Por Damián Quevedo y Juan Giglio
Las altas
temperaturas, los cortes y la baja tensión del suministro eléctrico, la provisión
defectuosa o inexistente de agua corriente y la pésima infraestructura de la
mayoría de los hogares, escuelas, hospitales y lugares de trabajo,
profundizaron los sufrimientos de millones, especialmente los sectores más
humildes.
Según el
último relevamiento realizado por el INTA, al 20 de febrero se habían quemado
100.566 hectáreas (1,13%) de la cobertura provincial. El 91% de la superficie
identificada corresponde a esteros, bañados y malezales, con 90.161 hectáreas.
En tanto, 958 hectáreas son de bosques cultivados y 1961 de bosques nativos[1].
Esta
situación está íntimamente relacionada con la destrucción del medio ambiente por
parte del capitalismo, que lo contamina con gases tóxicos y lo destruye
incendiando bosques y selvas o, dinamitando montañas. ¡El capital depreda para
producir y vender más mercancías, buscando el beneficio inmediato sin
contemplar los resultados de esa carrera por el lucro!
De esa
manera, para extender los cultivos de la soja transgénica, la burguesía, de la
mano de Bolsonaro y Lula, destruye del Amazonas, cambiando de manera brutal el
ecosistema de todo el continente, ya que están acabando con el pulmón verde que
regula lluvias, inundaciones, migraciones de aves y la vida de millones de
habitantes.
En sus
inicios, el capitalismo expropió a los campesinos europeos y a los pueblos
originarios en África y América, empujándolos a vivir en las ciudades, donde
fueron amontonados para ser súper explotados en sus fábricas. Hoy, los grandes
negocios inmobiliarios reproducen ese mismo modelo de hacinamiento, sin ningún
tipo de planificación, que convierte a las ciudades en grandes moles de cemento
que provocan una baja constante de la calidad de vida de millones.
Al igual
que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la
fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa
de devastar y agotar la fuerza de trabajo del obrero. Además, todo progreso,
realizado en la agricultura capitalista, no es solamente un progreso en el arte
de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra, y cada
paso que se da en la intensificación de su fertilidad dentro de un período de
tiempo determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes
perennes que alimentan dicha fertilidad.
Este
proceso de aniquilación es tanto más rápido cuanto más se apoya un país, como
ocurre por ejemplo con los Estados Unidos de América, sobre la gran industria,
como base de su desarrollo. Por tanto, la producción capitalista sólo sabe
desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción
socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra
y el hombre[2].
Este modo
de producción destructivo y anárquico está en una fase de agonía, generando
cada vez más crisis, súper explotación, enfermedades, hambre y una constante y sistemática depredación
ambiental. En ese marco, una de las consecuencias inevitables es la escasez y
contaminación del recurso natural más importante de todos, el agua.
La lucha
contra el capitalismo es un fenomenal combate por los derechos humanos más, como
el acceso a este recurso y al resto de los alimentos, por lo tanto una lucha por
la supervivencia. ¡El capitalismo pasó de haber jugado un papel progresivo,
creando la moderna sociedad, a sumergir a esta misma civilización en la peor
barbarie!
No se puede
reformar este sistema, a pesar de las proclamas y medidas de los gobiernos, que
empeoran las condiciones en las que vive la mayoría de la humanidad, siendo el
aumento de las temperaturas, la contaminación, las inundaciones y otras
catástrofes, algunas de estas consecuencias. ¡Para defender al agua, la tierra
y a toda la naturaleza, que está en peligro de muerte, es necesario liquidar al
capitalismo y construir una sociedad más justa, democrática y sustentable, con
un gobierno obrero y socialista!

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