martes, 16 de enero de 2024

Otro aniversario del asesinato de Rosa Luxemburgo


 Por Graciela Monari 

La noche del 15 de enero de 1919 fue detenida en Berlín la gran revolucionaria Rosa Luxemburgo, que con sus cabellos grises, demacrada y exhausta aparentaba mucho más de los 48 años que tenía. Cuando la detuvieron, uno de los soldados del pelotón enviado por el gobierno socialdemócrata alemán, la obligó a seguir a empujones mientras que una multitud burlona y llena de odio que se agolpaba en el vestíbulo del Hotel Eden la insultaba, por lo que era, una socialista coherente y consecuente. 

Lejos de sentirse intimidada, Rosa levantó su frente y miró a los soldados y a los huéspedes del hotel que se mofaban de ella con sus ojos negros y orgullosos, demostrando que aún en las peores circunstancias conservaba su moral bien alta. Y aquellos hombres en sus uniformes desiguales, soldados de la nueva unidad de las tropas de asalto, se sintieron ofendidos por la mirada desdeñosa y casi compasiva de Rosa Luxemburgo, "la rosa roja", "la judía".

Ellos odiaban todo lo que esta mujer había representado en Alemania durante dos décadas: la firme creencia en la idea del socialismo, el feminismo, el antimilitarismo y la oposición a la guerra, que ellos habían perdido en noviembre de 1918. En los días previos los soldados habían aplastado el levantamiento de trabajadores en Berlín. Ahora ellos eran los amos. Y Rosa les había desafiado en su último artículo: 

“¡El orden reina en Berlín! ¡Ah! ¡Estúpidos e insensatos verdugos! No os dais cuenta de que vuestro orden está levantado sobre arena. La revolución se erguirá mañana con su victoria y el terror asomará en vuestros rostros al oírle anunciar con todas sus trompetas: ¡Yo fui, yo soy, yo seré!”. 

La empujaron y golpearon. Rosa se levantó. Para entonces casi habían alcanzado la puerta trasera del hotel. Fuera esperaba un coche lleno de soldados, quienes, según le habían comunicado, la conducirían a la prisión. Pero uno de los soldados se fue hacia ella levantando su arma y le golpeó en la cabeza con la culata y la tiró al suelo, donde ese mismo uniformado, con odio de clase infundido por sus amos, los capitalistas alemanes, le propinó un segundo golpe en la sien. 

El hombre se llamaba Runge. El rostro de Rosa Luxemburgo chorreaba sangre. Runge obedecía órdenes de la burguesía, que gobernaba a través de sus lacayos socialdemócratas, los ex camaradas de Rosa. Poco antes él había derribado al otro gran dirigente comunista, Karl Liebknecht, con la culata de su fusil. También a él le habían arrastrado por el vestíbulo del Hotel Eden. 

Los soldados levantaron el cuerpo de Rosa. La sangre brotaba de su boca y nariz. La llevaron al vehículo y la sentaron entre los dos soldados en el asiento de atrás. Hacía poco que el coche había arrancado cuando le dispararon un tiro a quemarropa, el soldado que lo hizo se llamaba Hermann Souchon. El ruido del disparo se pudo escuchar en el hotel. 

La noche del 15 de enero de 1919 los hombres del cuerpo de asalto asesinaron a Rosa Luxemburgo. Arrojaron su cadáver desde un puente al canal. Al día siguiente todo Berlín sabía ya que la mujer que en los últimos veinte años había desafiado a todos los poderosos y que había cautivado a los asistentes de innumerables asambleas, estaba muerta. Mientras se buscaba su cadáver, Bertold Brecht, que solo tenía 21 años escribía: 

La Rosa roja ahora también ha desaparecido  /  Dónde se encuentra es desconocido  / 

Porque ella a los pobres la verdad ha dicho /  Los ricos del mundo la han extinguido… 

Pocos meses después, el 31 de mayo de 1919, se encontró el cuerpo de una mujer junto a una esclusa del canal. Se podía reconocer los guantes de Rosa Luxemburgo, parte de su vestido, un pendiente de oro. Pero la cara era irreconocible, ya que el cuerpo hacía tiempo que estaba podrido. Fue identificada y se le enterró el 13 de junio. 

En el año 1962, 43 años después de su muerte, el Gobierno Federal alemán declaró que su asesinato había sido una "ejecución acorde con la ley marcial". Hace sólo nueve años que una investigación oficial concluyó que las tropas de asalto, que habían recibido órdenes y dinero de los gobernantes socialdemócratas, fueron los autores materiales de su muerte y la de Karl Liebknecht.

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