Por Damián Quevedo y Juan Giglio
A diez días de su último viaje a Washington, el ministro de economía volverá a renegociar y pedir nuevos préstamos. Frente a la disparada del dólar y la inflación, el gobierno, absolutamente desconcertado e inoperante, pretende que el Fondo Monetario Internacional lo salve de una catástrofe fenomenal.
Luego de que Biden usara la lapicera, firmando el “decreto” imperial que sacó de circulación al presidente Fernández y a su jefe de asesores, Aracre, por coquetear con China, Sergio Massa, el candidato de Cristina y los yanquis, sigue recibiendo una paliza tras otra.
A pesar de los anuncios sobre nuevos préstamos y extensión de los plazos por parte del FMI, el dólar informal volvió a dispararse, alcanzando casi los 500 pesos. Esta vez no hubo rumores sobre renuncias, ya no hacen falta para que la inflación se dispare y el gobierno tambalee.
Queda claro que no existe ningún plan gubernamental ni, mucho menos, otro alternativo, por más que Cristina, en su “clase magistral”, haya anunciado la necesidad de construirlo. El ciclo que da vida al capitalismo local está irremediablemente frenado, ya que no ingresan los dólares suficientes para ponerlo en marcha y, por esa misma razón, no se pueden importar insumos para la industria. Eso significa que estamos en medio de un proceso recesivo, que, mezclado con la inflación, es una verdadera bomba de tiempo.
El aumento del dólar, aunque lo hayan parado por unos días, conlleva a que los precios de todo lo que se consume aumenten al mismo ritmo, o incluso mucho más, ya que los empresarios tratan de cubrirse, por las dudas. Esto implica que muchas empresas ya están usando el sistema de “precios abiertos”, es decir, renegociables en cualquier momento.
La modalidad comercial que se ha impuesto entre las pymes y sus proveedores es la denominada como “precio abierto”, es decir, un ajuste de valor al momento de pagar una factura si es que hubo cambios de precios[1]. Este proceso, en el que el pánico y la especulación juegan como potencias económicas, puede llevar a la falta de productos de todo tipo, incluso alimentos, agudizando la crisis social.
Este es solo un episodio de un drama
mucho más grande, ya que aún falta que se diriman las candidaturas de los
principales partidos capitalistas, que están metidos en una lucha sin cuartel
entre diferentes opciones. En ese marco, si el gobierno consiguiera llegar a
las elecciones y, luego de estas, entregar el bastón presidencial, asumirá otro
gobierno, del signo que fuere, totalmente condicionado y muchísimo más débil
que el actual.
Está a la vista que quienes gobiernan y quienes se proponen suplantarlos no tienen ningún plan concreto para salir de la crisis, salvo tratar de lograr lo de siempre: que los platos rotos de la misma los paguen los trabajadores y el pueblo, que poca gana tienen de hacerlo. Entonces, por más que la burguesía pretenda ajustar a fondo, como reclaman sus líderes, no tendrá condiciones para lograrlo, porque se enfrentará a una clase obrera impaciente y con ansias de recuperar lo que ha perdido durante estos últimos años.
Frente a ese panorama, la izquierda revolucionaria tiene que aparecer como una opción, para lo cual debe romper su actual estado de quietud y conservadurismo. Debe patear el tablero, agitando con audacia la necesidad de poner en marcha la rebelión obrera y popular que reclaman las actuales circunstancias. Otro Argentinazo que sirva para echarlos a todos, en serio, e imponga el gobierno de la clase trabajadora, que rompa las cadenas de la dependencia con las grandes potencias.
Un gobierno que se decida a expropiar a los monopolios nacionales y extranjeros y los ponga a funcionar bajo control de sus laburantes, en el marco de un Plan Nacional de Reactivación Productiva, financiado con los fondos provenientes del desconocimiento de los pagos de la deuda “estafa” y la nacionalización del sistema bancario. Desde Convergencia Socialista impulsamos la unidad de los revolucionarios dispuestos a luchar por esta perspectiva.

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