Estados Unidos, lejos de presentarse al mundo como la “democracia más avanzada”, cada vez se parece más a la ciudad de Springfield de los Simpsons, donde su alcalde, de apellido Diamante, haría las veces del bizarro y decadente Donald Trump, que a pesar de que todo indica que perderá las elecciones, se retirará de la Casa Blanca con un récord histórico de votos.
Es que millones y millones desconfían de la otra opción, encarnada por un candidato impuesto por buena parte del stablishment no por su carisma o condiciones de “estadista”, sino simplemente para desembarazarse de un “outsider” de la política, quien al no representar a ninguna de las grandes fracciones burguesas que se reparten el dominio del país, no les resulta de confianza.
De una u otra manera, el movimiento de masas, que está en ascenso desde que explotaron las grandes movilizaciones contra el Gatillo Fácil yanqui, continúa ganando las calles e incorporando un nivel de politización inédito, situación que en los hechos se convertirá en un gravísimo problema para quien termine ganando las elecciones.
Esto es algo parecido a lo que sucede en Chile, donde los trabajadores y el pueblo se tomaron en serio la tarea de reformar la constitución, incentivando un proceso en el que mientras votan y exigen cambios continúan poniendo en pie sus propios organismos de discusión, que en los hechos se están convirtiendo en instituciones de un “poder alternativo” al encarnado por el Estado Burgués.
Todo esto no ocurre en el aire o de manera aislada, responde a una misma fuerza que lo impulsa, la Situación Revolucionaria Inédita que se abrió en los 90, luego de la Caída del Muro de Berlín que debilitó a la vieja burocracia stalinista, socia fundamental del imperialismo. Este proceso después pegó dos saltos de calidad en dos períodos diferentes: entre 2008 y 2012, con la crisis del Lehman Brothers y la irrupción de la Primavera Árabe y ahora, con el estallido social en los países centrales de Europa y Norteamérica.
Frente a cada una de estas coyunturas críticas, los de arriba desplegaron enormes contraofensivas. La primera, con el “Acta Patriótica” de por medio, cuando Estados Unidos se decidió a cambiar el signo de la lucha de clases amedrentando a los pueblos a través de las invasiones contra Irak y Afganistán, que terminaron siendo infructuosas. La segunda, para aplastar la Primavera Árabe, momento en el cual los dueños del mundo dejaron correr las variantes más retrógradas -Bashar al Assad, Estado Islámico y compañía- cuyas tropas masacraron a cientos de miles de elementos de vanguardia de la región.
Debido al fracaso de estos dos experimentos contrarrevolucionarios, volvieron a crecer, con más virulencia, las luchas y la crisis burguesa, pero ya no en cualquier lugar, sino en el centro del imperialismo mundial, tanto en Estados Unidos como Europa, donde la clase trabajadora y los sectores más oprimidos y segregadosgestaron fenómenos como el de los “Chalecos Amarillos” o el “Black Lives Matter”.
¡Al no poder recurrir a las recetas represivas más brutales o "clásicas", como antes, debido a la relación de fuerzas desfavorable para los de arriba, el imperio decidió valerse de las cuarentenas y la política del “Quedate en Casa”, con el claro propósito de desarticular la organización de las grandes luchas que venían desarrollándose, no sólo en el centro, sino también en la periferia, como las rebeliones que explotaron en Chile, Ecuador, Sudán, Líbano o Irán!
Esta línea les duró muy poco, porque el movimiento de masas, que descubrió las mentiras sobre las que se trata de sostener, ganó nuevamente las calles rompiendo el aislamiento social en prácticamente todo el mundo, una dinámica que hoy tiene a cientos de miles peleando cara a cara con la policía en varios países europeos, como Francia, Italia, Polonia, Serbia o Lituania.
En en este marco aconteció la elección yanqui. Allí, la participación inédita de millones en los comicios más que reforzar al régimen bipartidista, lo está desestabilizando, pariendo un gobierno que será mucho más débil que el anterior, que de por sí lo era. ¡Queda claro que Trump, a pesar de sus bravatas, fue el presidente yanqui que menos intervenciones militares pudo implementar, debiendo retroceder “en chancletas” varias veces a lo largo de su mandato!
Este otro, casi seguro Biden, profundizará esta característica, estando atado de pies y manos para desplegar lo que los demócratas han hecho a lo largo de su reaccionaria historia, que no ha sido otra cosa que encarar guerras, invasiones y todo tipo de agresiones contra los pueblos en lucha. ¡Recordemos -a modo de ejemplo- el intento, fracasado, de invasión a Cuba por parte de los “gusanos” armados por Kennedy o el envío de aviones a bombardear ciudades enteras de Siria e Irak por parte de Obama!
La crisis en Estados Unidos, cada vez más parecido al Springfield de los Simpsons, es una gran noticia para el movimiento de masas, que después de superar las tres contraofensivas citadas anteriormente, está retomando la senda de las Revoluciones Antiburocráticas de los 90, la Primavera Árabe, la Rebelión Chilena y el 18D argentino. Aquí esta dinámica está por pegar un salto, ya que la represión contra vecinos y vecinas de Guernica provocó un quiebre entre sectores de la vanguardia, que por esta razón han roto definitivamente con el gobierno.
Argentina se encamina a sintonizar la misma frecuencia de Chile y Estados Unidos, gestando fenómenos probablemente más avanzados que allí, debido a la experiencia de nuestro movimiento obrero y a la existencia de un enorme y joven activismo ligado a la izquierda más radicalizada, que por estas razones, tiene la obligación de ubicarse a la altura de las circunstancias, construyendo de manera unitaria una alternativa de organización sindical y política novedosa y superadora

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