Elecciones de la provincia de Buenos Aires y la posibilidad de que su resultado profundice la crisis institucional
Por Damián Quevedo
Las elecciones en la provincia de Buenos Aires serán una gran batalla por la supervivencia política, tanto para el gobierno como para las dos versiones del kirchnerismo, que responden a Cristina Kirchner y a Axel Kicillof.
Milei
se juega la gobernabilidad, luego de las derrotas en otras provincias y la
fuerte tendencia al ausentismo y el voto en blanco. Para eso se apoya en la “casta”
que le permitió ganar las presidenciales, una caterva de punteros y barras bravas
que sostienen el armado electoral libertario.
Candidatos impresentables, conversos
de último minuto, camaleones y camanduleros, descuidistas y funcionarios del
PAMI y de la Anses, que probablemente utilizarán el aparato estatal para ganar
“con la nuestra” los comicios de medio término, constituyen una clara evidencia
de que esa batalla en el barro será entre neo kirchneristas y neo menemistas:
un tren fantasma contra otro tren fantasma, y con pronóstico de
descarrilamiento[1].
Todo esto sucede bajo el mando de Karina Milei, que sabe que, en toda la historia, el fracaso en las intermedias significó la debacle del gobierno de turno. Hoy, esa amenaza es mucho mayor, debido a la crisis económica y el estancamiento, que pueden desembocar en otra explosión social, igual o superior a la de 2001.
Este contexto es el que preocupa a los funcionarios del FMI y los grandes capitalistas -los verdaderos dueños del país- que están preocupados por la dinámica de los acontecimientos y el funcionamiento institucional, que Milei no logró recomponer.
Esta es la gran debilidad del presidente, que no controla el Congreso ni el Poder Judicial, como lo han hecho otros gobiernos capitalistas -menemistas y kirchneristas- en su momento de apogeo. Milei, que debe negociar todo sin nada para ofrecer, está lejos de conseguir semejante poder.
La baja de las retenciones, para complacer a la agroindustria, tiene que ver con esta debilidad. El presidente está tratando de calmar a una fracción de la burguesía, para conseguir algunos de los dólares que le faltan al gobierno, a través de la liquidación de los granos.
La concesión a los dueños del “campo” significa que no está en condiciones de pelearse con esta gente, mucho menos con la clase obrera, motivo por el cual continúa aplicando el ajuste a cuenta gotas, mientras reza para que la respuesta -inevitable- de los trabajadores se demore.
Esto
es así, porque, a pesar de que la motosierra avanzó en el área estatal, con
miles de despidos y recortes, no pudo hacerlo en la batalla decisiva, aquella
que reclama la burguesía, de conjunto, la reforma laboral, que, de imponerse,
significará la liquidación de buena parte de las conquistas que todavía
persisten.
[1] La Nación 27/07/2025

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