CS-TV: huelga ferroviaria de 1991 de 46 días, el conflicto que aceleró la crisis del viejo MAS


 

 

La debacle del viejo MAS se profundizó con la línea hacia la huelga

Por Juan Carlos Beica: ex secretario general de la Seccional 17 de Marzo de Señaleros del Roca 

El 1 de febrero de 1991 una asamblea - de carácter auto convocado - con decenas de representantes de base de distintos sectores ferroviarios, principalmente maquinistas y señaleros, resolvió llevar adelante la huelga que terminó siendo la más importante en la historia del ferrocarril, superando los 42 días de la que tuvo lugar en 1961, ya que se extendió a 46 jornadas.

Los delegados, mandatados por las asambleas de base de “La Fraternidad”, las seccionales más importantes de la zona local de los señaleros y algunos sectores de la Unión Ferroviaria, resolvieron organizarse para la huelga en un Plenario de Seccionales Ferroviarias a cuya cabeza se instituyó un “Mesa de Enlace”. 

El conflicto, que tuvo una gran repercusión mediática y ganó la simpatía la mayor parte del movimiento obrero, porque sabía que “si ganaban los ferroviarios ganaban todos los trabajadores”, terminó arrancándole al gobierno de Menem la reincorporación de los miles de cesanteados y un aumento salarial cercano al 100%. Sin embargo fue una victoria “pírrica”, ya que se impuso con un costo político enorme. 

La extensión excesiva de la huelga terminó desgastando a la base y al activismo, facilitándole la tarea a Menem y los suyos, que un año después pudieron derrotar a los ferroviarios. En ese contexto, el conflicto profundizó la crisis del viejo MAS (que se dividió en 1992, luego de la segunda huelga ferroviaria) liquidando el proyecto más avanzado de construcción de una dirección política revolucionaria que haya existido en nuestro país. 

 El Plenario de Seccionales y la política del MAS 

 Para participar en el Plenario, los delegados tenían que ser votados por la base en las asambleas y llevar sus mandatos refrendados en actas. Las asambleas votaban las comisiones que organizaban a los activistas para realizar las tareas de sostenimiento del conflicto, como la del fondo de huelga, la olla popular, los piquetes de “convencimiento”, etc. 

 Esta metodología (irreconciliable con el viejo “verticalismo” de los “cuerpos orgánicos” peronistas) le otorgó al Plenario de Seccionales Ferroviarias un enorme prestigio, razón por la cual estuvo muy cerca de convertirse en el organizador de una nueva y poderosa dirección combativa y democrática de grandes sectores de la clase obrera. 

Sin embargo ese objetivo no llegó a concretarse, no solo por razones objetivas - el gobierno venía fortaleciéndose en el marco del avance de la “ofensiva neoliberal” - sino también por culpa de la línea equivocada de sus dirigentes, fundamentalmente del MAS, que en el punto culminante de la huelga, (a los 15 días, cuando el gobierno había otorgado el 100% de aumento y ofrecido la reincorporación encubierta de los cesantes) se negaron a negociar, sosteniendo una política ultra izquierdista de “todo o nada”. 

Los 31 días “adicionales” que duró la huelga sólo sirvieron para desgastar y desmoralizar a la base ferroviaria, aislando a los activistas del resto de la clase trabajadora, que todavía simpatizaba con el gobierno menemista. Esa situación le abrió el camino a la derrota, que sucedió un año después, cuando Menem aplastó un nuevo paro de los maquinistas de 36 días, que fueron empujados a pelear a través de una clarísima provocación, que la dirección del MAS no fue capaz de entender ni de advertir. 

La dirección del MAS y de las organizaciones que acompañaron su orientación ultra (tanto en la huelga del 91 como en la del 92) no tuvieron en cuenta la situación objetiva del país y del mundo, un marco general dentro del cual los capitalistas venían propinándole duras derrotas a la clase obrera e imponiendo gobiernos ultra reaccionarios, como los de Bush, Thacther, Fuyimori y el propio Menem. 

No caracterizaron que más allá de su combatividad y resultado parcial, la huelga del 91 no constituía el punto más alto de una “gran ofensiva obrera”, sino que era una de las últimas grandes luchas defensivas que venía sosteniendo el proletariado argentino de esos años. Si hubieran analizado los acontecimientos de esa manera, se habrían planteado una política, de manera de preservar a lo más avanzado de una vanguardia que fue obligada a gastar todas sus energías a destiempo. 

En ese sentido, el MAS y sus aliados tácticos, en vez de impulsar la lucha “a tontas y a locas” y por “todo” tendría que haber hecho todo lo posible para preservar a ese heroico destacamento de vanguardia, fortaleciéndolo y ubicándolo como la referencia de la resistencia a las privatizaciones y al plan de ajuste de Menem y Cavallo. 

Sin embargo, la dirección del MAS, que venía de fracaso en fracaso levantando políticas electoralistas y de seguidismo a la burocracia sindical, pretendió modificar esta línea yéndose al otro extremo, convirtiéndose en responsable directa de una de las derrotas obreras más importantes de las últimas décadas y en la sepulturera del partido fundado por Nahuel Moreno. 

Aunque hoy todavía no exista un fuerte polo de atracción como el Plenario de Seccionales y la “Mesa de Enlace Ferroviaria”, existe una situación objetiva muy favorable para el desarrollo de la democracia sindical y la auto organización obrera, ya que las bases repudian a la cada vez más desprestigiada burocracia sindical, que está siendo atravesada por la peor crisis de su existencia.