Juan Giglio
El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de la
ONU -organismo creado luego de la segunda guerra, para sostener el dominio del imperialismo
yanqui- aprobó la división de Palestina en dos estados. De esa manera, le
entregó el 56% de su territorio al sionismo, que, desde años atrás, venía
realizando una verdadera guerra de exterminio para desalojar a los verdaderos
dueños de las tierras, los palestinos.
La burguesía judía, organizada detrás de la ideología sionista, pretendía
construir un estado propio para desarrollarse como una nueva potencia
económica, financiera y militar. El imperialismo inglés, que había permitido la
invasión de Palestina por parte de las bandas fascistas judías -Stern, Hagana y
otras- no estaba de acuerdo con este objetivo, razón por la cual lo boicoteó.
Sin embargo, los grandes ganadores de la segunda guerra, los yanquis, decidieron,
junto con la burocracia soviética, darle paso a las ambiciones sionistas. La
intención era más que clara, querían contar con un estado aliado en una de las
regiones más convulsionadas del planeta, para taponar los procesos
revolucionarios del pueblo árabe.
El movimiento sionista impulsó la colonización de Palestina
y la necesidad del Estado judío, amparándose en la declaración emitida en 1917
por una de las figuras de la diplomacia inglesa, Lord Balfour, que prometió la
creación de un “hogar nacional para los judíos en Palestina”. Para eso,
el dirigente sionista Ben Gurion reclamó en 1942 la totalidad del territorio.
En diciembre de 1947 los palestinos constituían la amplia mayoría de la población,
ya que apenas una tercera parte correspondía a colonos judíos. Del total de la
tierra cultivada, la mayor parte pertenecía a la población nativa y sólo un
5,8% estaba en manos de los sionistas. La mayoría de los judíos se habían
asentado en las ciudades, y existían muy pocas colonias judías en el
campo.
A pesar de esto, la ONU les entregó más de la mitad del territorio palestino
para la constitución de su nuevo Estado, sin tener en cuenta los intereses de
la población local. Los sionistas utilizaron esa fatídica resolución para
apropiarse, apenas un año después, del 80% del territorio mediante una política
de “limpieza étnica”, que impuso la expulsión de más de 800.000 palestinos.
El 14 de mayo de 1948, Ben Gurion declaró la independencia del Estado de
Israel, lo que para el pueblo palestino representó el inicio de la Nakba
(catástrofe). A partir del 15 de ese mes comenzó el éxodo masivo debido a las
persecuciones, asesinatos, torturas y destrucción de cientos de aldeas y
ciudades propias. ¡Los palestinos y las palestinas se convirtieron en
refugiados y refugiadas en su propia tierra!
Desde ese momento hasta la actualidad, el estado fascista de Israel no ha hecho
más que avanzar sobre las tierras palestinas. El ejército israelí transformó lo
poco que le queda a este pueblo -Franja de Gaza y Cisjordania- en dos
gigantescas cárceles. Sin embargo los palestinos, que han resistido
heroicamente, organizaron varias insurrecciones “intifadas”, que pusieron a sus
reclamos en la agenda de los pueblos de todo el mundo.
El Estado de Israel no es un conjunto de instituciones temporalmente dirigidas
por una conducción política fascista, como sucedió en Alemania o Italia, sino
una construcción artificial de carácter contrarrevolucionario, que fue impuesta
luego de la expulsión de cientos de miles de personas de su propia patria, como
en Malvinas y otros enclaves imperialistas.
Desde Convergencia Socialista apoyamos el derecho a la autodeterminación de
quienes fueron obligados a abandonar sus tierras, pero nunca de sus usurpadores
sionistas. La única forma de garantizar este derecho será mediante la
construcción de un Estado Palestino, de carácter laico, democrático y no
racista. Para que eso suceda habrá que destruir primero al Estado colonialista
de Israel.

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