Otro escándalo explotó dentro de la gestión libertaria, tan corrupta como las de Cristina, Macri y todos los gobiernos burgueses
El escándalo que estalló en el gobierno, por las
declaraciones del amigo íntimo de Milei, Diego Spagnuolo, puede abrir las
puertas de un entramado aún más desfavorable para el gobierno. Esto es así,
porque sucede en un marco de extrema debilidad del oficialismo, poco tiempo
después del “Criptogate” y casi en sintonía con la derrota libertaria en diputados,
donde no pudo sostener el veto a la ley de discapacidad, que, no por
casualidad, es el área que tenía a cargo el mismísimo Spagnuolo.
El gobierno hizo renunciar al susodicho, pero, esta acción
desesperada y de poco vuelo político, no evitó que recibiera una piña contundente
sobre su capital político, consistente en la promesa de eliminar los
chanchullos que se realizaban dentro del Estado. No es el primer indicio de
corrupción en el gobierno libertario, que tiene como ministro de economía a un
pirata financiero de renombre internacional.
Sin embargo, el problema de fondo va más allá de los
personajes particulares y de sus respectivas conductas, ya que la corrupción y
los negocios ilegales atraviesan a todos los gobiernos, el peronismo puede dar
cátedra al respecto. Esto no se debe a una cuestión de cultura política o de
ideologías, es un aspecto estructural en el funcionamiento de las instituciones
del Estado capitalista.
Quienes manejan el Estado y se encargan de administrar los
negocios de los grandes capitalistas, generalmente representan a una
determinada fracción empresarial, con la que hacen negocios. Pero, más allá del
sector al que representan, esta “casta” debe velar por los intereses de la
burguesía en su conjunto, garantizando que continúe intacta la fuente de sus
riquezas, que es la explotación de la clase obrera.
Los partidos patronales, desde los que se pintan de
progresistas hasta los que se definen abiertamente derechistas, no defienden a
los capitalistas por convicción política, sino porque desean participar,
directa o indirectamente, de sus negocios, para quedarse con una porción de la
torta. Por eso, cuando el mercado está en declive, como ahora, tratan de
sacarle todo el jugo al que siempre les da de comer, el Estado y su fenomenal
caja.
El capitalismo es la base material de la corrupción, razón por la cual, bajo este sistema que condena a millones de personas a la miseria, no puede existir honestidad entre quienes lo defienden. Para acabar con este flagelo hay que destruir al sistema, de conjunto, mediante una revolución social que permita la construcción de otra sociedad, mucho más justa y humana, el Socialismo, que nada tiene que ver con las experiencias fallidas que tuvieron lugar en Rusia, China, Cuba y otros países.

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