Por Damián Quevedo
La segunda vuelta
de las elecciones ecuatorianas frenó las aspiraciones del ex presidente Rafael
Correa, en cuanto a su posibilidad de volver al centro del escenario político y
escapar de las causas por corrupción. El correismo, la versión ecuatoriana del Socialismo
del Siglo XXI venezolano, del kirchnerismo argentino y el resto del
populismo latinoamericano.
Con el 93% de las mesas escrutadas, el binomio de Noboa y Verónica Abad se coronó vencedor de esta segunda vuelta con el 52,2% de los votos, dejando atrás a la fórmula de González y el ex aspirante a la presidente Andrés Arauz, que acumularon un 47,8%. Con el triunfo de Noboa, un empresario que se define a sí mismo como un “socialdemócrata”, concluye el camino de unas elecciones atípicas a raíz de la “muerte cruzada” que aplicó el presidente saliente Guillermo Lasso, una medida constitucional nunca antes vista en el Ecuador. La contienda será recordada entre los ecuatorianos como la más violenta de su historia, en la que los candidatos no se sacaron el chaleco antibalas, en especial tras el traumático asesinato del aspirante presidencial Fernando Villavicencio días antes de la primera vuelta[1].
El auge y ocaso
del partido “Revolución Ciudadana” fue el mismo que el de sus pares populistas del
Caribe y el Cono Sur. Creció durante el ciclo de expansión capitalista previo
al crack del 2008, debido al aumento de los precios internacionales de los
commodities, empujados por la gran demanda del capitalismo chino.
El freno de este
ciclo y la profundización de la crisis capitalista, sacaron a la luz los
límites evidentes de estos modelos y mostraron la verdadera cara del populismo,
que no es otra cosa que una versión maquillada del capitalismo en tiempos de
abundancia. Algunas políticas asistencialistas, no solo no cambiaron la
relación entre explotadores y explotados, sino que profundizaron la explotación
y la opresión obrera que subyace de esta.
La caída de los
gobiernos “nacionales y populares” es, además de un cambio de signo político en
las semicolonias de este lado del mundo, un síntoma de la profunda crisis del
régimen político democrático burgués. Esta realidad se expresa en la ruptura del
bipartidismo y la aparición de candidatos que no son identificados como
políticos profesionales, como algo por fuera de las instituciones, aunque en realidad
no lo sea.
Este proceso es
producto de la crisis económica y del agotamiento de la institucionalidad “democrática”,
que construyó la burguesía para ejercer su dominio en este último período. Aunque
los nuevos políticos aparezcan como una opción, no existen condiciones
materiales para que resuelvan nada, con lo cual es inevitable que las masas
luego de hacer una breve experiencia con estos, salgan a demostrar su rechazo a
las actuales condiciones de vida de forma más abierta.
Este proceso también se vive en Argentina, que afrontará las elecciones presidenciales el próximo fin de semana, con la perspectiva de una contundente derrota del peronismo, (incluido el kirchnerismo) en medio de escándalos por corrupción y luego de un pésimo resultado en las elecciones primarias. La situación de Argentina tiene una particularidad, porque, si bien la base de la crisis política es la misma, la pérdida del mercado chino para la soja, la recesión mundial y el proceso inflacionario que se desbocó, hace que la fragilidad institucional resulte aún más profunda.
Marx y Engels
decían que el motor de la historia es la lucha de clase, que es velada unas veces, y otras, franca y abierta, es
una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo
el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes[2].
Aunque esta lucha todavía no resulte clara, no deja de ser profunda.
En Argentina los
trabajadores vienen protagonizando una rebelión solapada, que, a pesar de ser
poco visible, propinó dos derrotas contundentes a la clase dominante. La
primera, con la caída de las cuarentenas y la imposibilidad, por parte de la
burguesía, de implementar el pase sanitario. La rebelión de la clase obrera
contra los encierros, comenzó desde los primeros días de los confinamientos y
fue, gradualmente echando abajo todas las restricciones que pergeñó la
burguesía para desmovilizar a los y las de abajo.
La segunda fase
de esta rebelión tuvo como canal a las elecciones primarias, y se expresó, de
forma distorsionada, a través del voto a Milei, el ausentismo y el voto a la
izquierda o en blanco. La apatía
electoral, esa tendencia que se había manifestado en prácticamente todas las
elecciones provinciales que anticiparon estas PASO, se replicó ahora a nivel
nacional: sólo votó el 69% del electorado, lo que representa un aumento
histórico del ausentismo en primarias presidenciales. Fue la participación
electoral más baja en una elección presidencial desde que se instauraron las
PASO, en 2011. El ausentismo se ubicó apenas 1,2 puntos porcentuales por encima
de las últimas primarias legislativas, cuando todavía había restricciones por
el COVID-19[3].
Es muy probable que esta tendencia se profundice y el partido de Milei gane. Sin embargo, este fenómeno, como señalamos en otras notas, no implica un apoyo del movimiento de masas a sus propuestas reaccionarias, sino un rechazo a quienes han venido gobernado el país en estos últimos años. La izquierda, que puede hacer una buena elección, debe pensar más que en los votos, en lo que vendrá después, de manera de prepararse para estar a la vanguardia en la próxima rebelión.
[1]
https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/elecciones-en-ecuador-el-outsider-daniel-noboa-le-gano-a-la-correista-luisa-gonzalez-y-sera-el-nid15102023/
[2]
https://www.google.com/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=&cad=rja&uact=8&ved=2ahUKEwiL3NbmifuBAxWbpZUCHf4EA-kQFnoECDYQAQ&url=https%3A%2F%2Fwww.marxists.org%2Fespanol%2Fm-e%2F1840s%2F48-manif.htm&usg=AOvVaw1yTOK33EUVDeNUsINz45AU&opi=89978449
[3] https://www.infobae.com/politica/2023/08/13/paso-2023-voto-el-687-del-electorado-la-participacion-mas-baja-en-una-primaria-presidencial/

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