Por Damián Quevedo
El cambio de gobierno en Bolivia y la crisis política peruana son dos caras de una misma moneda, ya que ambas expresan la decadencia terminal del régimen democrático burgués. En el primer caso se ve el agotamiento político del populismo, el que había sobrevivido más tiempo, que al igual que en Argentina volvió sin épica ni la retórica grandilocuente que lo caracterizó años atrás, cuando tenía posibilidad de soltar algunas concesiones, amparado en el precio de los comodities, del petróleo, la soja o el cobre.
La vuelta al gobierno tanto del peronismo como del MAS (aunque nunca dejaron de cumplir sus reaccionarios roles al interior de las instituciones del capitalismo semicolonial) muestra a partidos no solo carentes de un programa -que no sea el ajuste- sino además sin la capacidad y las bases materiales para sostener un relato más o menos convincente. El peronismo de Fernández, con todo el kirchnerismo pejotista incluido, no tiene más discurso que la “lucha” contra el Cóvid19, en medio de un paquete antiobrero permanente y una economía estancada.
Por su parte el gobierno de Bolivia, más allá de la solitaria caravana de retorno de Evo Morales, ni siquiera dará algún paso en el sentido de condenar a aquellos que, según su propio relato, habrían consumado un golpe de Estado. La razón última de tanta mediocridad no se debe buscar en el carácter de tal o cual político patronal, sino en el hecho insoslayable de que son servidores de una sociedad que agoniza y ya no les permite montarse en las viejas consignas de carácter progresista.
Este es, en definitiva, el mismo ciclo que dio lugar a la crisis en EEUU, cuya característica principal es la decadencia del sistema bipartidista, que está pariendo un nuevo régimen, surgido desde las bases, que gritan a viva voz su necesidad de participar, debatir y decidir todo.
En Perú, la situación es más evidente, “el presidente peruano Martín Vizcarra, quien estaba completando el mandato de Pedro Pablo Kuczynski, fue destituido este lunes “por incapacidad moral” por un Congreso integrado por 68 parlamentarios (de 130) con procesos judiciales en curso, a cinco meses de las elecciones generales programadas para el próximo abril, en una nueva crisis de la política local que no logró sacudirse tras una renovación de la Cámara en enero. El diagnóstico es unánime y no tan aislado de varios otros países de la región: la debilidad institucional y la falta de partidos políticos fuertes”[1].
La izquierda y la revolución
Ante este proceso, que incluye la radicalización del movimiento de masas, gran parte de la izquierda continúa en "cuarentena", librando combates contra enemigos inexistentes, como los "golpes de estado" que habrían sido perpetrado por las fuerzas de la "derecha", contra el populismo latinoamericano. Esta deriva institucionalista se puso de manifiesto en Perú, donde la CST (Corriente Socialista de las y los Trabajadores, ligada al PTS) en vez de aprovechar las circunstancias para agitar la necesidad de una salida revolucionaria, propone fortalecer al régimen, a través de una Constituyente.
Esta
consigna, recordada por la revolución rusa de 1917 y utilizada por los
marxistas en otros momentos históricos, no como un fin en sí misma sino como
medio para movilizar a los trabajadores y trabajadoras, puede tener valor en Chile, donde las masas, que la tomaron como propia, en los hechos le están dando otro significado, pero no el Perú, donde la putrefacción de las instituciones democrático burguesas amerita, en cuanto a los revolucionarios y las revolucionarias, algo más de audacia.
En ese sentido, y para este tipo de circunstancias, recordamos las palabras de Trotsky, quien decía lo siguiente: “Todo intento de plantear en una etapa
revolucionaria la consigna de Asamblea Constituyente como la esencial, es una
traición directa a la política trotskista que no tiene como objetivo hacer una
revolución democrática, sino hacer una revolución que lleve a la clase obrera y
a sus aliados, organizados revolucionariamente, al poder. Por eso, todas las
consignas deben combinarse entre sí con el objetivo supremo de desarrollar el
poder obrero y popular”[2].
La declaración de la organización hermana del PTS, ni siquiera propone a la Constituyente como un paso "transicional" hacia el poder obrero y popular, sino que la termina ubicando como meta estratégica, ya que le asigna la posibilidad de convertirse en el gobierno alternativo al cual deberían aspirar los laburantes de aquel país. Esta Asamblea Constituyente deberá tener funciones ejecutivas y legislativas y una de sus primeras medidas deberá ser poner en marcha un plan de emergencia que haga que las consecuencias de esta profunda crisis económica y sanitaria dejen de ser pagadas por el pueblo trabajador...[3].
Cuando los bolcheviques agitaron la Constituyente no la proponían para que gobierno, sino sencillamente para que las masas terminaran haciendo su experiencia con las instituciones más "democráticas" de la burguesía y, en ese marco, sacaron una sola conclusión: ¡No existe más democracia que la dictadura proletaria apoyada en órganos de discusión y resolución nuevos, como los soviets o las asambleas populares que han surgido en varios de los procesos revolucionarios de nuestro continente!
Por una u otra razón, la corriente del PTS en Perú repite las fórmulas de la izquierda adaptada a los regímenes de la democracia capitalista, sin comprender que la situación revolucionaria, que por cierto es "inédita", reclama de quienes pretenden alentar a los trabajadores y al pueblo a que se hagan cargo del poder, propongan con firmeza esta perspectiva, quitando del camino escollos o trampas institucionales. ¡En una situación revolucionaria, como esta, no existe otra tarea más importante que no sea la de impulsar la construcción del poder obrero y popular!
Atravesamos
un momento histórico, que si bien puede tener elementos en común con otras épocas, es muy particular, en realidad inédito, ya que la crisis económica del capitalismo está acompañada
de una debacle sin igual del régimen de dominación, la democracia burguesa, que está
derrumbándose en todas partes. Por lo tanto, proponer reformas democráticas no puede servir más que para maquillarla o prolongar un poco su vida, cuando la tarea central debe ser liquidarla.
[1]
https://www.infobae.com/america/america-latina/2020/11/10/la-interminable-crisis-politica-en-peru-por-que-destituyeron-a-martin-vizcarra-y-como-es-el-agujero-negro-al-que-se-asoma-el-pais/
[2]
https://www.marxists.org/espanol/moreno/actual/index.htm
[3]
https://www.laizquierdadiario.com/Que-hacer-ante-la-destitucion-de-Vizcarra-y-la-crisis-politica-en-Peru

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