Por Damián Quevedo
El pasado 2 de noviembre comenzó una importante reunión de capitalistas, entre representantes de China, América Latina y el Caribe. Celebrada anualmente en China y países de LAC de forma rotatoria, la Cumbre Empresarial China-LAC ha llevado a cabo con éxito 15 sesiones en ciudades chinas como Chongqing, Hangzhou y Chengdu, así como en Chile, Colombia, Perú y México, entre otros países[1].
Aunque este cónclave se celebra desde el año 2007, los intereses en juego actuales son muy distintos a los del comienzo, ya que la inversión china en América Latina y el Caribe es mucho mayor que cuando comenzaron estos primeros encuentros.
Además, hoy existe un cambio sustancial en las relaciones comerciales de China con América Latina. El gigante asiático no solo exporta capitales y mercancías hacia Latinoamérica, sino que desde hace unos años es acreedor de varios países de la región, como Brasil, Uruguay y Argentina.
Este proceso de endeudamiento forma del avance del imperialismo chino, en el marco de su lucha por conquistar mercados. Junto con la exportación de capitales -principalmente de carácter financiero- esta gran potencia está construyendo una red de dominio económico en la mayoría de los países del Tercer Mundo.
En total, desde el año 2000, China ha invertido un total de 172.000 millones en América Latina, según el cálculo del Monitor OFDI de China en Latinoamérica, la otra gran referencia en esta cuestión. No es extraño así, que el creciente peso de China en las economías de Latinoamérica, que puede significar una extensión de su influencia política[2].
Esta influencia se acrecienta en la medida que se profundiza la crisis de su gran competidor, el imperialismo yanqui, que está gastando energías en dos frentes de combate, la guerra de Ucrania y la invasión sionista a Gaza. Estos conflictos significan una sangría multimillonaria para Estados Unidos.
La injerencia del capital imperialista chino en América Latina no significa un progreso para el continente, como lo pintan desde el progresismo. Sus líderes dicen, que, de esta manera, se alcanzaría un “equilibrio entre las potencias”, que beneficia al conjunto. ¡Mentira, porque el imperialismo chino es tan salvaje y depredador como sus competidores occidentales!
De la misma forma que en la política nacional nunca los trabajadores debemos optar por el "mal menor", en el plano de las relaciones internacionales, no es correcto elegir a una potencia imperialista en detrimento de otras. Cualquier forma de opresión foránea es perjudicial para los trabajadores y los pueblos que la sufren, por lo tanto, debemos luchar por emanciparnos de todos.
Las luchas que se avecinan, contra cualquiera de los dos candidatos que resulte ganador de las elecciones presidenciales, serán contra sus planes de ajuste. Estos responden a las indicaciones que, tanto a Massa como a Milei, les imponen desde las casas matrices de los grandes monopolios imperialistas y el FMI.
Por esa razón, la izquierda, que tiene que jugarse a liderar estos combates decisivos, deberá agitar permanente y sistemáticamente la necesidad de acabar con la dependencia, de manera de conquistar la Segunda y Definitiva Independencia Nacional, que vendrá de la mano de un gobierno obrero, socialista y revolucionario.
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