viernes, 7 de julio de 2023

Votar a Massa, o a Grabois, para frenar a la "derecha",,, o el callejón sin salida del progresismo


Por Damián Quevedo

La candidatura de Sergio Massa fue un duro revés para muchos votantes y activistas de base del kirchnerismo y las diferentes colectoras progresistas. Es que muchos se habían entusiasmado frente a la posibilidad de que la lista encabezada por Wado de Pedro significara un giro a la izquierda del espacio liderado por Cristina Fernández. 

La realidad, que es la única verdad -como sostenía el general Juan Domingo Perón- demostró que no existe ningún margen para volver al populismo, ya que la crisis y la ausencia de un “viento de cola” económico, impone una agenda plagada de ajustes y ataques a los derechos obreros. Los peronistas no escapan a esta lógica, porque son, en definitiva, tan agentes del capitalismo como Larreta, Bullrich, Milei o Schiaretti. 

Las ilusiones sobre una vuelta a los años "dorados" del kirchnerismo, en los que coqueteaba con Hugo Chávez y Pepe Mujica, no contemplan que fueron las condiciones económicas y políticas las que empujaron al gobierno de entonces a vociferar consignas progresistas y entregar ciertas concesiones al movimiento de masas. Sin embargo, aún en ese marco, el kirchnerismo llevó adelante el proceso de precarización laboral más profundo de la historia de este país. 

Este ataque en regla a los derechos obreros no fue algo novedozo para Néstor y Cristina, ya que ambos fueron férreos defensores de las privatizaciones y todos los ataques a los convenios laborales y conquistas obreras, que llevó a cabo Carlos Saúl Menem durante la década del 90. 

Esto pone en evidencia la equivocación de quienes están esperando un nuevo vuelco a la izquierda por parte del peronismo. No son los dirigentes ni las fracciones internas las que pueden producir esas tendencias, sino las relaciones de fuerza entre las clases las que obligan a personajes que comulgan ideológicamente con el capitalismo, como Cristina, a disfrazarse con ropajes de "izquierda". 

Existe otra premisa equivocada de la que parten muchos activistas honestos que sostienen al peronismo, creyendo que si vuelven los macristas la situación cambiará de manera cualitativa en contra de los intereses populares. Es la idea de que bajo gobiernos que agitan un discurso progresista, las condiciones para luchar y construir una opción política revolucionaria, pueden ser mucho más propicias. 

Antes de desarrollar esta cuestión, queremos aclarar, que para los revolucionarios, es mucho mejor actuar dentro de un régimen “democrático” burgués que en el marco de una dictadura militar. Por eso, nunca dudamos en defender las libertades, por más mínimas que estas sean, cuando son amenazadas por los milicos o los fascistas.

Ahora, dentro de un régimen "democrático" como el actual, que es la forma institucional más utilizada por los capitalistas para mantener su dominio, no hacemos distingos entre populistas, liberales o centristas, los tratamos a todos por igual. Hacemos esto, porque a la hora de imponer planes de ajuste, saqueo y represión no hay prácticamente diferencias entre todas estas variantes burguesas. 

Ejemplos de estos abundan a lo largo de la historia. Fue un gobierno socialdemócrata el que fusiló a Rosa Luxemburgo y otro, que se denominaba “socialista”, el de Felipe González, el que organizó a las bandas fascistas para masacrar nacionalistas vascos. Fueron los radicales, con Hipólito Yrigoyen a la cabeza, los que perpetraron dos de las masacres obreras más sangrientas de la historia Argentina, contra los obreros de los talleres Vasena, en la “Semana Trágica” y contra los peones rurales de la "Patagonia Rebelde".

El gobierno de Juan Domingo Perón, que masacró cientos de aborígenes en la masacre de Rincón Bomba, luego armó a la Triple A. Néstro y Cristina, después de reprimir a los petroleros de Las Heras que se rebelaron contra el impuesto a las ganancias, condenó -a través de la justicia santacruceña- a tres de estos trabajadores a cadena perpetua. Berni, que estuvo en todos los gobiernos K, nada tiene que envidiarle a Patricia Bullrich, que no por casualidad lo reivindicó varias veces. 

La idea de que, bajo un gobierno con ideología progresista, existirían mejores condiciones para organizar las luchas obreras y populares, surge de analizar sólo el discurso, sin poner sobre la balanza y en el lugar que corresponde, a la realidad objetiva, que se expresa mediante los hechos y políticas de los diferentes gobiernos. En ese sentido, no han sido los presidentes “neoliberales” quienes más pudieron profundizar los planes de entrega de los recursos, sino los peronistas, en cuyos mandatos creció como nunca la industria extractivista. 

Hay también otro aspecto de esta táctica -la de aceptar el "mal menor"- que parte de un grave error, que es el de sostener que la relación de fuerzas se puede definir desde la superestructura y con la batalla de ideas. La relación de fuerzas se determina por el nivel de lucha y el grado de consciencia de los trabajadores y el pueblo. Por eso, solo cuando la clase trabajadora -arrastrando a otros sectores oprimidos, se encuentra a la ofensiva, su relación con las clases dominantes, se puede reflejar o expresar en la superestructura política.

Debido al odio cada vez más grande de los y las de abajo, que no se bancan seguir sufriendo la caída del poder adquisitivo, la falta de trabajo y vivienda, el deterioro de los servicios públicos y cientos de calamidades provocadas por el ajuste, comenzó a cambiar la relación de fuerzas. Así lo demuestra la rebelión jujeña que le torció el brazo a la intención de Morales, en acuerdo con el PJ, de prohibir los piquetes y las luchas. Allí, más allá de la letra de la Constitución, quedó claro que nadie va a prohibirle al pueblo que se exprese. 

Esta lucha, sumada a la que están dando los y las docentes, que vienen de autoconvocarse y ganar en decenas de provincias, como San Juan, Córdoba, Salta, Jujuy y otras, muestra el futuro de la lucha de clases de la Argentina. Una perspectiva muy mala para la burguesía, porque gane quien gane, tendrá que enfrentarse a un gran ascenso obrero y popular, que en la medida en que se profundice, tendrá características revolucionarias. 

Los compañeros y compañeras, que honestamente creen que la tarea central pasa por “frenar a la derecha” apoyando críticamente al gobierno, deben romper con esa lógica, que los paraliza y fortalece a la burguesía. Tienen que abandonar el peronismo y todas sus variantes, para comenzar a actuar en unidad de acción con la izquierda clasista, y, en ese marco, canalizar sus esfuerzos en la tarea más creativa y progresita de todas, la construcción de una alternativa alternativa revolucionaria.

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