Por Damián Quevedo
En notas anteriores nos referimos al
agotamiento del plan económico libertario, cuyo centro ha sido y continúa
siendo el endeudamiento. Esto no es ningún descubrimiento, ya que la misma
política con los mismos protagonistas -Caputo, como ministro de economía de
Mauricio Macri- provocó la gran crisis de 2018 y 2019. El plan de ajuste de la
dupla Milei-Caputo, que pasó por varias etapas de ajuste, pero sin ningún período
de crecimiento significativo, ahora llegó al punto de implosión.
Después
de subir el precio del dólar oficial 118 por ciento de un saque, de fijar un
ancla de ajuste mensual para la divisa del 2 por ciento durante un año, hasta
enero de 2025, y de comprimir todavía más el alza del dólar, a 1 por ciento
mensual hasta el 11 de abril pasado, la fase 3 del plan económico, con el
sistema de bandas de flotación, hace agua. Por eso asoma el peligro de que
sobrevenga la fase 4, cuando el
modelo explote, como pasó entre 2018 y 2019, al no conseguir financiamiento
para un déficit externo insostenible[1].
El ciclo de endeudamiento tiene diversas caras, ya que no sólo tiene lugar a partir de los préstamos directos, sino también por otros mecanismos no tan visibles y evidentes, pero que igualmente significan que el país acumula deudas y obligaciones de pago. Esto sucede cotidianamente, a través de la colocación de bonos en pesos, cuya venta, este y todos los gobiernos, suelen presentar como logros y señales de una economía sana. ¡Gran mentira!
Existe otro medio del que se vale Milei para dibujar los números de la inflación y, de esa manera, mostrar su exitoso “superávit fiscal”. Este es un mecanismo que se apoya en la timba financiera, de la cual Caputo es un verdadero “maestro”. Esto quiere decir que gran parte del plan económico gubernamental está sostenido por el azar.
Este aspecto del plan tiene mucho que ver con lo que se denomina “dólar futuro”, que consiste en un contrato entre el Estado e inversionistas privados, a partir del cual el Banco Central compra dólares al precio que calcula -más bien especula- estará a fin de año, que, por su puesto, es mayor que el del principio de la operación. En contrato estipula, que si concluido el plazo, el dólar no está en los márgenes del precio acordado, el gobierno tendrá que pagar la diferencia. Por ejemplo, si el Estado compró a $1200, bajo la promesa de que a fin de año el valor del verde rondará los $1300, pero este sube a $1400, el gobierno debe pagarles la diferencia a los privados.
Es necesario aclarar, que estos contratos no son por “chauchas y palitos”, sino que se realizan por miles de millones, por lo cual el gobierno se arriesga a tener que desembolsar millonarias sumas una vez cumplidos los plazos del dólar futuro. Queda claro, que el plan económico consiste en tomar préstamos oficiales del FMI y otros organismos y hacer lo mismo a través de la venta de bonos o estas operaciones con el dólar futuro.
Caputo ya casi no puede apelar a la bicicleta para conseguir más verdes. Por un lado, porque la deuda es tan grande que nadie quiere seguir prestando, y, por el otro, porque, debido a la destrucción del aparato productivo, Argentina no está en condiciones de producir las divisas necesarias para cubrir semejante agujero. No existe ninguna teoría económica ni experiencia histórica que permita creer que esto no va a explotar, como siempre ocurrió con este tipo de planes desesperados, generando un estallido inflacionario y una catástrofe social mucho mayor.

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