luciendo en manos de la ministra Sandra Pettovello; los costosos looks en los viajes y eventos de Karina Milei; la presencia de la hermana del presidente y del portavoz Manuel Adorni en el exclusivo recital de Luis Miguel a La Rural con una entrada de 1.500 dólares, más allá que hayan sido invitados o la hayan pagado; el costo innecesario de sustituir el Salón de las Mujeres por el Salón de los Próceres donde el único retrato presidencial es el de Carlos Menem, el único mandatario democráticamente elegido condenado por la Justicia por corrupción, por el contrabando de armas a Ecuador[2].
Una conducta muy
parecida a la de Milei, llevó a la derrota electoral al mismísimo Carlos Menem,
aunque esta situación no sucedió al principio de su mandato, cuando la
situación económica era más o menos buena, sino al final del mismo, cuando los
salarios se cayeron a pique y aumentó el índice de la desocupación.
Milei no cuenta con la ventaja iniciática del “riojano más famoso”, todo lo contrario, ya que no tiene las “joyas de la abuela” para vender ni el “viento de cola chino” para empujar el desarrollo de la economía nacional. Entonces, será muy poco lo que dure el fervor libertario, que, rápidamente pasará al olvido como un elemento exótico de la política argentina.
Hoy por hoy, cada
retroceso político del gobierno y cada escándalo de corrupción, erosionan la
gobernabilidad y caldean el estado de ánimo social. Esta realidad, que tiende a
convertirse en explosiva, debe ser capitalizada por la izquierda, que es la
única fuerza capaz de ofrecerle al movimiento de masas un programa que
realmente lo sacará de la miseria capitalista, el programa del Socialismo
revolucionario.
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