El triunfo libertario no aplacó la crisis interna y el derrumbe de la economía nacional, que son caldo de cultivo de la rebelión social
El triunfo del gobierno nacional en las legislativas es un acontecimiento que lo fortalecerá, al menos coyunturalmente, aunque, lo más probable es que las consecuencias positivas de esta victoria le duren poco. En primer lugar, porque la crisis económica y política no ha sido superada, ni por la ayuda de Trump, ni, mucho menos, por la elección.
Los festejos y la
algarabía libertaria tampoco aplacaron las peleas internas entre las bandas de Karina y Santiago Caputo. Con el guiño de Karina Milei, una de las
principales artífices del triunfo libertario del domingo
pasado, Martín Menem se lanzó para su reelección como presidente de la Cámara
de Diputados en diciembre próximo y enfatizó que ese cargo le corresponde a un
miembro de La Libertad Avanza y no a Pro, aliado estratégico del Gobierno[1].
La otra cuestión, que expresa la debilidad estructural del gobierno, es la crisis de deuda, la peor de la historia de este país, que puede terminar en un default. En ese marco, sobre el que han intervenido los yanquis, para sostener al gobierno -con el swap y la promesa de inversiones- se profundizó la recesión económica, con cierres de empresas y un aumento significativo de la desocupación.
El régimen político está más débil que nunca, porque las dos columnas que lo sostienen -peronistas y libertarios- hacen agua por todos lados sin que aparezca una alternativa de recambio. Mucho menos la que pergeñó un sector del stablishment, Provincias Unidas, que cosechó muy pocos votos y, lo que es aún peor, perdió en las provincias que gobiernan sus principales dirigentes.
El PJ, histórico garante de la gobernabilidad, fue rechazado categóricamente por el movimiento de masas, que incluso se niega a utilizarlo como herramienta de castigo, ya que muchos laburantes lo consideran aún peor que La Libertad Avanza. Los doce millones de ausentes, más los votos en blanco y los que sacó la izquierda, casi un millón, expresan el rechazo, tanto al oficialismo como a la principal fuerza opositora.
Ese rechazo, por ahora pasivo, se convertirá en activo en la medida en que el plan de ajuste empuje a los trabajadores y al pueblo a rebelarse contra las medidas más duras, como la reforma laboral que están preparando los asesores de Milei para complacer a las grandes patronales imperialistas.
La estabilidad del gobierno y el régimen dependerá del éxito o fracaso de los próximos ataques a la clase obrera, que tiene una larga historia de derrotar este tipo de intentos con gobiernos mucho mejor plantados, como el de Mauricio Macri, que cayó en desgracia después de haber tratado de imponer la reforma previsional, subiéndose a la ola de la victoria que cosechó en las elecciones de 2017.
La izquierda revolucionaria debe prepararse para abordar un ascenso de las luchas, parecido al que acabó con la reforma previsional macrista. Para ganar liderazgo, debe trazar rayas, no solo a los libertarios, sino también con el peronismo, que continúa siendo el principal freno de la revolución social, ya que sus dirigentes están acostumbrados actuar como boberos de la rebeldía.

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