Por Ernesto Buenaventura
El ruido que empezó con el escándalo de Libra, hoy, después de las grabaciones de Spagnuolo, es un sonido ensordecedor que golpea al gobierno libertario, que, para enfrentar semejante problema, eligió el silencio.
Los gobiernos, bajo el capitalismo, son indefectiblemente corruptos, porque administrar y garantizar la explotación de millones de trabajadores, es, en sí mismo, un acto de corrupción, por más legal que sea en el capitalismo.
Los políticos, además de trabajar para el enriquecimiento de diferentes sectores de la burguesía, aprovechan su paso por el Estado para hacer negocios particulares. En el caso de los libertarios y en un contexto de agonía del régimen, esta mecánica tiene características propias, específicas y decadentes.
Es que estos personajes, a diferencia del resto de los dirigentes tradicionales del capitalismo, no tienen casi ninguna relación directa u orgánica con las fracciones más significativas del capital tradicional, como la industria, el agro o los bancos, ni siquiera con el capital financiero, que, de una u otra manera, está ligado a la producción industrial.
Los libertarios son
una banda de piratas, lúmpenes de la peor calaña, que llegaron al gobierno aprovechando
la crisis institucional y la caída en desgracia de la mayoría de los partidos. Por
eso, el “círculo rojo” está más que preocupado por el futuro (inmediato) del
gobierno, cuyo plan económico sólo se funda en ganar las elecciones, según
expresaron Milei y Caputo.
No solo el Gobierno está a la espera de las elecciones
para consolidarse; también lo aguarda el mercado para que finalmente se avance
en las reformas estructurales, la impositiva, la laboral y la previsional. Se
le está dando a esta elección la trascendencia de una presidencial, más que de
una legislativa, por la debilidad política del mileísmo[1].
Esta idea es prácticamente una forma de pensamiento mágico, porque la banda libertaria no solo es corrupta, sino totalmente improvisada. Las derrotas parlamentarias, rupturas dentro del oficialismo y los procesos judiciales contra sus principales figuras, son síntomas de que los grandes capitalistas ya le soltaron la mano a Milei.
Por todo esto, es más que probable, que, luego de las elecciones, le peguen el tiro de gracia, que podría ser mediante un juicio político o con un corte abrupto de los préstamos del FMI. Los capitalistas están pensando seriamente en actuar de esa manera, para evitar que sea una rebelión popular la que acabe con el gobierno y coloque al país al borde una revolución obrera y popular.

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