Por Musa Ardem
Las empresas tecnológicas del mítico Silicon Valley tuvieron un crecimiento exponencial a partir del 2020, gracias a la política de encierro impuesta por la OMS y los gobiernos al servicio de magnates del sector como Bill Gates. Este, no casualmente es uno de los líderes mundiales de la industria de la “virtualidad” y, al mismo tiempo, del comercio de vacunas.
La burguesía también intentó, mediante la desmovilización provocada con las cuarentenas, imponer un cambio sustancial en las relaciones de fuerza entre las clases y las formas de explotación, con la virtualidad y el trabajo desde los hogares. Sin embargo, este auge se frenó en 2022, por el doble efecto causado entre la recesión y la ruptura -por parte de las masas- del encierro, especialmente en China, donde toda la política “Anti Covid” se desmoronó como un castillo de naipes.
La nueva realidad, “post-pandemia”, le puso un freno importante a los negocios de este rubro, cuyas patronales comenzaron a despedir a una parte de su personal: Es así como Meta despidió a 11 mil de sus trabajadores, Amazon a 10 mil, Twitter a más de 4 mil, Stripe a más de mil y la lista puede seguir porque se dio una sobre contratación, pensando en que el crecimiento después de la pandemia iba a seguir igual[1].
En toda crisis existen ramas de la producción que no se ven afectadas durante algún tiempo, pero, tarde o temprano, si la debacle persiste termina por abarcar a todos los sectores productivos. Eso es lo que está sucediendo con las empresas tecnológicas, que, después de haber atravesado un súper ciclo de expansión, ahora están cayendo por la misma pendiente en que se hunden las demás empresas capitalistas.
El 2023 ya suma una cifra récord en cuanto a despidos. Durante los primeros 15 días del año ya había 22 compañías líderes del sector que sumaban despidos por 37.526 empleados, esto representa 2.000 despidos diarios a nivel mundial, según recoge el agregador web Layoffs.fyi. En total, el sector ya suma 200.000 desempleados en menos de un año[2].
Estos despidos no son propios de un ciclo de expansión, como sucede cuando se transforma la composición orgánica del capital y este pega un salto hacia adelante, incorporando nuevas tecnologías y reduciendo mano de obra. Las cesantías de miles son, en definitiva, una consecuencia directa de una brusca contracción en el crecimiento de estas empresas, que es más veloz que la capacidad del mercado para absorber sus productos.
El mercado se amplía con más lentitud que la
producción; o sea, que en el ciclo por el cual pasa el capital durante su
reproducción llega un momento en que el mercado aparece como demasiado estrecho
para la producción. Esto ocurre al final del ciclo. Pero solo significa: el
mercado está abarrotado. La superproducción se manifiesta[3].
Al igual que en la explosión de la burbuja inmobiliaria en el 2008, la base de la crisis de estos bancos yanquis, a la que se le sumó el importantísimo Credit Suisse europeo, no es la "avaricia" o la “imprudencia” de ciertos especuladores, ni la falta de mecanismos eficientes de regulación del sistema bancario. Es el resultado natural de la crisis económica capitalista, en el fondo parte de una crisis de sobreproducción en una rama que crece con mayor velocidad que el resto.
Ante esta situación es casi inevitable el colapso de los bancos que atesoran parte de las ganancias de estas empresas. Por eso no se puede explicar y mucho menos resolver el problema, analizándolo como un fenómeno inherente al sistema financiero, sino como la expresión actual de la crisis capitalista. En este contexto, como nunca, está planteada la necesidad de acabar con este sistema injusto, mediante la movilización revolucionaria de la clase trabajadora.
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