Damián Quevedo
Alberto Fernández parece haberse anoticiado -con dos
años al frente del gobierno- de la escalada inflacionaria, que continúa
destruyendo el poder adquisitivo de la clase obrera, licuando los salarios de
millones.
Ante el estrepitoso fracaso de los “precios cuidados”,
o nuevo intento de consumar un pacto social con algunas empresas alimenticias, ahora
busca reflotar la vieja estrategia utilizada durante años por el kirchnerismo:
la transferencia de una pequeña parte de las ganancias obtenidas por los
capitales más rentables -la agro industria- hacia otros menos competitivos o
con menor desarrollo de la productividad.
Las retenciones a la soja, que años atrás sirvieron
para sostener a buena parte de los capitalistas locales mediante subsidios, hoy
apuntan a mantener la ganancia de empresas de la rama de la alimentación, mientras
“congelan” o bajan, un poquito, los precios de algunos productos, una especie
de IFE, pero para la patronal.
La estrategia
de la Casa Rosada, ante la suba exponencial del trigo, consiste en crear un fideicomiso financiado por el aumento máximo
a las retenciones de los derivados industriales de la soja. Es decir:
harina, aceite y biodiesel[1]”.
Esta sobresaliente muestra acrobática del gobierno
tiene como base la política de defender a rajatabla los dividendos
empresariales. Por esa razón busca patear el problema de la inflación hacia
adelante, evitando que las patronales ganen menos a través de otro mecanismo perverso,
el de las paritarias, donde sus aliados, de la burocracia sindical peronista, garantizan
sueldos por debajo de la inflación.
Salarios y precios... ¡Marx contra Alberto Fernández!
Existe un mito muy arraigado, aquel que indica que los
aumentos en los sueldos se trasladan de manera indirecta a los precios y, en el
caso de los productos que consume la clase obrera para subsistir, el aumento de
precios siempre termina licuando la suba salarial. Esto se plantea, porque el
salario real estaría, de acuerdo a esta mitología, en la cantidad de productos
de la canasta básica que los trabajadores y trabajadoras podrían comprar con
este.
El fundador del socialismo moderno, Karl Marx,
demostró ya hace más de 150 años, que esto es una vulgar mentira de los
capitalistas. Los valores de las
mercancías, que han de regular en última instancia sus precios en el mercado,
se hallan determinados exclusivamente por la cantidad total de trabajo plasmado
en ellos y no por la división de esta cantidad en trabajo pagado y trabajo no
retribuido, de aquí no se deduce, ni mucho menos, que los valores de las
mercancías sueltas o lotes de mercancías fabricadas, por ejemplo, en doce
horas, sean siempre los mismos.
El número o la
masa de las mercancías fabricadas en un determinado tiempo de trabajo o
mediante una determinada cantidad de éste, depende de la fuerza productiva del
trabajo empleado, y no de su extensión en el tiempo o duración. Con un
determinado grado de fuerza productiva del trabajo de hilado, por ejemplo,
podrán producirse, en una jornada de trabajo de doce horas, doce libras de
hilo; con un grado más bajo de fuerza productiva, se producirán solamente dos.
Por tanto, si
las doce horas de trabajo medio se materializan en un valor de seis chelines,
en el primer caso las doce libras de hilo costarían seis chelines, lo mismo que
costarían, en el segundo caso, las dos libras. Es decir, que en el primer caso
una libra de hilo saldrá por seis peniques, y en el segundo caso por tres
chelines. Esta diferencia de precio obedecería a la diferencia existente entre
las fuerzas productivas del trabajo empleado. Con la mayor fuerza productiva,
una hora de trabajo se materializaría en una libra de hilo, mientras que, con
la fuerza productiva menor, en una libra de hilo se materializarían seis horas
de trabajo.
En el primer
caso, el precio de una libra de hilo no excedería de seis peniques, aunque los
salarios fueran relativamente altos y la cuota de ganancia baja. En el segundo
caso, ascendería a tres chelines, aun con salarios bajos y una cuota de
ganancia elevada. Y ocurriría así, porque el precio de la libra de hilo se
determina por el total del trabajo que encierra en ella y no por la proporción
en que este total se divide en trabajo pagado y trabajo no retribuido.
El hecho apuntado antes por mí, de que un trabajo bien pagado puede
producir mercancías baratas y un trabajo mal pagado puede producir mercancías
caras, pierde, con esto, su apariencia paradójica. Este hecho no es más que la
expresión de la ley general de que el valor de una mercancía se determina por
la cantidad de trabajo invertido en ella y de que la cantidad de trabajo
invertido depende enteramente de la fuerza productiva del trabajo empleado, variando por tanto al variar la productividad del
trabajo”[2].
Bajo las condiciones del capitalismo, la lucha por un
salario que permita a la clase obrera vivir en condiciones dignas, ha sido y
continúa siendo, una lucha constante. Es entonces que, para ganarle a la
inflación, no queda otra que derrotar al gobierno y sus secuaces de la
burocracia sindical, ya que la llamada “guerra contra la inflación” es la misma
que este gobierno viene librando contra los salarios obreros.
Por eso desde la izquierda revolucionaria debemos impulsar la organización obrera desde abajo, en las comisiones internas, con asambleas en cada fábrica, impulsando la solidaridad y la coordinación entre las luchas, no solo por el salario, sino para acabar, de una vez y para todas, con este tipo de planes, por lo tanto, para acabar definitivamente con el Capitalismo, que los engendra.
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