Robotización de las fábricas chinas, ley de la baja tendencial de la tasa de la ganancia y guerra inter-imperialista, un combo infernal
Por Claudio Colombo
Una "fábrica oscura", como las que se multiplicaron en China en estos últimos años, es un centro de producción donde las máquinas se encargan de todas las tareas (ensamblaje, inspección y logística), eliminando así la necesidad de presencia humana. Sin trabajadores, no se necesitan iluminación, calefacción ni descansos, lo que reduce los costos de energía y aumenta la eficiencia. (Clarín, 20 de octubre)
Hace 150 años Marx explicó las causas de las crisis
"cíclicas" del Capitalismo, indicando que estas no son tormentas
surgidas del aire o el producto de las “malas políticas” implementadas por
ciertos ministros de economía, que deberían ser reemplazados por otros u otras,
con “mayor capacidad” de gestión.
Estos procesos críticos son, en definitiva, una repetición
-cada vez más intensa- de mecanismos inherentes al sistema capitalista, cuyo
objetivo no es otro que el de defender la tasa de ganancia de la gran burguesía
-frente a su declive- a través de una única receta: baja de los salarios, despido
de trabajadores y liquidación de la competencia capitalista.
Esto lo escribió hace 150 años en El Capital, donde explicó
que la razón fundamental de las crisis del sistema capitalista radica en que,
sobre el mismo, actúa una ley implacable: la baja tendencial de la tasa de
ganancia. Esto significa, que, cuanto
más invierten los burgueses en equipamiento productivo -ciencia y tecnología
mediante- producen y ganan más, en términos cuantitativos, pero con porcentajes
de ganancia inferiores.
Veamos esto con un ejemplo. Un capitalista invierte 50 en
máquinas y 100 en salarios para obtener mercancías por 250 pesos. Esa
diferencia de 100 pesos entre lo que invirtió y lo que produjo, es la
plusvalía, el trabajo obrero excedente no pagado. Si invirtió 150 ganó 100, le
quedó un 66% de ganancia.
El capitalista solo se mueve por el afán de aumentar la
ganancia. Puede extender la jornada de trabajo y aumentar el número de obreros,
pero los obreros empiezan a hacer huelgas, o empiezan a faltar técnicos,
mecánicos, y suben los salarios, lo cual reduce sus ganancias. Ahí, el
empresario en cuestión decide invertir en máquinas, que no hablan ni protestan,
para producir más y sacarse de encima a una cantidad significativa de obreros.
En ese marco, se producen máquinas cada vez más poderosas,
el trabajo humano rinde más, y, por lo tanto, se necesitan cada vez menos operarios.
Sin embargo, aquí comienza el problema para los capitalistas, cuyas ganancias
están íntimamente ligadas a la explotación del trabajo vivo, de sus obreros,
mediante el proceso de extracción de plusvalía, que, con menor cantidad de
operarios, se reduce.
Veamos esto, nuevamente con un ejemplo parecido al anterior: Si ahora, el mismo capitalista del que
hablábamos al principio, invierte 200 en máquinas y 100 en sueldos, y se
mantienen los mismos 100 de trabajo excedente no pago, sacará 400 en
mercaderías. Habrá invertido 300 pero sacará cien, es decir, ganará un 33%, contra
el 66% del primer ejemplo.
De acuerdo a esto, el capitalista -para competir con los
otros y ganar más- sigue extendiendo la producción e invirtiendo. Como
resultado, obtiene cada vez más plata, más masa de dinero, pero menos ganancia
en proporción al capital que invirtió. Como dijo Marx, “el capitalista gana
cada vez menos en porcentaje, pero tiene una masa de ganancia cada vez mayor”.
Este proceso está acelerándose de una manera brutal, ya que
los grandes capitalistas, especialmente chinos, invierten fortunas en fábricas “oscuras”,
que son establecimientos en los que prácticamente no hay seres humanos
trabajando ni dirigiendo el trabajo, sino robots dirigiendo la producción. En
ese sentido, los imperialistas chinos, han superado con creces a sus pares
yanquis y europeos, razón por la cual están tratando de conquistar los mercados
que antes eran de sus rivales occidentales.
Sin embargo, este proceso de robotización, por más que les permita
a los chinos conseguir un aumento fenomenal de su producción, disminuye, por la
ley que acabamos de explicar, la tasa general de sus ganancias. Esto los
obliga, por un lado, a intensificar los ritmos del trabajo humano que aún queda
en pie, y, por el otro, a ir a fondo en la guerra contra la competencia yanqui,
para conquistar sus mercados y destruir cantidades gigantescas de fuerzas productivas,
única manera de recrear un nuevo “ciclo virtuoso” de producción, como los que tuvieron
lugar luego de las grandes guerras.
Para Marx este es “el misterio en torno a cuya solución gira
toda la economía política”. La crisis actual es, aunque potenciada, el mismo
tipo de crisis que analizaba nuestro gran maestro, ya que, en estas circunstancias
-por el accionar de la ley de la baja de la tasa de la ganancia- los capitalistas
se ven obligados a cerrar fábricas, súper explotar y precarizar a sus
trabajadores, meter la mayor parte de sus capitales en la timba financiera e ir
guerras cada vez más destructivas.
Entenderla la crisis con estos conceptos marxistas, nos
permite contar con mejores herramientas teóricas, políticas y programáticas,
única manera de disputar con éxito el liderazo del movimiento de masas en las
próximas rebeliones. El “estado mayor” de la revolución - partido o movimiento-
que pretenda cumplir este objetivo, debe estudiar y asumir las ideas, cada vez
más actuales, de Carlos Marx.
El “milagro” soviético demostró -a pesar de la traición
stalinista- que el Socialismo es superior al Capitalismo
El 7 de noviembre se cumple otro aniversario del triunfo de
la Revolución de Octubre, acontecimiento que marcó al siglo XX con la fuerza
revolucionaria de la clase obrera, y aún ilumina con sus enseñanzas el devenir
del presente siglo. Mucho se ha escrito
para negar su legado y desfigurar sus profundas raíces transformadoras, que
adquieren una actualidad implacable frente a la barbarie capitalista, que sólo
prioriza la tasa de ganancia a costa de lo que sea.
Por ello el futuro socialista que anunció la Revolución de
Octubre se agiganta ante el capitalismo que se reproduce constantemente como un
sistema depredador de la condición humana.
Generando crisis que pagan los pueblos del mundo con miseria,
explotación, enfermedades, guerras…etc.; donde los derechos humanos y la
libertad solo existen para los ricos y en los discursos de sus políticos. No es casual que los escribientes al servicio
del capitalismo omitan los logros del socialismo en Rusia frente a la crisis
capitalista de 1929.
En los dos años siguientes Estados Unidos y Alemania
perdieron un tercio de su industria. El desempleo llegó al 27% en Estados
Unidos, 22% en Gran Bretaña, 44% en Alemania.
El comercio mundial disminuyó un 40%. Hubo un solo país que se salvó de
la catástrofe: la Unión Soviética. Entre 1929 y 1940 la producción industrial
se triplicó. Su participación en la
producción mundial de productos manufacturados pasó del 5% en 1929 al 18% en
1938. No hubo un solo desempleado.
En 1925 la URSS ocupaba el lugar número 11 en la producción
de energía eléctrica. En 1935 subió al tercer lugar. En la extracción de carbón pasó del décimo
lugar al cuarto. En la producción de acero, del sexto al tercero. Los
economistas burgueses no salían de su asombro.
En general se toma como paradigma el ejemplo del New Deal de Roosevelt en EEUU, que en realidad fue el salvataje de los grandes bancos y monopolios, y se esconde que la Rusia socialista no experimentó las miserias y penurias del resto de los países, gracias a que había expropiado los medios de producción de capitalistas y terratenientes para ponerlos al servicio de toda la sociedad como propiedad colectiva.
Por eso en pocos años Rusia había
superado su atraso, erradicando el hambre, la miseria y el analfabetismo,
convirtiéndose en un verdadero anticipo de lo podría ser el socialismo no sólo
en un solo país sino a escala mundial.
La dictadura stalinista, que traicionó los principios
revolucionarios del bolchevismo, aplastando la democracia obrera e iniciando el
camino de la restauración capitalista, sometió a los trabajadores soviéticos e
impidió que el proceso revolucionario se extendiera a nivel mundial, como
quería Lenin cuando señalaba “que era necesario el esfuerzo conjunto de los
obreros de los países avanzados para que triunfe el socialismo”. Como dijo
Trotsky, “tales son los resultados incontestables de la revolución de Octubre
en la cual los profetas del viejo mundo quieren ver la tumba de la
civilización”.
Por todo esto, más allá de la suerte que terminó corriendo
este primer gran experimento socialista, continuador de la revolución iniciada
con la gloriosa Comuna de París en 1871, los revolucionarios y las
revolucionarias consecuentes debemos tomar como propias las palabras de
Trotsky, cuando explicaba que “quedará para el porvenir un hecho
indestructible: que la revolución proletaria ha permitido a un país atrasado
obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia”.

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