El capitalismo-imperialista se encuentra en su segunda agonía mortal, mucho más profunda que la que vivió en las décadas anteriores a la Segunda Guerra Mundial o durante la posguerra. Aquellas estuvieron signadas por la competencia de los mercados y los intentos de represión del capital financiero a través del nazismo -por un lado- y por medio de la represión a los trabajadores de los Estados Obrero, por el otro.
Esta es distinta debido a la debilidad estructural de los aparatos contrarrevolucionarios y al aumento cualitativo de la incapacidad del capitalismo de superar su propia tendencia a la destrucción de fuerzas productivas, como lo demuestra la incapacidad de la burguesía mundial de enfrentar la simple amenaza de un virus, que la terminó paralizando. En esta situación no hay ningún espacio para las reformas, ni para la eliminación o disminución de las guerras.
Mucho menos para la existencia -aunque más no sea temporal- de proyectos populistas o nacionalistas burguesas autónomos. El reformismo burgués (Chávez, Castro, Kirchner, Lula, etc.) nunca fue tan contrarrevolucionarios como actualmente. La única salida para evitar la barbarie, es la imposición de gobiernos obreros que expropien a los capitalistas y organicen la producción de modo planificado.
Este escenario provoca avances cualitativos en la conciencia proletaria, acercándola al programa de los revolucionarios, creando las condiciones necesarias para que los trabajadores se hagan cargo del gobierno. Asumiendo la existencia de este período nos preparamos para impulsar la conquista del poder, impulsando los organismos de democracia directa -soviets o consejos obreros- que se necesitarán para lograrlo. Leer todo

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