Por Ernesto Buenaventura
La titular del FMI tuvo un
momento de “sincericidio”, ya que declaró públicamente que Argentina debería
seguir el mismo rumbo político que el actual, palabras que fueron interpretadas,
por propios y ajenos, como un llamado a apoyar al gobierno, y no en cualquier
momento, sino en un año electoral.
Por más que Georgieva posteriormente aclaró que sus
declaraciones iban dirigidas al Gobierno, apuntando a que no pretendía influir
en el electorado argentino, en Washington se interpreta que las palabras de la
directora gerente revelaron la honda preocupación que existe en el organismo
por la suerte de la Argentina que es -por lejos- su principal deudor. Y cuyo
tratamiento, dicho sea de paso, le costó la carrera a más de un alto
funcionario del Fondo[1].
La preocupación de Georgieva tiene dos aspectos. El primero, es el que tiene que ver con la continuidad del ajuste, que denomina “rumbo económico”, y que no se garantiza solo con la permanencia en el tiempo de la gestión libertaria. Muchos de los funcionarios fondomonetaristas, principalmente aquellos que cuestionan a la conducción del organismo, tienen dudas de que Milei y los suyos puedan cumplir con las metas acordadas.
Georgieva hizo estas declaraciones, para responder a los cuestionamientos de su propio staff, y porque sabe de la debilidad del gobierno argentino. Es que, hasta ahora, Milei apenas pudo imponer una pequeña parte del gran ajuste –“el más grande de la historia”- que les prometió a los capitalistas. Una de las deudas fundamentales que tiene, para con los grandes empresarios, es la implementación de una profunda reforma laboral, que liquide las conquistas obreras que aún quedan en pie.
El otro tema que motiva la preocupación de la economista búlgara y sus camaradas del fondo, es que Argentina continúa siendo la apuesta más peligrosa y explosiva del Fondo Monetario Internacional, que le otorgó a nuestro país más préstamos que a cualquier otro. Georgieva es consciente de que el Estado nacional nunca podrá cumplir con los pagos de deuda de forma consistente.
El problema no atañe solo a
los funcionarios del fondo que habilitaron el flujo de dólares para Argentina, ya
que estos podrían ser reemplazados como fusibles, como sucedió en pasadas
crisis. El problema real es que si Argentina entra en default puede iniciar un “efecto
dominó”, una avalancha países semicoloniales que entren en crisis con sus
respectivas deudas. Una especie de corrida internacional, que tendría -para los
capitalistas- el efecto de una bomba atómica.
La crisis del régimen político, la recesión económica y la tendencia hacia una aceleración de la lucha de clases, hacen que esta situación económica “delicada”, se puede convertir en una nueva hecatombe, aún superior a la que explotó en 2001. Las condiciones objetivas están dadas para que esto pase, algo que comienzan a ser tomado en cuenta por los analistas más coherentes de la burguesía, que, en ese marco, están viendo de qué manera construyen la sucesión del actual gobierno.
Pero, no es el tema económico, en sí mismo, el que más preocupa a los capitalistas, sino la reacción del gigante dormido, quien, cuando despierte, puede acabar con todos sus proyectos: la clase trabajadora argentina, una de las más combativas y experimentadas -en tumbar gobiernos- del planeta. Los funcionarios del fondo entienden, como buena parte del stablishment, que no les quedará otra que enfrentar este desafío, porque la profundización del ajuste reavivará la resistencia de los y las de abajo.
Las enormes movilizaciones, universitarias y otras, que tuvieron lugar el año pasado, junto con la radicalización que crece a partir de los combates semanales de los jubilados y las jubiladas, son algunas de las expresiones de la tendencia general. La izquierda revolucionaria consecuente debe tomar nota de esta realidad, preparándose para liderar la rebelión que se aproxima con un programa y una praxis acorde a las actuales circunstancias.
[1] Ámbito financiero 28/04/2025

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