Por Damián Quevedo
La gira del
presidente de la Nación en el contexto político local, se podría calificar como
un viaje de descanso, ya que la reunión del G20 es una forma de alejarse de la
feroz interna con el kirchnerismo, la inflación y la carrera electoral.
Pero, a
pesar de que Fernández no deberá lidiar con sus “compañeros” peronistas, el
objetivo principal de su viaje sería negociar con el Stalin chino, el
recientemente reelecto Xi Jinping, en la búsqueda del financiamiento que salve
lo que queda de su gestión.
La clave
del viaje es una posible reunión bilateral con Xi Jinping, en Indonesia. El
tema crucial para la parte argentina es el de siempre: un permiso para que los
yuanes que atesora el Banco Central, se puedan convertir a dólares y ser
utilizados en el mercado cambiario.
El líder
chino escucha esa demanda desde hace demasiados años. Y siempre dice “no”. En
la conversación podría aparecer una sorpresa: que Xi sugiera que el comercio
bilateral con su país se realice, en adelante, en yuanes. No en dólares. Sería
un trastorno importante para las reservas del Central. Y para el alineamiento
geopolítico del país[1].
Fernández
va a jugar en esa reunión su última carta, porque ya es de público conocimiento
que con la sequía inédita bajará la recaudación de dólares sojeros, por más que
Massa vuelva a habilitar un tipo de cambio especial para los productores y
exportadores del célebre yuyito.
La
sequía que puso en jaque a la cosecha fina sobre el cierre del año, amenaza
también con afectar al cultivo de exportación más importante del sector
agropecuario argentino y del que depende el Banco Central para intentar
mantener un nivel aceptable de reservas internacionales a lo largo de 2023. La
falta de agua ya afecta a la soja en la región núcleo y en el sector advierten
que es “la siembra más trabada e incierta de los últimos 12 años[2].
La muralla
con la que se puede encontrar el presidente argentino, es la actual política
exterior del imperialismo chino, que viene profundizando un viraje, expresado
claramente en el último congreso del PCH, hacia una política exterior más
agresiva. Este giro incluye la promoción del comercio bilateral en yuanes, como
un paso claro en la disputa con el dólar como moneda de cambio mundial y con
EEUU como principal potencia.
La búsqueda
de financiación por parte de Alberto es un acto desesperado, porque en el caso
de cerrar algún acuerdo mayor con Xi, eso pondría a Argentina en la esfera de
influencia de uno de los bloques imperialistas que se disputan el mercado
mundial, yendo, en ese marco, hacia una confrontación militar.
Queda claro
que Xi pretende transformar la guerra comercial actual en guerra abierta con los
EEUU. ¡La tragedia para Fernández, es que la mitad más uno de su propio
gobierno está alineado con el imperialismo yanqui, más allá de lo que vocifere -para
la tribuna- la vicepresidente!
Hay un
componente que anticipa un final shakespeariano para esta tragedia, es que los
acreedores de mayor peso en materia de decisiones sobre el destino del país -el
FMI y el Banco Mundial- son dirigidos por EEUU. Por esa razón, una alianza con
el imperialismo chino puede significar el abandono de la actual benevolencia que
estos organismos vienen teniendo para con el gobierno nacional.
Esta
combinación de factores internos y externos puede llevar a Argentina (como a
muchos países del planeta) a la profundización de su crisis económica y
política, o, dicho de otra manera, al comienzo de una nueva situación
revolucionaria. La izquierda debe prepararse para afrontar esta perspectiva,
jugándose a liderar los conflictos y a unificarlos por abajo.
Allí, en lo más profundo de la resistencia obrera y popular, quienes defendemos la necesidad de acabar con el Capitalismo, debemos, sí o sí, agitar el programa Socialista, que se podrá concretar si la clase trabajadora toma el poder, con una conducción revolucionaria a la cabeza.
[1] https://www.lanacion.com.ar/politica/un-infierno-astral-se-cierne-sobre-el-gobierno-nid09112022/
[2] https://www.infobae.com/economia/campo

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