La izquierda debe estar junto al pueblo de Irán, apoyando sus demandas democráticas y trazando rayas con los imperialistas

Por Damián Quevedo

Una protesta iraní contra el aumento del costo de vida, se transformó rápidamente en rebelión contra el regimén de los ayatolas, que, al igual que el carnicero Al Assad, intenta frenar las movilizaciones a sangre y fuego. ¡Queda claro que las clases dominantes de la región, especialmente la burguesía persa, están aterrorizadas frente a la perspectiva de otra Primavera Árabe!

Internet seguía caída este martes en Irán. Pero algunas llamadas al exterior lograron concretarse con relatos de espanto. Hospitales como zonas de guerra, sin insumos ni bancos de sangre. Calles prendidas fuego. Multitudes ejecutadas a sangre fría... Un funcionario iraní dijo a la agencia de noticias Reuters que unas 2.000 personas han muerto en las protestas contra el régimen, incluidas fuerzas de seguridad. (Clarín 12/01/2026).

El estallido en Irán no puede separarse de la crisis venezolana, no solo por los ataques -o amenaza de hacerlo- por parte del jefe de la Casa Blanca, sino porque en ambos países las demandas democráticas se han puesto en el centro del escenario político. ¡En ese sentido, es lamentable que la mayor parte de la izquierda no se solidarice con estos reclamos, creyendo que eso favorece a los imperialistas!

Esa política, con más o menos matices, reflota la teoría estalinista de las etapas. Esta, en los países semicoloniales, plantea que la revolución social tiene que pasar por una etapa democrática -de unidad con los sectores burgueses progresistas o antiimperialistas”, dejando para un futuro, tan lejano como incierto, la posibilidlad de que la clase obrera se haga cargo del poder

Esta idea no solo es contraria a la concepción marxista de la revolución, que para triunfar debe ser permanente, sino que aquellos o aquellas que la replican en estos tiempos, no solo no entienden la teoría del marxismo revolucionario, sino que no le dan ninguna importancia de las reivindicaciones democráticas, que siempre han sido los grandes motores de la revolución social.

La defensa de los derechos democráticos se entrelaza a la lucha contra regímenes dictatoriales, como los de Venezuela, Cuba, Myanmar o Irán, junto a otros de carácter democrático burgués, como la mayoría de las estructuras institucionales sobre las que se sostienen casi todos los gobiernos latinoamericanos, norteamericanos o europeos.

La democracia burguesa, que nació con las revoluciones capitalistas de los siglos XVII y XIX, fue progresiva, no solo en relación al feudalismo -que tumbó la burguesía- sino como alternativa -transicional- de cambio frente a las terribles dictaduras que tuvieron que soportar la mayor parte de los pueblos latinoamericanos.

En la actualidad este régimen está prácticamente agotado y cuestionado por el movimiento de masas, que lo ha enfrentado en las últimas rebeliones, una dinámica que plantea la posibilidad de que las movilizaciones den lugar a una institucionalidad distinta, apoyada en la democracia directa, que, en la Rusia revolucionaria, se expresó en los soviets obreros y campesinos y en la Francia comunista de 1871, en la Asamblea de la Comuna.

Con esta perspectiva -alentando la irrupción, extensión y desarrollo de la democracia obrera y popular- y sin dejar de combatir al imperialismo, la izquierda revolucionaria consecuente debe ganar las calles para expresar su solidaridad con la lucha democrática en Irán, Venezuela y en todos los países en donde explote o esté a punto de explotar.   

 

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