Por Damián Quevedo
Renunció Rodolfo Barra, ahora ex procurador del tesoro
nacional, luego de reuniones con el ejecutivo y ante la inminencia de su
desplazamiento. Barra fue eyectado de su
cargo bajo la acusación de que no había defendido de manera fehaciente al
Estado ante la querella de una empleada pública por una rebaja en su salario.
El cargo que dejó es el de jefe de todos los abogados del Estado[1].
En medio de los discursos homofóbicos del presidente y del intento de acoplar la agenda política nacional a la de Donald Trump, continúan las salidas y los cambios en el gobierno, que no consigue frenar la sangría de funcionarios. El jefe de los abogados del Estado es el preámbulo de las rupturas que se avecinan en las huestes libertarias.
Mientras tanto, la crisis en el corazón del poder ejecutivo, la que tiene lugar entre el presidente y la vice, continúa madurando. Es que, días atrás renunció Claudia Rucci, quien estaba a cargo de la jefatura del observatorio de derechos humanos del Senado. Para este cargo había sido designada por Victoria Villarruel, quien, con la salida de la nieta del sindicalista José Ignacia Rucci, pierde una pieza política de cierta importancia de su armado alternativo.
Esta
renuncia tiene lugar en medio de una creciente tensión entre Villarruel y el
presidente Javier Milei. Esta semana, y a pesar de la foto de la vicepresidenta
junto a Francos, desde el Gobierno ratificaron que se trata de una
relación “terminada”[2].
Aunque Karina Milei recorre el país para construir una organización nacional propia y el presidente busca atraer a nuevos dirigentes del macrismo, el gobierno se desangra, porque abandonan el barco libertario funcionarios de primera y segunda línea. Por lo tanto, las nuevas incorporaciones, más que acrecentar la fuerza política mileista, no hacen otra cosa que equilibrar las salidas.
En este marco y con el creciente descontento social, que, a pesar de que todavía no explota, se profundiza y radicaliza, el plan de ajuste, tarde o temprano, tendrá que enfrentarse con una resistencia mucho más dura que todas las anteriores. El proceso electoral, pase o no con cierta tranquilidad social, colaborará con la politización de los nuevos destacamentos de la vanguardia obrera que estará al frente de este nuevo proceso de luchas.
La izquierda deberá aprovechar esa coyuntura, no para
sembrar expectativas en la posibilidad de cambiar la realidad mediante las
elecciones o las instituciones de la democracia capitalista, sino a través de
la única herramienta capaz de lograrlo: la acción directa. Acción directa, que,
para ser efectiva, tendrá que apoyarse en otra pata fundamental de la
resistencia, la democracia de las bases, para que la clase obrera y el pueblo
tome en sus manos su futuro y posibilidad de cambio.

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