Por Juan GiglioDespués de once años de prisión el ex jefe del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci, murió en prisión el 27 de abril de 1937 debido a una apoplejía, luego de haber sido trasladado a una clínica romana por el régimen fascista de Benito Mussolini. Antonio Gramsci, que provenía de una familia de campesinos de Cerdeña, se había unido al socialismo en los años posteriores a la guerra de 1914, cuando se trasladaba hacia Turín para continuar sus estudios, acercándose a una región en la que se concentraba buena parte del proletariado más duro de Italia.
Su gran enemigo, Mussolini, que había comenzado a militar en el socialismo, siempre se acordaba de este personaje de físico pequeño y desalineado, diciendo que el “Partido Comunista de Italia tenía como líder a un pequeño jorobado, extraordinariamente inteligente y vivaz.” Gramsci participó e intervino en el gran ascenso revolucionario de la clase obrera italiana, que en 1919 estaba en “plena efervescencia revolucionaria” en el marco del triunfo y la consolidación de la Revolución Bolchevique, razón por la cual decía que “El emblema de la hoz y el martillo cubre los muros de las ciudades y los pueblos de un lugar a otro de toda Italia".
“Los nombres de Lenin y Trotsky son aclamados como llamados al combate por millones de obreros, soldados, pequeños campesinos. El Partido Socialista, que crecía día a día, resultó ser absolutamente impotente para coordinar el movimiento de las masas, para organizar la revolución”. (Pietro Tessa, ex PCI, luego trotskista, quien escribió sobre Gramsci). Según este mismo camarada, citado por Izquierda Diario en una de las notas conmemorativas de la muerte de Gramsci: “L’Ordine Nuovo será entonces el título del semanario que él fundó en Turín y del que tomó la dirección (…) Durante dos años, en sus artículos de estilo muy personal, pero que reflejaban todo el tormento y el esfuerzo creador de la vanguardia revolucionaria del proletariado de Turín”.
“Gramsci devora los tesoros de su inteligencia, de su cultura y de su pasión revolucionaria para impulsar los Consejos de Fábrica, para demostrar su valor destructivo del orden capitalista y su carácter necesario en tanto células constitutivas del Orden Nuevo, del orden socialista y comunista”. “Los obreros avanzados de las grandes fábricas de Turín, los miembros de las “Comisiones Internas”, se agitan a su alrededor. Los burócratas sindicales lo acusan de minar la autoridad y las funciones de los sindicatos, pero él responde ganando para su punto de vista a las mayorías sindicales y transformando así a los sindicatos en un punto de apoyo para los Consejos de fábrica en lugar de ser sus adversarios”.
“La derrota sufrida por el proletariado italiano en septiembre de 1920 con el abandono de las fábricas ocupadas será el fin de este movimiento de los Consejos de fábricas, a los que Gramsci entregó lo mejor de su vida. L’Ordine Nuovo, de semanario se transformó en diario, pero será otra cosa distinta del que él había fundado”. Como revolucionarios no podemos sino recordar a quien entregó su vida por la causa de los oprimidos y explotados de Italia y todo el mundo, jugando un papel progresivo en el desarrollo de la auto determinación del proletariado italiano, provocando - por esta y otras cuestiones - contradicciones con la conducción stalinista del PCI.
Sin embargo, no acordamos con buena parte de su obra, escrita en la cárcel, que es reivindicada por un sector importante de la izquierda mundial y algunas organizaciones trotskistas, como el PTS de nuestro país. Desde nuestro punto de vista, tanto Gramsci como sus seguidores más acérrimos han dejado atrás la teoría marxista del Estado, desarrollando conceptos como “hegemonía” y “bloque hegemónico, según los cuales las clases dominantes no ejercen su dominio, esencialmente, a través de los aparatos represivos estatales, sino mediante la construcción de la "hegemonía" cultural, que se apoya en el control del sistema educativo, las instituciones religiosas y los medios de comunicación.
A través de estos las clases dominantes "educan" a los dominados para que se sometan y acepten la supremacía de los poderosos como algo natural y conveniente, inhibiendo su potencialidad revolucionaria. En nombre de la "nación" o de la "patria", las clases dominantes generan en el pueblo un sentimiento de identidad y unión sagrada con los explotadores, conformando un "bloque hegemónico" que amalgama a todas las clases sociales.
Esta situación planteó, según Gramsci, la necesidad de ubicar en el centro de la política de los revolucionarios al enfrentamiento contra esta orientación “hegemónica” de las clases dominantes, a través de la “construcción de un bloque intelectual y moral que haga políticamente posible un progreso intelectual de masa y no solo de escasos grupos intelectuales”. Para Gramsci, la consciencia de clase se alcanzaría “a través de una lucha de hegemonías políticas, de direcciones contrastantes, primero en el campo de la ética, luego de la política para llegar a una elaboración superior de la propia concepción real”. La conciencia política, o sea formar parte de una determinante fuerza hegemónica, sería “la primera fase para una ulterior y progresiva autoconciencia donde teoría y práctica finalmente se unen”.
La conclusión práctica de esta elaboración significa, para el teórico italiano, la necesidad de crear “una elite de intelectuales”, ya que para distinguirse y hacerse independientes se necesita organización, y no existiría tal sin intelectuales, “un estado de personas especializadas en la elaboración conceptual y filosófica”. La lucha principal no sería otra que la de “crear una nueva cultura” desarrollando “intelectuales orgánicos y una hegemonía alternativa dentro de la sociedad civil” mediante “la guerra de posiciones”, una táctica superior a la “guerra en movimiento” o ataque frontal que usaron los bolcheviques, que para Gramsci era una línea “vetusta”, porque solo habría servido para la sociedad rusa previa al Octubre triunfante. (Leer todo)
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