Por Damián Quevedo
La llamada Segunda Ola, las supuestas nuevas cepas y toda la
propaganda mundial al respecto, no tienen ningún propósito sanitario, sino
político. Lo que intentan los capitalistas es frenar -mediante el miedo- al
proceso de ascenso de las luchas obreras, junto con destruir fuerzas
productivas, de manera de recrear un nuevo ciclo de crecimiento burgués que
beneficie al capital más concentrado -liquidando competidores- como el de las
grandes entidades financieras, el que fabrica vacunas o el que se relaciona al
negocio de la virtualidad.
Este intento, que incluye episodios sangrientos, como las
masacres perpetradas por la dictadura de Myanmar o las del gobierno de Iván
Duque, en Colombia, luego de tener que retroceder con su proyecto impositivo,
llegó a su techo. Este límite es el que el que les impone, a los de arriba, el resurgimiento
de las rebeliones populares, que aún en las peores condiciones salen una y otra
vez a la superficie. Marx dijo al respecto, que estas siempre están, actuando
como un viejo topo, cuyo movimiento no se
ve hasta que aparece sobre la tierra.
Los períodos revolucionarios, esos ciclos en la historia en
los que los y las oprimidas irrumpen para cambiarlo todo, tienen bases
materiales, objetivas. Esto quiere decir que son motorizados no por la
conciencia -o mejor dicho, la mayoría de quienes los protagonizan no tienen una
clara comprensión de qué fuerzas los empujan y hacia donde- sino que son
movidos por tendencias objetivas, aquellas que están constituídas por las
crisis, la imposibilidad de seguir viviendo como hasta ese momento y la
decisión de no querer soportar esa vida.
Estas tendencias operan desde hace tiempo en todo el mundo, más
ahora que el capitalismo atraviesa la peor crisis de su historia, no por la
pandemia –que en el fondo es una expresión de del intento de revertirla- sino
porque el sistema, de conjunto, pareciera haber agotado sus posibilidades de
crecimiento. Esto no significa que el dominio burgués se vaya a desplomar o a
morir naturalmente, sino que existen las mejores condiciones para que las masas
lo terminen de enterrar, dando lugar a una nueva sociedad, de carácter
socialista.
Este es el camino que comenzaron a transitar los
trabajadores y el pueblo “cafeteros”, que ganaron las calles siguiendo el mismo
rumbo que habían comenzado a construir meses atrás, en consonancia con las
explosiones rebeldes que tuvieron lugar en otros países, principalmente Chile, con
su vanguardia en la "Plaza de la Dignidad". La gran victoria
conseguida, al hacer retroceder la reforma impositiva de Iván Duque, ahora debe
consolidarse con una profundización de la lucha que permita tumbar a este
gobierno.
Este acontecimiento, ubicado en el marco de un proceso más genera de luchas que vuelven a resurgir, no es una anomalía o excepción, sino la muestra contundente de la existencia de una tendencia objetiva que opera en todo el mundo, que es la crisis del capitalismo y de todas sus formas de gobierno -sus regímenes- que empuja a las masas a buscar una salida, que es la que están encontrando a través de la movilización.
En ese contexto, lo que le corresponde a los elementos de
vanguardia es poner en pie, de manera rápida y efectiva, el Estado Mayor de la
Revolución, la conducción que no sólo se solidarice con las rebeliones, para
que estas triunfen, sino que les muestre el camino de la Revolución Socialista.
Para ello, desde nuestro partido hemos iniciado un camino de unidad con
compañeras y compañeros que militan en otras partes del mundo, conformando un
Comité de Enlace, que llevará nuestras políticas a países ubicados en todos los
continentes.

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