70 años atrás fallecía Stalin, enterrador de la revolución bolchevique y asesino de León Trotsky
Por Musa Ardem
El 5 de marzo de 1953 falleció Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, más conocido como Iósif Stalin, el enterrador de la Revolución
Rusa, quien junto a la banda que con la que se encaramó en el poder, asesinó a Trotsky y la mayoría de la conducción bolchevique, aplastando la herramienta más
importante de la clase trabajadora para pelear por su liberación -la democracia
directa- que nació con las asambleas de fábrica y, después de la experiencia
heroica de la Comuna de París de 1871, se materializó en los soviets que desde
1917 gobernaron durante algunos años la URSS.
Valiéndose de la teoría contrarrevolucionaria del “Socialismo en un solo país”, Stalin comenzó a construir lo que años después terminó consumándose -la restauración capitalista en los ex estrados obreros- atacando para eso a los defensores de la Revolución Permanente y a todos y cada uno de los que defendieron la necesidad de mantener el régimen democrático. La ayuda del falso gobierno comunista, liderado por este personaje, fue fundamental para que los capitalistas reconstruyeran su dominio en la Europa en crisis de la segunda postguerra.
La combinación entre luchas antiburocráticas y crisis económica empujó a los regímenes conducidos por el stalinismo al basurero de la historia, abriendo un período favorable para la recuperación de la democracia directa. Con la crisis terminal del estalinismo, que pegó un salto a principios de los 90 y repercutió en todos los aparatos burocráticos del mundo -como la CGT peronista de la Argentina- debilitándolos de manera excepcional, se abrió una etapa de carácter revolucionario, que con sus avances y retrocesos coyunturales está creando las condiciones objetivas y subjetivas para construir direcciones revolucionarias capaces de liderar a las masas hacia la conquista del poder. (Documento político de CS 2019).
El período abierto luego de la hecatombe de los falsos
estados comunistas, intentó ser frenado por el imperialismo, con varias contraofensivas, de carácter político, militar, cultural y económico. Sin embargo, esta
coyuntura, que algunos denominaron “fin de la historia”, no pudo detener la
dinámica revolucionaria de la etapa, que volvió a desplegar sus alas a partir
de las huelgas generales europeas y la Primavera Árabe en 2011, situación que
tiende a continuar a pesar de que en el período de pandemia la burguesía
mundial, aprovechando el miedo causado por el virus, desmovilizó coyunturalmente a la clase obrera.
La crisis de los aparatos burocráticos es, sin duda, el elemento decisivo de este período internacional de la lucha de clases, ya que durante el reinado del stalinismo -más de 70 años al frente del gobierno de países centrales y de la mayoría de las organizaciones obreras del planeta- se aplastó la democracia directa, que es la gran herramienta proletaria para debatir, luchar y conquistar el poder. Las características del período que estamos transitando facilitarán, que en los próximos años se recupere el régimen de la democracia directa, una realidad que facilitará la construcción de organismos de doble poder, como los soviets o la asamblea de la Comuna de París.
A 70 años de la muerte de Stalin, los revolucionarios y las
revolucionarias consecuentes gritamos bien fuerte la consigna que él y sus secuaces
combatieron -¡Que dirijan las bases!- impulsando la democracia obrera y la
construcción de una organización política nacional e internacional que se ponga
al frente de las próximas luchas de la clase trabajadora. Un partido que ayude a
los y las de abajo a conquistar el poder y comenzar a construir el verdadero
Socialismo, que nada tiene que ver con la caricatura dictatorial que impusieron
Stalin y el stalinismo.
