Por Damián Quevedo
El presidente eligió el silencio, como en con casi todos los temas, frente a otra de las semanas con más ataques más virulentos y abiertos por parte del kirchnerismo y de la propia Cristina, que pegó duro en su visita al Chaco, donde fue condecorada por las autoridades provinciales.
A poco más de un año de las presidenciales y cuando todos los partidos ya están en campaña, Alberto Fernández está parado entre dos fuegos. Por un lado, la crisis económica y el intento, vano, de cumplir con el FMI, en una economía estancada, sin dólares ni pesos para pagar la deuda en moneda local.
Por el otro, el presidente recibe el fuego a discreción de sus socios políticos, que no cesan de pedir la cabeza de los principales ministros del gobierno -los jefes de las carteras de economía, desarrollo social y trabajo- que son los alfiles de la ejecución del plan de ajuste.
La apuesta del Kirchnerismo es centralmente electoral, ya que, en el círculo de Cristina, que no cuenta con un plan alternativo, asumen la catástrofe que se avecina y, en ese marco, tratan, infructuosamente, de aparecer como una fuerza distinta, con un carácter más “radicalizado” que aquellos que apoyan más vehementemente al otro Fernández.
Sin embargo, este distanciamiento no solo es tardío, sino absolutamente insuficiente para recuperar votos, o, al menos, cierto fervor popular. El presidente intenta bajar el tono, a sabiendas de que no hay conducción política en medio de una crisis, ni futuro para las elecciones venideras sin unidad del partido que intenta controlar. Fernández sabe que, pese a los enojos y cuestionamientos, necesita a Cristina Kirchner. Sin unidad no hay futuro para el peronismo en el poder[1].
La oposición patronal no está en mejores condiciones para el recambio presidencial, sino todo lo contrario, está partida en mil pedazos. Allí, el radicalismo, que recuperó algo del aire que supo tener en el pasado, intenta ganar posiciones con el peso de su aparato. La UCR aprovecha que Macri ya no es el líder capaz de unificar a Juntos por el Cambio y que, por afuera de la alianza, Milei está minando las fuerzas de los halcones del PRO.
Si todo esto se mantiene, la realidad colaborará para que Milei gane votos por derecha y, probablemente, el FITu por izquierda. Pero, lo más importante de todo esto será, que, quien se siente en el sillón de la Rosada asumirá con una debilidad pasmosa, tan grande como la que tienen los gobiernos de Chile y Perú, que a pocas semanas de asumir tambalean en medio de la crisis y las demandas sociales.
[1] La Nación 07/05/2022

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