El fin de la hegemonía yanqui, la crisis terminal de la OTAN y la construcción de un nuevo orden mundial imperialista
Por Damián Quevedo
El intento de acercamiento de Donald Trump hacia el dictador ruso Vladimir Putin es un salto cualitativo en el mapa político mundial. Su movida no solo implica un cambio en la relación con Rusia, sino el distanciamiento de los Estados Unidos con las potencias europeas, y, con este, el fin en los hechos de la OTAN.
Luego del fin de la guerra fría, los yanquis atravesaron un período de absoluta hegemonía, que no terminó de golpe, sino que fue un largo proceso en el que otras potencias avanzaron ganando mercados, que, anteriormente, pertenecían a la órbita de influencia de Estados Unidos.
La
principal de ellas fue y continúa siendo China, marco en el cual, la Rusia imperialista
de Vladimir Putin, aprovechó la situación para recuperar terreno, de la mano
del gran imperio asiático. Esto le permitió encarar una gran guerra de rapiña
sobre el riquísimo territorio ucraniano, que hizo saltar por los aires a la
OTAN, que no supo ni pudo frenar el avance ruso.
Más allá de que Rusia haya conseguido una victoria política y militar que la fortalece frente a sus pares europeos, su poderío depende en gran parte de China. Esto significa que Putin y los suyos han profundizado su nivel de dependencia con el gran imperio asiático, que a la hora de cobrar deudas -políticas, económicas y militares- es implacable.
Para cumplir sus deudas con China, Putin se verá obligado a intensificar sus planes de ajuste, produciendo un avance en el nivel de pobreza del conjunto. Además, Rusia, viene de sufrir una derrota importante en Siria, donde su gran aliado, el presidente Bashar al Assad, tuvo que huir a Moscú para evitar que el movimiento de masas lo ejecute.
Occidente ha vuelto a enfrentarse al Este por más de una década, en lo que muchos han llamado una nueva guerra fría. Pero con la vuelta al poder del presidente Trump, Estados Unidos da la impresión de que podría estar cambiando de bando. Incluso cuando los negociadores estadounidenses y rusos se sentaron juntos el martes por primera vez desde la invasión de Moscú a Ucrania hace casi tres años, Trump ha dado a entender que está dispuesto a abandonar a los aliados de Estados Unidos para hacer causa común con el presidente de Rusia, Vladimir Putin[1].
Esto generó revuelo entre las potencias europeas que quedaron por fuera de la negociación, aunque no es posible hablar de Europa como un bloque homogéneo. Existen divergencias entre los países de la UE, fundamentalmente entre aquellos que quieren enviar tropas -para “garantizar” el proceso de paz- y de paso ocupar partes de Ucrania y los que están en contra de realizar este tipo de maniobras.
Los imperialistas europeos se dividen entre quienes tienden a ubicarse con alguno de los dos grandes bandos en disputa y aquellos que pretenden reconstruir y fortalecer la Unión Europea alrededor de Alemania para meterse en la guerra comercial, no como aliados de otros imperialistas, sino como un jugador de cierto peso.
La crisis capitalista, que tuvo un pico en 2008, pero que viene de mucho antes y parece que continuará, puso fin a todos los pactos y alianzas entre las potencias imperialistas. En ese marco, la pérdida de la hegemonía yanqui abre un período de disputas, que, tarde o temprano, terminará en enfrentamientos militares directos.
Esta perspectiva, cada vez más concreta, no es causada por la política o ideología de tal o cual gobierno, responde a una necesidad objetiva, aquella, que, en este tipo de situaciones críticas, obliga a los grandes capitales a destruir a sus competidores con los métodos más expeditivos.
Esto se debe a que la producción aumenta de forma casi ilimitada, debido a la anarquía reinante en la producción capitalista, pero el mercado se amplía de forma limitada. Es por eso que los grandes monopolios -la burguesía imperialista- que se disputan los mercados existentes, cuando no pueden conquistarlos a través de mecanismos “pacíficos” recurren a la violencia más directa.
Estamos ante el comienzo de la desaparición de los bloques y alianzas entre potencias que fueron posibles en la guerra fría, que se sostuvieron durante años gracias a un gran ciclo de expansión capitalista. Este período, que se prolongó debido a la apertura de los mercados correspondientes a los ex estados “socialistas”, se acabó.
Como siempre
sucede, esta puja entre los de arriba abrirá un
nuevo ciclo luchas ofensivas de la clase obrera. Otras oleadas revolucionarias
que pondrán sobre el tapete dos opciones antagónicas: la carnicería
imperialista o el triunfo de una revolución social que acabe con el Capitalismo
y todos los males producidos por este sistema, cada vez más retrógrado e
inhumano.

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