Por Damián Quevedo y Juan Giglio
La fragilidad económica, que era importante antes de la llegada de Massa al ministerio, se profundizó luego de que el tigrense se calzara el traje de candidato presidencial. Esta dualidad es problemática, ya que es difícil combinar un discurso que tranquilice al FMI y, al mismo tiempo, seduzca a los votantes del kirchnerismo, acostumbrados al relato populista.
Esta realidad pudo haber sido la gota, que al desbordar el vaso, empujó la última disparada del dólar. Lo cierto es que no fueron esos factores los que empujaron esta última corrida, sino más bien la sensación de incertidumbre respecto a cómo se resolverá la coyuntura de un Banco Central sin dólares y un acuerdo con el FMI que, tras dos meses y medio de anuncios de "inminente firma", parece ingresar en un terreno en el que los términos de negociación han pasado a una dimensión desconocida[1].
Argentina depende del acuerdo con el FMI, que es el único plan de Massa y la oposición patronal, porque la burguesía necesita sus dólares para mantener el funcionamiento de la raquítica economía nacional. Es que con la peor cosecha de soja de los últimos años, el gobierno perderá una cantidad fenomenal de los verdes provenientes de las exportaciones de granos.
El informe de la Bolsa de Comercio de Rosario elaborado por Javier Treboux - Julio Calzada explica que en un año en que la sequía le costó al país cerca del 40% de su producción granaria, el impacto económico de tamaña pérdida se siente no solo en el sector productor, sino que se disemina a lo largo de toda la economía[2]. Esta situación limita la posibilidad de otorgar subsidios a otras ramas de la producción -como sucedió durante el período de bonanza sojero- y, por lo tanto, acrecienta la presión para llevar adelante un ajuste mayor.
Este es el panorama que entregará, a quien la reemplace, la administración comandada por Sergio Massa, quien acaba de ser elogiado por Cristina Fernández "por hacerse cargo en un momento difícil". Sin embargo, la vicepresidenta “olvidó” un detalle: el súper ministro dejará una moneda nacional híper devaluada y una inflación del 140% anual.
En ese contexto, Massa y Larreta, cuyos programas económicos son idénticos, han sido ungidos por el stablishment como sus candidatos preferidos. Tal es así, que los voceros del gran capital, Clarín y Nación, comenzaron a desplegar una campaña contra Milei y Bullrich, diciendo que su “dogmatismo” o extrema dureza, no les servirá a la hora de garantizar la gobernabilidad.
Los capitalistas saben que no alcanza con la represión, sino que hace falta “muñeca” para contener, desviar y confundir al movimiento de masas, que saldrá a enfrentar al ajuste y los ajustadores de turno. En ese sentido, asumen que el peronismo -Larreta es una variante más de este partido- es el “partido del orden”, porque cuenta con burócratas experimentados en la tarea de traicionar las aspiraciones de sus bases.
La izquierda debe denunciar sin piedad a todas las variantes burguesas, plantándose como la única alternativa capaz de sacar al país de la crisis, con políticas revolucionarias, como dejar de pagar la deuda, nacionalizar las empresas estratégicas y ponerlas a trabajar bajo el control directo y democrático de sus propios trabajadores.
Solo un gobierno obrero, popular y revolucionario podrá llevar adelante
un plan alternativo al servicio de la liberación nacional y social. Para que
esto suceda hay que organizar una gran rebelión, otro Argentinazo que los eche
a todos de una vez y para todos. Mientras tanto y para preparar esa
perspectiva, convocamos a votar al Frente de Izquierda, a la lista que
encabezan Bregman y del Caño, que está integrada por decenas de luchadores y
luchadoras, como nuestros compañeros de Convergencia Socialista.

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