Por Juan Giglio
Lejos quedaron las expectativas de estabilidad puestas sobre
las espaldas del superministro Sergio Massa, cuando asumiera el cargo de “súper
ministro”. No mucho después de su llegada a la cartera económica, se sucedieron
corridas cambiarias, un mayor freno de la economía y, sobre todo, una escalada
inflacionaria que remite a los peores momentos del país.
Tras haber viajado varias veces a Washington y Pekín, donde
recibió préstamos para calmar las aguas, Massa cambió su postura de candidato a
la de capitán de un barco que se hunde irremediablemente. “No nos entra
un quilombo más, necesitamos orden político para que haya orden económico”. En
otras palabras: si no puede arreglar la economía, ahora es culpa de la
política. [1].
El candidato de la embajada yanqui y de Cristina, salió a exigir
que se congele la interna del peronismo, con la expectativa de lograr cierta
paz en la economía. Sin embargo, la lista de “unidad” no frenó la crisis. Esta no
tiene manera de resolverse -en favor de los capitalistas- sin un aplastamiento
brutal de la clase trabajadora, algo que el oficialismo y el resto de los
actuales candidatos a presidente no están en condiciones de lograr.
La situación es gravísima, no solo por los números altísimos
de inflación -similares a los del 2002 luego del derrumbe de la convertibilidad-
sino porque el intento de imponer condiciones contrarrevolucionarias
ejemplificadoras, llevado adelante en Jujuy de la mano de Morales y el PJ,
fracasó rotundamente, debido a la rebelión obrera y popular que tiene lugar en
la provincia norteña.
Esta realidad ha sido tomada en cuenta por el FMI, que
decidió mantener su política de “no apretar demasiado” para que el régimen garantice
el cambio de gobierno en las próximas elecciones. La debilidad de Massa -y la
de cualquier gobierno que lo suceda- es también reflejo de la debilidad yanqui
y del dólar, cuyo valor, a pesar de las subas de la FED (banco central de
EE.UU.) sigue cayendo en el mundo.
Lo sucedido en San Luis, San Juan y Chaco es un duro golpe
para el oficialismo, que puede perder su bastión más precioso, la gobernación
de Buenos Aires. Las Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias, en este clima
político y económico, podrían causar el efecto de una bomba atómica sobre la
desvencijada estructura del peronismo y sobre el resto de los partidos
patronales, que no están mejor que el oficialismo.
Aunque los trabajadores no estén pensando en candidaturas o
internas, echarán mano a las elecciones para castigar al gobierno y al régimen,
situación que se comienza a advertir a través de la marcada ausencia a votar y
del aumento de los votos en blanco. La clase obrera percibe que ninguna de las
opciones tradicionales la sacará de la crisis, una realidad que la izquierda
debe aprovechar para posicionarse como herramienta de castigo.

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