martes, 14 de noviembre de 2023

Otro aniversario de la caída del Muro, que abrió un período histórico más favorable para las luchas revolucionarias


 Por Juan Giglio 

Antes de que estallara el proceso que dio lugar a lo que se denominó caída del "Muro", noviembre de 1989, que provocó la cuasi liquidación de la burocracia stalinista en la ex URSS, varias revoluciones antiburocráticas fracasaron debido a la ausencia de una dirección revolucionaria. Esto, que comenzó a suceder en Alemania en los 50, después se trasladó a Polonia, Hungría y la Checoeslovaquia de la “Primavera de Praga”.

La derrota de estas luchas e insurrecciones sentó las bases de la restauración capitalista, ya que los burócratas se sintieron fuertes para imponer esta dinámica desde las cúpulas, garantizando el surgimiento y desarrollo de una burguesía íntimamente ligada al estado y a los viejos aparatos comunistas.

Por todo esto, cuando estallaron las rebeliones de 1989 en Alemania y 1990 la ex URSS, el movimiento de masas no se encontró con los viejos “estados obreros burocratizados”, sino con una nueva institucionalidad de carácter capitalista. ¡La Revolución no llegó a tiempo para recuperar las conquistas económicas, heridas de muerte debido al aplastamiento de los obreros insurrectos de Alemania, Hungría y Checoeslovaquia! 

Sin embargo, más allá de esto, 1989 será recordado como el año en que cambió el curso de la humanidad, ya que el triunfo del proceso insurreccional tiene un significado similar al de las grandes revoluciones -como la Francesa de 1789 o la Rusa de 1917- porque constituyó una derrota histórica del Frente Contrarrevolucionario, formado por los imperialistas y la burocracia para frenar y aplastar las luchas obreras y populares a nivel planetario.

Las masas quebraron la pata stalinista de este frente y acabaron con la mayor loza frenadora y traidora la historia. La clase obrera se liberó de la terrible atadura que la había encorsetado durante siete décadas e impidió el triunfo del Socialismo en la época de agonía mortal del capitalismo. La caída en desgracia de los Partidos Comunistas, lejos de fortalecerlos, debilitó a los yankys, que perdieron a su socio principal, el gran bombero de las revoluciones.

Esta nueva realidad hizo entrar en crisis al resto de las direcciones contrarrevolucionarias, como el peronismo de la Argentina, que, aunque pueda volver ganar las elecciones, vive su período de agonía final. Esta dinámica, absolutamente progresiva, no fue interpretada por la mayoría de los dirigentes de los partidos de izquierda, que impresionados con la contraofensiva “neoliberal” de los yankys al servicio de frenar lo que había comenzado en la ex URSS, creyeron que había triunfado la reacción y que la consciencia obrera había pegado un salto histórico hacia atrás. 

Esta política imperialista, que duró pocos años -hasta que entró en crisis por el ascenso obrero, que continuó teniendo lugar- opacó durante un tiempo los aspectos más positivos del fenómeno mundial que comenzó con la “caída del muro” y la debacle de la ex URSS. El accionar de los gobiernos neoliberales, como los de Thatcher, Bush -padre-, Menem, Collor y Cardoso en Brasil, Fujimori, etc., impusieron coyunturalmente una relación de fuerzas entre las clases de carácter reaccionario, que aunque duró poco tiempo, provocó la crisis de las direcciones revolucionarias, que interpretaron la caída del stalinismo como un fenómeno “regresivo”.  

Todos los que sucumbieron a esas caracterizaciones o a las teorías de la “finalización de la historia” y el “cambio del sujeto histórico”, no entendieron que los aspectos positivos de la etapa abierta en 1989, continuarían desarrollándose y profundizándose, más allá de las derrotas parciales y coyunturales. Estos elementos progresivos reaparecieron con fuerza luego de la derrota de los gobiernos neoliberales, empujados al basurero de la historia por las luchas de los trabajadores y los pueblos de todo el mundo.

En la nueva situación mundial, que empuja el desarrollo de revoluciones más importantes que las anteriores, los y las de abajo se aprovecharán de la falta de tutela de las direcciones burocráticas, para organizarse con el método de la democracia obrera, sepultado durante los años negros de la contrarrevolución burocrática. El ejercicio de la democracia directa será el mejor entrenamiento para la preparación de la lucha por el poder, ya que no habrá Socialismo sin autodeterminación. 

La Revolución de los Jabones de la ex URSS

Transcribimos algunos párrafos editados en el número 42 de la revista Correo Internacional, órgano de Liga Internacional de los Trabajadores -durante el año 1989- donde se describía el proceso asambleario que recorría las minas en huelga de varias partes de lo que ahora es la ex URSS, y que formaba parte de la dinámica iniciada con la caída del muro alemán.

En los comités de huelga, las plazas y asambleas populares los trabajadores y el pueblo resolvían todo, votando no solo las cuestiones reivindicativas inherentes a sus labores específicos -como la provisión del tan necesario jabón- sino temas esencialmente políticos, como el audaz pedido de “Elección directa y secreta del presidente del Soviet Supremo de la URSS y de los órganos locales del poder…”: En la Kuzbass (cuenca carbonífera de la región sur de Siberia) estallaron varias huelgas desde principios de año, las que invariablemente fueron circunscriptas por la burocracia cediendo algunas reivindicaciones.

Quizá algún burócrata creyó que la huelga iniciada el 10 de julio en la mina de Shviako sería una más de la serie. No fue así. En esta oportunidad la huelga se extendió velozmente por toda la región. Las ciudades fueron literalmente ocupadas por los huelguistas: las plazas de Kemerovo, Prokopyevsk y Mezhdurechensk se convirtieron en la sede de asambleas permanentes, con los mineros acampando allí, discutiendo y tomando resoluciones.

“Primero las minas, luego las ciudades y después amplias regiones eligieron comités de huelga, compuestos de jóvenes que han pasado sus vidas usando el pico debajo de la tierra “ (The Economist, 29-7-89). La misma revista informa que 12 de los 14 diputados de la región de Prokopyevsk estuvieron presentes en la reunión que designó al comité de huelga regional. Rápidamente, los comités tomaron por su cuenta el control de las ciudades.

Prohibieron la venta de bebidas alcohólicas, y la prohibición se cumplió estrictamente. En algunas ciudades siberianas, los comités obligaron a traficantes del mercado negro a vender mercaderías que escaseaban en los comercios. La milicia (policía) desapareció y el orden fue asegurado por destacamentos de mineros. El 20 de julio, la huelga se extendió a otras regiones mineras: Vorkuta (en el extremo norte de la Rusia europea), Dniepropetrovsk en Ucrania y Karagandá en la República de Kazajstán (en el Asia Central). 

Los informes sobre el número de huelguistas oscilan ya entre los 300.000 y los 700.000. Los mineros están entre los trabajadores mejor pagados de la URSS, pero el dinero se les acumula en inútiles cuentas de ahorro, mientras ellos y sus familias carecen de lo más elemental. “Paso todo el día bajo tierra, con los pulmones llenos de suciedad y con polvo de carbón en cada poro de mi cuerpo. Cuando salgo ni siquiera tengo jabón para lavarme. Eso es humillante”, dijo Alexandr Polvetko, de Kermerovo. La esposa de otro minero afirmó: “Hace años que no se ve carne en los comercios. 

Todo está racionado. Solo podemos comprar un jabón cada tres meses, y sólo hay leche para los bebés”. Pero el jabón solo fue el punto de partida. En el conjunto de los reclamos campea el odio a los burócratas y la decisión de los trabajadores de ser por fin los que decidan sobre su trabajo, su empresa y sus vidas. A los reclamos económicos, de abastecimiento y de protección del medio ambiente, en varias zonas se sumaron exigencias abierta y declaradamente políticas, que se dirigían directamente contra el monopolio del poder por la burocracia y su partido.

Los mineros de Prokopyesk (Kuzbass) colocaron carteles con la consigna “Poder a los Soviets del Pueblo” (The New York Times, 23-7-89). Pero, además de su importancia en la huelga y de constituir embriones de un sindicato independiente, los comités de huelga mineros se plantaron como organismos de poder obrero, enfrentando al poder de la burocracia y desplazándolo a nivel local. Ejerciendo el poder local, los comités de huelga demostraron la superioridad del poder obrero sobre la administración burocrática. 

Los comités de huelga fueron electos directamente en asambleas masivas de los trabajadores y debían rendir cuentas al diario antes estos. Este funcionamiento de democracia obrera y el control que ejercían sobre las ciudades y regiones donde actuaban, retomaba la tradición de los soviets de 1917, indicando el camino de organización y lucha que los trabajadores soviéticos deberán recorrer para terminar definitivamente con la dominación y los privilegios de la burocracia.

Es revelador que las asambleas de mineros, más allá de ser el ámbito de discusión y decisión democrática sobre su propia huelga y sus reivindicaciones, fuera también la tribuna a la que recurrieron trabajadores de otras actividades de cada región para exponer sus propias denuncias y reclamos. De este modo, las asambleas desbordaban el terreno puramente sindical, para ser aglutinadoras del conjunto de las masas en lucha, como los soviets de 1917.

El surgimiento de este doble poder organizado y centralizado a nivel local es el mayor peligro que amenaza hoy a la burocracia. Especialmente porque empalma con una tradición histórica del proletariado soviético (la de las revoluciones de 1905 y 1917)… las masas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas comienzan a pasar por encima de las instituciones de la burocracia y a organizarse para ejercer directamente el poder.

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