Las fuerzas del cielo retrocedieron en "chancletas" frente a otra demostración de combatividad obrera y popular
Luego de la salvaje represión, la combativa resistencia del miércoles pasado y una semana de amenazas por parte del gobierno, el protocolo de Bullrich desapareció en los hechos. El gobierno tuvo que retroceder en chancletas, organizando un operativo que nada tuvo que ver con las promesas de la ministra de seguridad.
En los hechos, lo que sucedió, fue una derrota política para quienes detentan el monopolio de la fuerza, que, desde el 12 de marzo en adelante, intentaron amedrentar al movimiento de masas. Sin embargo, la reacción del pueblo frente a la represión gubernamental no fue la esperada, ya que miles participaron en cacerolazos, actos en el interior del país y, finalmente, en la gran marcha del 19 de marzo, que puso a Bullrich contra las cuerdas.
En ese contexto, el régimen se vio obligado a recurrir al respirador artificial para darle un poco de aire a su política endeudamiento con el FMI, una línea que llevará al país a una situación crítica, muy superior a las anteriores. Para eso, la mayoría de los partidos patronales “de oposición” -por acción u omisión- fue cómplice de esta nueva entrega a los poderes imperiales.
En una sesión acalorada, el oficialismo logró blindar el decreto que habilita al Gobierno a negociar el refinanciamiento de la deuda con el FMI. La decisión, que se aprobó con 129 votos a favor, contó con el apoyo del PRO, la UCR, la Coalición Cívica, el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), Innovación Federal, parte de Encuentro Federal, algunos referentes del bloque Democracia y los diputados que responden a gobernadores aliados[1].
El acuerdo con el FMI es, como señalamos, una bocanada de aire que durará muy poco, ya que la realidad está totalmente condicionada por la recesión económica mundial y la guerra comercial interimperialista, que no deja márgenes para que las semi colonias, como Argentina, levanten vuelo.
La sesión del Congreso que se el decreto de Milei, que fue escandalosa, demostró la existencia de un proceso de fragmentación que recorre al conjunto de los partidos patronales, que se desintegran al ritmo de la debacle económica, política y social, no en cualquier momento, sino justo cuando comienza el año electoral.
Pero más allá del Congreso y el resultado de las próximas elecciones, el aspecto principal de la situación es que acaba de producirse un cambio importantísimo en el terreno más importante, el de la lucha de clases. Es el surgimiento de una nueva vanguardia, mucho más radicalizada que las anteriores, un proceso, que, de extenderse y profundizarse, afectará positivamente los grandes enfrentamientos que se avecinan.
La izquierda revolucionaria
debe disputar con audacia la conducción política de esta nueva camada de
luchadores y luchadoras, dotándola de un programa y una orientación política, para
que se convierta en la nueva dirección obrera y popular que reclaman las
actuales circunstancias.

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