Por Damián Quevedo
La no tan flamante ministra de economía, Silvina Batakis, se acaba de reunir con los gobernadores en busca del colchón político que no tuvo su antecesor. Lo necesita con desesperación, ya que el apoyo del presidente y, sobre todo, de la vicepresidenta, está empezando a brillar por su ausencia.
Si bien ni Alberto Fernández ni Cristina Fernández, hasta ahora en un llamativo silencio sobre la política económica, han salido a criticar los anuncios de la ministra, sí lo hacen sus aliados del gobierno, sectores de la burocracia sindical y los movimientos sociales. Por lo tanto, los que callan, parece que estarían otorgando.
Todos en el partido gobernante quieren el ajuste, aunque sin el costo político que este implica, por eso nadie salió a “ponerle el pecho” al plan FMI-Batakis, cuyo objetivo central no es otro que el de “bajar el gasto público”, lo que significará, de aquí en más, una gran quita de subsidios y la liberación e las tarifas, en síntesis, el tarifazo que reclaman los dueños del mundo.
En medio del
invierno, cuando siempre se incrementa el consumo energético, ese es un
objetivo difícil, como así también la quita de subsidios al transporte público,
que, de concretarse, golpeará principalmente a la clase obrera. Es que todo
esto será, en los hechos, una baja del poder adquisitivo del salario.
Si uno mira cómo empezó la caída de Dilma Rousseff en Brasil a partir de 2013, que termina en un impeachment, tiene que ver con el precio de los servicios públicos. Le estalló a Iván Duque en Colombia por querer subir el precio de la energía, segmentando. Igual que acá.
Si uno mira la historia de la gran rebelión social que hubo en Chile, que está
en las pesadillas de Cristina y de Máximo Kirchner, que casi se lleva puesto al
gobierno de Sebastián Piñera, también hubo un aumento en el costo de los
servicios públicos. Si vemos cualquier país del mundo, cuando suben los
servicios públicos se produce una crisis política[1].
Por la existencia de este clima, la CGT se vio obligada a llamar a un acto el 17 de agosto. Luego de mucho tiempo de no hacer concentraciones públicas, por miedo a los desbordes, los burócratas sindicales no tienen más opción que hacer como que luchan. La razón de esto es que ven preocupación y bronca entre los trabajadores, debido a los estragos que causa la inflación sobre los salarios.
Este es un
momento propicio para que, desde la izquierda y el activismo combativo, impulsemos
con audacia acciones de lucha independientes de la burocracia, posicionándonos
como una alternativa de organización capaz de liderar la rebelión que se
avecina.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario