Por Juan Carlos Beica
La vida del militante revolucionario está llena de discusiones con otros compañeros y compañeras, de la misma organización y de otras, ya que la precisión o el ajuste de la “línea” fue y es una cuestión fundamental para quienes pretendemos cambiar al mundo de bases. Por eso, muchas veces nos hemos peleado entre camaradas, que a pesar de compartir una visión estratégica en común, la perspectiva socialista, defendemos diferentes tácticas y consignas. Esto sucedió todas las veces que me crucé con el Turco Sobrado, en alguna marcha o conflicto obrero.
Sin embargo, más allá de los debates, siempre nos tratamos con un cariño especial, ese que parte de quienes se reconocen luchadores de la clase que está llamada por la historia a cambiar los destinos de las mayorías que hoy sufren las calamidades del capitalismo. Nos reconocimos siempre de esa manera, porque, además, ambos sabemos, o sabíamos, que no es lo mismo gritar fuerte en nombre de la revolución que seguir haciéndolo luego de haber sufrido el secuestro, la cárcel y las torturas por parte de los agentes armados de la burguesía. ¡Eso que entre nosotros denominamos “haber pasado ciertas pruebas” en la lucha de clases!
Al turco lo respeté siempre, porque, más allá de las diferencias circunstanciales, era, es en realidad, un militante obrero probado en circunstancias difíciles, aquellas que te fortalecen como tal o te quiebran, y él, lejos de quebrarse, siguió peleando por su clase, por la revolución obrera y socialista, por la construcción del partido nacional e internacional que pretende conducirla. Con el Turco se fue uno de esos camaradas que debemos recordar siempre, mostrándolo como un ejemplo para las nuevas generaciones de luchadores y luchadoras que toman en sus manos la bandera de la revolución. ¡Yo lo voy a recordar y trataré de que mis compañeros y compañeras hagan lo mismo, con cariño y la pasión que él le puso a su lucha contra este sistema!

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