Por Damián Quevedo
Después de que Cristina declarara que el “peronismo nunca reprimió”, las fuerzas represivas, bajo el mando del kirchnerismo, perpetraron dos brutales ataques. El primero, fue contra la comunidad mapuche en el sur, mientras que el otro, tuvo lugar en el estadio de Gimnasia y Esgrima de La Plata, cuando miles de sus hinchas trataban de ingresar al estadio.
El ataque en Villa Mascardi precipitó la renuncia de la ministra de géneros y diversidades, Elizabeth Gómez Alcorta. Su salida se oficializó hoy, pero era un hecho desde ayer a la tarde, luego de que se conociera públicamente su disidencia con el operativo de desalojo a la comunidad Lafken Winkul Mapu en Villa Mascardi. Gómez Alcorta habló ayer de “graves violaciones a los Derechos Humanos”[1].
La retirada de esta funcionaria tiene un sentido político, ya que va más allá de su carácter como ministra. Es un paso adelante en la ruptura con el espacio político que dirige Juan Grabois -el frente Patria Grande- detrás del cual está la Iglesia Católica. El distanciamiento no se debe a las violaciones a los derechos humanos, sino al derrumbe lento del gobierno, del cual Bergoglio y su tropa se quieren salvar.
El otro hecho tiene una importancia fenomenal, porque sucedió en el centro político del gobernador bonaerense Axel Kiccillof, uno de los posibles presidenciables del riñón de Cristina Fernández. Al igual que en represiones anteriores, quedó tambaleando otro soldado de la vicepresidenta, Sergio Berni, en un contexto mucho más complicado que los anteriores, ya que están más cerca las elecciones del próximo año.
Anoche Berni había dicho que la "responsabilidad de lo sucedido es toda del club organizador del espectáculo", en un primer intento de desligar a la policía que conduce del violento accionar que quedó registrado en cientos de videos. Aunque este pueda ser considerado el primer muerto de la gestión Kicillof, no es el primero del kirchnerismo, que tiene una basta y tenebrosa tradición en cuanto a represiones.
Esta clase de sucesos, en medio de una crisis económica brutal, desatan una dinámica que ni el gobierno ni la oposición patronal pueden manejar y que, por lo tanto, caldea más el estado de ánimo social. Para los socialistas, esto no se resuelve con la renuncia de Berni, que es una pieza más del régimen, que se pude de la cabeza a los pies. Los revolucionarios y las revolucionarias debemos impulsar la lucha para que se vayan todos, a través del cada vez más necesario Argentinazo.
[1] La Nación 07/10/2022

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