Este fin de semana pudimos presenciar un espectáculo circense, en el cierre de listas de la provincia de Buenos Aires, circo que involucró tanto al oficialismo nacional como a la oposición peronista. El PJ necesitó contar con una prórroga para llegar a un punto en el que, si bien se cerraron las listas y se repartieron candidaturas, no es posible hablar de consenso, ni, mucho menos unidad, entre las diferentes fracciones de la banda “nacional y popular”.
La Libertad Avanza logró copar las listas, de la mano de Karina Milei, pero a un costo relativamente importante, ya que varios intendentes del PRO rompieron con el frente libertario para sumarse a “Somos Buenos Aires”, una alianza conformada por peronistas, radicales y macristas desencantados.
Finalmente,
con la conformación definitiva del espacio libertario, quedaron en claro dos
cuestiones. Una, que el partido de Mauricio Macri terminó yendo a la cola del
armado electoral de Karina Milei, y la otra, que queda cada vez más claro que
la “lucha contra la casta” fue un slogan para ganar votos y nada más que eso,
porque las listas del oficialismo se llenaron de ñoquis y personajes de larga y
rancia militancia en las estructuras más tradicionales de la política nacional.
Aunque Javier Milei llegó al poder
con la promesa de “terminar con la casta”, en la provincia de Buenos Aires su
partido construyó su armado
electoral sobre una lógica
distinta: el reparto de cargos en el Estado. Desde el PAMI y la Anses hasta
ministerios y organismos descentralizados, La Libertad Avanza (LLA) llenó sus
listas de candidatos con funcionarios públicos, familiares de dirigentes
designados en oficinas clave y referentes territoriales que hacen campaña con
recursos del Estado[1].
A pesar de que, la búsqueda de cargos y la ambición personal de los dirigentes, es uno de los motores de estas internas salvajes, no es, para nada, la principal causa de las disputas entre estos personajes. Detrás de estas peleas están los intereses de los distintos sectores patronales que estos partidos representan o intenta representar. Y, muy especialmente, de las potencias imperialistas para las que trabajan, como agentes directos de la recolonización.
Estas trifulcas que pueden terminar en rupturas, continuarán luego de las elecciones, porque, en una situación de crisis terminal como la actual, la torta no alcanza para todos. Tal es así, que, en términos internacionales, esta realidad ha provocado la existencia de una verdadera guerra entre las potencias -principalmente EE.UU. y China- por los mercados.
Sin embargo, más allá de las luchas fraccionales entre los lacayos del capital, todos ellos se unen, como lo han hecho siempre, alrededor de una cuestión que es de “principios” para la burguesía: la política de súper explotación de los trabajadores, porque en ese proceso, cada vez más salvaje e inhumano, está la fuente de sus riquezas. Por eso, gane quien gane estas elecciones o la propia guerra entre potencias, nada bueno vendrá de los vencedores, que aprovecharán sus respectivas victorias para ir a fondo contra los laburantes y sus conquistas.
Las elecciones no resolverán los problemas cruciales de los y las de abajo, para nada. Razón más que suficiente para darles la espalda a todos estos gangsters, no yendo a votar, votando en blanco o votando a la izquierda. La salida real para la clase obrera, no saldrá del circo electoral, sino de la lucha y organización independiente, que desemboque en otro Argentinazo que eche a patadas a todos los integrantes de la casta capitalistas e imponga una salida de fondo, el gobierno de los que nunca ejercieron el poder, los trabajadores y las trabajadoras.

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