Por Damián Quevedo
El 17 de
octubre pasó, sin pena ni gloria, con cinco actos de pura campaña electoral. Allí,
el kirchnerismo de “paladar negro” dejó en claro que quiere continuar ajustando
a los trabajadores, por lo tanto, que la tan mentada “lealtad” peronista no es
otra cosa que subordinación hacia las patronales y el FMI.
Con la cara
de piedra que lo caracteriza, el jefe de la Cámpora, Máximo Kirchner, denunció
todos los males que dejó el macrismo, a pesar de que hace más de dos años que
su fuerza gobierna. ¡Queda claro, que Alberto, Cristina, Massa y compañía, no
han hecho más que agravar el legado amarillo!
Con un acto
bastante poco concurrido, del aparato político y sindical aliado, el hijo de la vicepresidenta realizó la
intervención central, soltando algunas definiciones que no lo distancian en
absoluto de Macri o Milei. En su discurso, Máximo Kirchner planteó la
necesidad de una “suma fija” para los trabajadores, "que los saque del
ahogo al que están sometidas sus familias"[1].
Esta
propuesta, en medio del actual proceso inflacionario, significa condenar a la
gran mayoría de la clase trabajadora a perder una parte sustancial de su
salario, que es, en definitiva, lo que pretenden las patronales y el FMI, que para
seguir ganando fortunas tienen que bajar el poder adquisitivo del conjunto.
El pasado
viernes 14 de octubre el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC)
divulgó el dato de inflación de septiembre, situándose la variación mensual en
6,2% y llevando la interanual a un 83% y la proyección para todo el año llega
al 100% anual[2].
Con este
parche, los partidos patronales y, principalmente, el que hoy ejerce las
funciones del gobierno, buscan frenar la bronca de la mayoría de la sociedad.
Los bonos y las sumas fijas forman parte de las recomendaciones que hicieron
los funcionarios imperialistas, desde New York y Washington, ciudades a las que
viaja constantemente el súper ministro Sergio Massa.
Inflación y ajuste de fondo…
Otro sector
de la burocracia sindical, los “gordos”, que no marchó a la Plaza de Mayo, reclamó
ser parte de “la mesa chica” que repartirá las candidaturas para las próximas
elecciones. Con esto, Gerardo Martínez, Rodolfo Daer y demás, dejaron en claro,
que, como son garantes del ajuste, quieren una tajada mayor de la torta, que es
cada vez más chica.
Toda la
runfla peronista es hoy el mayor garante del ajuste y del ataque al salario, cuestión
que reconocen tanto el FMI como el resto de los organismos imperiales. Por eso,
cada vez que viaja al norte, esta gente recibe con los brazos abiertos a Massa,
ya que sabe que el partido que representa (aunque esté fragmentado) tiene un
compromiso de lealtad con los dueños del mundo.
El
presidente del PJ bonaerense y diputado nacional Máximo Kirchner advirtió que
"el tema de la deuda externa no está solucionado". Al hablar en el
acto por el Día de la Lealtad, sostuvo que "la curva de vencimientos es un
verdadero problema, habrá que negociar de vuelta[3].
Esto es una
confesión de parte, una verdadera declaración política de parte del kirchnerismo,
que se plantea la necesidad de renegociar, no para pago de esta monumental estafa
externa, que desde que el Frente de Todos asumió el poder, apenas dos años
atrás, se multiplicó de manera fenomenal.
En
septiembre la deuda de la Administración Central (interna y externa) se elevara
al récord de USD 418.126 millones, de los cuales USD 4.998 millones se sumaron
en los dos primeros meses de la gestión Massa en Economía, pese a que contó en
septiembre con el ingreso extraordinario de USD 8.123 millones de liquidación
de exportaciones del complejo sojero a la paridad transitoria de $200 por
dólar, que permitió reforzar los recursos tributarios que administra la AFIP, y
también parcialmente (USD 891 millones) las reservas del BCRA[4].
Esta
política, la de pagar y pagar -más allá de los pataleos y declaraciones para la
tribuna- unifica a todos los grupos del peronismo, del macrismo, de Milei y
compañía. Todos los políticos patronales están de acuerdo en que la deuda la
paguen los trabajadores y el pueblo pobre, con sus salarios de hambre, la precarización
y súper explotación laboral.
La
izquierda revolucionaria no puede, en este marco, brindar ninguna clase de
apoyo a alguna de las fracciones burguesas que se disputan el control del
futuro gobierno. Debe, en ese sentido, trazar rayas, delimitándose de todos y
de todas, agitando el programa socialista y la necesidad de acabar con este
sistema injusto a través de una gran revolución social.

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