Por Musa Ardem
La Segunda Guerra Mundial, un enfrentamiento entre bloques de potencias imperialistas, fue el producto directo de una crisis económica iniciada décadas antes, que tuvo su pico en 1929. Aquella guerra tuvo su inicio antes de la invasión de Polonia por parte de Hitler, con la invasión japonesa sobre China y la guerra civil española, en la que el fascismo italiano y el imperialismo alemán comenzaron a calibrar sus fuerzas, combatiendo en el bando franquista.
El triunfo del fascismo en España significó un impulso para el bloque imperialista que encabezó Hitler, que lideró el “eje” alrededor del cual se organizaron Japón e Italia. La guerra, buscada por las potencias capitalistas para repartirse los mercados, dio lugar al surgimiento de Estados Unidos como nueva potencia hegemónica. Además, inició revoluciones en los países en los que las masas habían derrotado al fascismo, como Italia o Grecia, una oleada revolucionaria que atravesó Europa y se extendió hacia otros continentes.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se abre la etapa de ascenso revolucionario más importante conocida hasta la fecha. Desgraciadamente este ascenso revolucionario se da junta con el agravamiento de la crisis de la dirección revolucionaria, es decir, con un fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios (del stalinismo) que dirigen al movimiento de masas y una continua debilidad de nuestra Internacional[1].
Hoy estamos ante una situación similar en algunos aspectos, aunque muy diferente en cuanto a lo principal. La guerra en Ucrania, que podría jugar el papel de la guerra civil española, es el resultado de la crisis que arrastra el capitalismo, de la agudización de la recesión y la emergencia de una potencia, China, que se perfila para disputarle la hegemonía a los yanquis. La gran diferencia es que la resistencia popular contra la invasión rusa a Ucrania no ha sido derrotada, como sí sucedió con la revolución española, donde triunfó el fascismo.
Aunque la derrota de las fuerzas putinistas podría frenar, momentáneamente, los impulsos guerreristas de las grandes potencias, todo indica que el mundo se dirige hacia un enfrentamiento directo entre China y los Estados Unidos. Lo que puede llegar a ocurrir, antes de que estalle la guerra, es que el humillante retroceso militar ruso provoque la explosión de una situación revolucionaria dentro de ese país, con el posible efecto contagio en una Europa, que está sumida en una crisis multifacética, económica, política, energética y ambiental.
La ventaja, si se compara esta probable perspectiva con lo que sucedió en el siglo pasado, es que ahora no existe ningún aparato contrarrevolucionario capaz de jugar el papel que jugó el stalinismo, cuyos partidos y líderes fueron capaces de desviar el proceso revolucionario de la posguerra hacia el callejón sin salida de la conciliación con el imperialismo occidental, a través de los pactos contrarrevolucionarios de Yalta y Potsdam, situación que preparó el terreno de la restauración capitalista en los ex estados obreros.
Esto significa que existen mejores condiciones para que se desarrollen procesos revolucionarios más profundos y extensos que den lugar a fenómenos de autoorganización, o soviéticos, superiores a los que vimos hasta ahora. Por todo esto, las condiciones actuales también son favorables para el surgimiento de una nueva dirección revolucionaria, que deberá construirse a partir de la unidad de los revolucionarios y las revolucionarias consecuentes.
[1] Nahuel Moreno; Actualización del programa de transición.

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