Por Damián Quevedo
La economía argentina se funda, desde los inicios del capitalismo local, en la renta diferencial, primero con la producción ganadera y, en las últimas décadas, a través del absoluto predominio de la agroindustria, principalmente la soja. La producción basada, en última instancia, en las ventajas naturales de la tierra, tiene límites que no pueden ser eliminados por el capital, más allá del desarrollo de la técnica.
El capitalismo argentino se encuentra hoy ante un fuerte
escollo, que muestra sus límites y llevará a una mayor profundidad a la crisis,
ya que está desarrollándose un período de
sequía, justo en un contexto de alza de los precios internacionales del
"yuyito". La sequía que puso en
jaque a la cosecha fina sobre el cierre del año amenaza también con afectar al
cultivo de exportación más importante del sector agropecuario argentino y del
que depende el Banco Central para intentar mantener un nivel aceptable de
reservas internacionales a lo largo de 2023. La falta de agua ya afecta a la
soja en la región núcleo y en el sector advierten que es “la siembra más
trabada e incierta de los últimos 12 años”[1].
Esta situación golpea directamente otro aspecto propio del capitalismo local, su eterna e impagable deuda, ya que la agroindustria es la principal fuente de ingreso de dólares al BCRA, fuera de los préstamos que toma el gobierno. Por esa razón, el ministro de economía habilitó por unos días el llamado dólar soja, aunque no lo pudo sostener a riesgo de una corrida generalizada. Esto le permitió el ingreso de divisas yanquis, pero, al cerrar ese tipo de cambio, los capitalistas volvieron a frenar la liquidación de granos.
Como era de esperar,
finalizado el período que permitió comercializar soja a un valor excepcional de
la divisa norteamericana de $200, las operaciones se desplomaron. Terminado el
beneficio en el tipo de cambio, en octubre, según SIO Granos, solo se
registraron ventas al exterior por 2.307.143 toneladas cuando en septiembre,
durante la vigencia del llamado Programa de Incremento Exportador llegaron a
13.574.147[2].
Todo lo que está sucediendo significa un golpe para las arcas del Estado, que por un lado acelera la crisis de deuda -que de por sí es una bomba de tiempo- y por otro reduce el margen del gobierno en cuanto a la posibilidad de tomar medidas populistas y hacer concesiones al movimiento de masas. Cada día es más evidente que el capitalismo no ofrece una salida a la crisis, beneficiosa para los trabajadores y el pueblo.
En ese marco, la lucha por convencer a la clase trabajadora de que debe derrotar, con su movilización, a los capitalistas e imponer un gobierno propio, no es una cuestión de “propaganda”, sino una necesidad urgente, sin cuya concreción los y las de abajo caerán, no tenemos ninguna duda, en una situación de miseria nunca vista. Para avanzar en ese sentido, hay que unir a los revolucionarios y revolucionarias que no sucumben a los cantos de sirena del capitalismo progresista, construyendo el Estado Mayor, o partido, de la revolución socialista.
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