Damián Quevedo
La inauguración del gasoducto Néstor Kirchner es otra muestra más de cómo vende humo el kirchnerismo, pero del cinismo y la hipocresía que caracteriza a estos representantes “progresitas” del capitalismo, cuya relación con YPF y la extracción de hidrocarburos nada tiene que ver con la defensa de los intereses nacionales.
Esta relación comenzó con la privatización menemista de la empresa en 1992, en la cual la familia Kirchner jugó un rol importante, especialmente Cristina Fernández. En ese momento, la entonces diputada por la provincia de Santa Cruz, había presentado un proyecto de ley para privatizar YPF, que finalmente se concretó.
La vicepresidente argentina, Cristina Fernández, y su marido y ex presidente, Néstor Kirchner, habían apoyado en 1993 la privatización parcial de YPF. Seis años más tarde vendieron a Repsol el 5% de la petrolera en manos de la provincia patagónica de Santa Cruz, entonces gobernada por el ex presidente. Con las acciones de Santa Cruz, las de las otras provincias petroleras, las del Estado argentino y las que cotizaban en Bolsa, Repsol se quedó en 1999 con 99% de YPF[1].
Años después, siendo presidente, Néstor
negoció con la multinacional española Repsol, que poseía el 97% de las acciones
de YPF, sobre la conveniencia de invertir capital local en la petrolera. Para
eso, Kirchner impulsó la entrada del Grupo Petersen, de la familia Esquenazi.
La familia, originaria de Santa Cruz, había financiado la campaña electoral que
lo llevó a la Casa Rosada.
Entre 2008 y 2011, Repsol y los Eskenazi se
repartieron $24.193 millones (unos US$6000 millones) en dividendos, cuando las
ganancias de la compañía fueron de $16.676 millones (US$4000 millones). Sin
fondos para reinvertir y sobre endeudada, la producción de gas y petróleo de
YPF colapsó, al tiempo que la Argentina perdió el estratégico
autoabastecimiento. Entre 2010 y 2017, el país tuvo que importar la descomunal
cifra de US$50.000 millones en energía, lo cual desequilibró las finanzas
públicas y generó una crisis que aún persiste[2].
Ahora, el peronismo, como en toda su
historia, vuelve a vender humo, con la inauguración del gasoducto al que
cínicamente nombraron Néstor Kirchner. Es que el ex presidente, aún después de
muerto, sigue facilitando negocios con el Estado para con los capitalistas
amigos, en este caso de los Rocca. El
ducto de 573 km se dividió en 4 tramos. Las empresas Grupo Techint y Sacde, de
Marcelo Mindlin, formaron una unión transitoria de empresas (UTE) y ganaron el
primero, segundo y cuarto tramo. El tercer tramo quedó en manos de BTU[3].
El grupo Techint, de Paolo Rocca, ya había sido beneficiado por Néstor Kirchner en otra “patriada populista”, cuando Hugo Chávez expropió la empresa Sidor de los Rocca. Gracias a la intermediación del santacruceño, el gobierno venezolano pagó en el 2008 por Sidor un precio mucho mayor al valor real de la empresa en el mercado, a pesar de las protestas formales, Rocca hizo un jugoso negocio con el chavismo.
El otro gran ganador de la política energética kirchnerista es Pampa energía, del grupo de Marcelo Mindlin, que se encargará de transportar el 44% del fluido del gasoducto. Mindlin, un socio de la familia Kirchner desde 2005, cuando consiguió una importante reducción de la deuda que Edenor tenía con la empresa francesa de energía.
Mindlin continuó siendo uno de los empresarios ligados al gobierno nacional, más allá de quién ocupara el sillón de Rivadavia. En ese sentido, fue uno de los favoritos de Macri y ahora es de los más beneficiados por Massa y Cristina Fernández, que critica a los empresarios ante los micrófonos, pero puertas adentro los beneficia con enormes negocios, que pagaremos los trabajadores con nuestro esfuerzo cotidiano.
Desde Convergencia Socialista estamos en contra de seguir alimentando a estos parásitos, cuyos negocios, que encarecen los servicios, no están diseñados en función del bienestar de las mayorías, sino de unos pocos privilegiados que se la llevan en pala y afuera del país. Por eso, luchamos por la estatización bajo control obrero de todas las estratégicas, para ponerlas a funcionar en el marco de un gran plan de obras, al servicio de la industrialización del país, única manera de crear trabajo, aumentar salarios y garantizar un aumento real del nivel de vida de los trabajadores y el pueblo.

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