jueves, 17 de marzo de 2022

La verdadera "guerra" de Alberto: ¡CONTRA LOS SALARIOS OBREROS!


Damián Quevedo

Alberto Fernández parece haberse anoticiado -con dos años al frente del gobierno- de la escalada inflacionaria, que continúa destruyendo el poder adquisitivo de la clase obrera, licuando los salarios de millones.

Ante el estrepitoso fracaso de los “precios cuidados”, o nuevo intento de consumar un pacto social con algunas empresas alimenticias, ahora busca reflotar la vieja estrategia utilizada durante años por el kirchnerismo: la transferencia de una pequeña parte de las ganancias obtenidas por los capitales más rentables -la agro industria- hacia otros menos competitivos o con menor desarrollo de la productividad.

Las retenciones a la soja, que años atrás sirvieron para sostener a buena parte de los capitalistas locales mediante subsidios, hoy apuntan a mantener la ganancia de empresas de la rama de la alimentación, mientras “congelan” o bajan, un poquito, los precios de algunos productos, una especie de IFE, pero para la patronal.

La estrategia de la Casa Rosada, ante la suba exponencial del trigo, consiste en crear un fideicomiso financiado por el aumento máximo a las retenciones de los derivados industriales de la soja. Es decir: harina, aceite y biodiesel[1]”.

Esta sobresaliente muestra acrobática del gobierno tiene como base la política de defender a rajatabla los dividendos empresariales. Por esa razón busca patear el problema de la inflación hacia adelante, evitando que las patronales ganen menos a través de otro mecanismo perverso, el de las paritarias, donde sus aliados, de la burocracia sindical peronista, garantizan sueldos por debajo de la inflación.

Salarios y precios... ¡Marx contra Alberto Fernández!

Existe un mito muy arraigado, aquel que indica que los aumentos en los sueldos se trasladan de manera indirecta a los precios y, en el caso de los productos que consume la clase obrera para subsistir, el aumento de precios siempre termina licuando la suba salarial. Esto se plantea, porque el salario real estaría, de acuerdo a esta mitología, en la cantidad de productos de la canasta básica que los trabajadores y trabajadoras podrían comprar con este. 

El fundador del socialismo moderno, Karl Marx, demostró ya hace más de 150 años, que esto es una vulgar mentira de los capitalistas. Los valores de las mercancías, que han de regular en última instancia sus precios en el mercado, se hallan determinados exclusivamente por la cantidad total de trabajo plasmado en ellos y no por la división de esta cantidad en trabajo pagado y trabajo no retribuido, de aquí no se deduce, ni mucho menos, que los valores de las mercancías sueltas o lotes de mercancías fabricadas, por ejemplo, en doce horas, sean siempre los mismos.

El número o la masa de las mercancías fabricadas en un determinado tiempo de trabajo o mediante una determinada cantidad de éste, depende de la fuerza productiva del trabajo empleado, y no de su extensión en el tiempo o duración. Con un determinado grado de fuerza productiva del trabajo de hilado, por ejemplo, podrán producirse, en una jornada de trabajo de doce horas, doce libras de hilo; con un grado más bajo de fuerza productiva, se producirán solamente dos.

Por tanto, si las doce horas de trabajo medio se materializan en un valor de seis chelines, en el primer caso las doce libras de hilo costarían seis chelines, lo mismo que costarían, en el segundo caso, las dos libras. Es decir, que en el primer caso una libra de hilo saldrá por seis peniques, y en el segundo caso por tres chelines. Esta diferencia de precio obedecería a la diferencia existente entre las fuerzas productivas del trabajo empleado. Con la mayor fuerza productiva, una hora de trabajo se materializaría en una libra de hilo, mientras que, con la fuerza productiva menor, en una libra de hilo se materializarían seis horas de trabajo.

En el primer caso, el precio de una libra de hilo no excedería de seis peniques, aunque los salarios fueran relativamente altos y la cuota de ganancia baja. En el segundo caso, ascendería a tres chelines, aun con salarios bajos y una cuota de ganancia elevada. Y ocurriría así, porque el precio de la libra de hilo se determina por el total del trabajo que encierra en ella y no por la proporción en que este total se divide en trabajo pagado y trabajo no retribuido.

El hecho apuntado antes por mí, de que un trabajo bien pagado puede producir mercancías baratas y un trabajo mal pagado puede producir mercancías caras, pierde, con esto, su apariencia paradójica. Este hecho no es más que la expresión de la ley general de que el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo invertido en ella y de que la cantidad de trabajo invertido depende enteramente de la fuerza productiva del trabajo empleado, variando por tanto al variar la productividad del trabajo”[2].

Bajo las condiciones del capitalismo, la lucha por un salario que permita a la clase obrera vivir en condiciones dignas, ha sido y continúa siendo, una lucha constante. Es entonces que, para ganarle a la inflación, no queda otra que derrotar al gobierno y sus secuaces de la burocracia sindical, ya que la llamada “guerra contra la inflación” es la misma que este gobierno viene librando contra los salarios obreros.

Por eso desde la izquierda revolucionaria debemos impulsar la organización obrera desde abajo, en las comisiones internas, con asambleas en cada fábrica, impulsando la solidaridad y la coordinación entre las luchas, no solo por el salario, sino para acabar, de una vez y para todas, con este tipo de planes, por lo tanto, para acabar definitivamente con el Capitalismo, que los engendra.  



[1] https://www.infobae.com/politica

[2] K. Marx; Salario, precio y ganancia, (1865)

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